Vegan Man
Su nombre es Pablo Echeverry. A los veinticuatro años perdió a su padre por un infarto al miocardio, y, tres meses después, a su madre en un incendio. Como cualquiera en su lugar, Pablo se hizo crudivegano y juró haría todo en su poder por que la gente fuera más consiente y sana.
Gracias a una pensión y a un seguro de vida, Pablo goza de una pequeña fortuna con la que ha jurado combatir la mala alimentación.
Supo desde un principio que la gente no tiene interés en cambiar, ni siquiera por su propio bien, por lo que iba a tener que infringir algunas libertades para lograr su objetivo; así que desarrolla una identidad secreta: la de Vegan Man.
De día, Pablo es un muchacho joven que vive jugando a la play station en red, pero por las noches es Vegan Man, el héroe más incomprendido de la época actual.
En el capítulo de hoy, Vegan Man descubre que uno de sus amigos está organizando un asado en una quinta en Berazategui… Tras simular una enfermedad venérea para que su ausencia no llame la atención, nuestro héroe decide intervenir en el asado en pos de mejorar la salud de sus amigos.
No es una misión cualquiera, sino que es también una misión personal, pues “El Colo” tiene el colesterol un poco alto (el malo) y debe intervenir con urgencia. En cuanto cae la noche, se pone su traje verde de Vegan Man, fabricado con algodón orgánico en su totalidad y sale a las calles de la ciudad, apurando el paso para que no le cierren las dietéticas.
Usando solo efectivo, compra lo que necesita para empezar a ayudar a sus amigos. Sabe que su misión es solo una hebra de paja, pero poco a poco, hará un pajar en el que todos puedan caer tranquilos y no hacerse daño.
El cambió deberá ser cuidadoso, entre sus enemigos (“El rey de la achura”; “Hamburguesas y panchos la granja feliz”, “El—Metegoles—de—Chaca” que le ganaba siempre en el futbol on line, etc) estaban esos propagandistas que querían hacer un cambio abrupto, sin saber que ningún organismo acepta del todo bien los cambios bruscos.
Amparado por la noche, las sombras y la multitud que se ha subido al 45 rumbo a constitución, viaja apretado cargando varios paquetes pesados, que gracias a sus ejercicios matinales, su dieta sana y su personal treiner, él casi no siente.
Hace el viaje en tren mirando el reloj constantemente, ya que el asado era a las diez y él debe llegar antes para preparar todo. No quiere que sus amigos lo vean; su estrategia es simple, entra silencioso como un ninja natural; evade al perro o a cualquier familiar que esté rondando por el lugar, hace el cambio y desaparece; no sin antes dejar una nota, asegurándose que nadie pueda encontrarla hasta que el asado termine, y se den cuenta de que las cosas pueden ser diferentes.
Como héroe que es, Vegan Man se baja del tren antes de que este se detenga. Corre por el andén cargando sus paquetes; cuando sale de la estación y las sombras lo amparan una vez más, se coloca su careta, toda verde, con el dibujo de dos rodajas de remolacha en sus pómulos para darle una apariencia más sana.
Recorre el camino rumbo a la quinta de su amigo, el reloj le indica que el tiempo a su servicio es escaso, pero se tiene confianza. Sigue la oscuridad de las calles y así se pierde, porque la cuadra donde está la entrada a la quinta está muy bien iluminada. Por lo que el tiempo a favor se desvanece como sus esperanzas de que sea una misión sencilla.
Pero es un hombre de valores y de valor, por lo que no se deja superar por los problemas. Se saca la máscara (también de algodón orgánico) y pregunta direcciones puerta por puerta hasta encontrar el lugar que buscaba.
Hay luces predidas, pero no se ve a nadie. La reja no es muy alta y Vegan Man goza de un excelente estado físico, por lo que, pese a los paquetes que lleva, logra saltarla sin problemas. Tal y como contaba, el perro está suelto, es un Pastor Alemán llamado Exterminador. Sin perder su compostura, Vegan Man saca de su riñonera (también de algodón orgánico) un chorizo vegano de seitan y soja y se lo arroja al perro, que le pasa por al lado sin siquiera mirarlo y se arroja sobre nuestro héroe, a quien conoce desde que era cachorrito.
Le lame la cara corriéndole la máscara, tapándole los ojos. Vegan Man ha quedado ciego pero no se rinde, Hace fuerza para sacarse el perrote de encima, quien se ha ensañado con su pierna y la monta como si de una perra en celo se tratara. Tras algunos “no” susurrados y a base de fuerza, logra desacerse del perro y sale corriendo, todavía ciego, por lo que cae de lleno a la pileta, que, al ser invierno, solo tiene el agua de las últimas lluvias.
La suerte siempre da ventaja a quien hace el bien, por lo que nuestro héroe ha caído en la parte más bajita y no sufre ningún daño severo, aunque se ha terminado por empapar cuando intentó salir y resbaló con una hoja rodando hasta la parte profunda llena de agua estancada.
Haciendo uso de la razón y de sus años de preparamiento mental, Vegan Man, se saca la máscara, la estruja hasta sacarle la mayor cantidad de agua y se la vuelve a colocar con los ojos bien puestos. Por una de las ventanas de la casa, ve que hay alguien dentro, por lo que sigue su misión.
Exterminador se le acerca con el chorizo vegano en la boca y lo suelta frente a él para que se lo arroje, como si fuera un palo. Vegan Man lo hace porque es amigo de los animales. Corre encorvado haciendo ruidos sopaposos por las zapatillas mojadas; pero nadie da la voz de alarma, por lo que sigue hasta llegar a sombras que lo protejan.
Saca un papel y escribe su nota en él. Ve una puerta abierta y la vigila para asegurarse de que puede usarla sin ser descubierto. Agazapado entre las sombras, más quieto que una estatua viviente en su ataúd, Vegan Man es casi una parte del paisaje, un yuyo, un helecho. El casi es debido a Exterminador, que ya ha regresado con el chorizo y lo dejó junto a nuestro héroe y le ladra con insistencia para que se lo vuelva a tirar.
Tira el chorizo con todas sus fuerzas, da en el alero de la casa y rebota hacia él, por lo que el perro casi no se mueve. Vuelve a tirarlo con menos fuerza y, en cuanto el perro sale corriendo, él hace lo mismo hacia el otro lado, hacia la puerta abierta, que resulta ser una puerta de vidrio muy limpio, en el cual rebota y termina boca arriba a un par de metros.
Exterminador lo alcanza, le tira el chorizo sobre la frente y le lame la máscara volviendo a dejarlo sin su sentido de la vista.
“Puta” exclama nuestro héroe, porque él es un héroe serio, no para niños. Se levanta, se sacude un poco, que entre las hojas de la pileta y la tierra de la quinta, quedó con la ropa hecha un asco.
Se acomoda la máscara, camina hasta la puerta, la abre y entra en la casa. La madre de su amiga se queda mirándolo. Él se quita la careta y sonríe.
—¿Ya volvieron del partido?—pregunta la señora—. ¿Les preparo la parrilla?
—No, todavía falta—responde nuestro héroe, manteniendo su identidad porque la madre de su amigo no recuerda nunca su nombre ni su cara, confundiéndolo con cualquier otro (lo cual hace con todos los del grupo, siendo sinceros)—. Yo me adelanté porque me dijeron que me asegurara que tenían sal—explica—. ¿Dónde están los saleros?
Abre la despensa que le señalan y vacía el salero con disimulo para que la madre de su amigo no lo critique. Una vez que se deshizo de la sal maligna, la reemplaza por sal marina, que era lo que venía trayendo en paquetes. Una sal mucho mejor y más sana que, tras probarla, todos seguirán consumiendo por placer, dando un primer y gran paso a una dieta más saludable.
Coloca la nota bajo el salero más grande, calculando cuanta sal poner en él para que todos la usen y la terminen para que encuentren el mensaje.
Hecho su trabajo, le pregunta a la mamá de su amigo si puede tomar algo y ella le dice que hay agua en la heladera, también gaseosas y vino. Agradece el agua (que es lo único que toma de esas cosas). Abre la heladera y se encuentra con paquetes con kilos y kilos de cortes de carne vacuna y porcina.
El mundo gira a su alrededor y siente que se va a desmayar. Siente que su visión se nubla, pero está siendo vigilado por la madre, por lo que junta fuerzas, saca la botella de agua y cierra la heladera como si nada hubiera pasado. Bebe el agua, guarda la botella sin mirar donde y se despide de la madre de su amigo con una sonrisa.
Sigue mareado, pero sus años de estudiar teatro le ayudan a pasar desapercibido. Se aleja de la casa, saluda con una mano a la madre al pasar por una ventana mientras busca la salida. Cuando le faltan solo cinco pasos y se pone su máscara de nuevo, Exterminador le salta por la espalda y lo derriba. Vegan Man vomita producto del golpe y su estómago revuelto por la visión sanguinaria de la heladera. La máscara retiene el vómito por lo que no ensucia el pasto. El perro parece haberse “encariñado mucho con él”, y no tiene fuerzas para sacárselo de encima. Por entre los jadeos del perro y el zumbido que tiene en los oídos escucha risas y gritos. Sus amigos están llegando y es cosa de segundos para que lo vean y su identidad secreta sea develada.
Exterminador embiste contra él aferrándolo con fuerza por la cintura con sus patas delanteras. Los sacudones del perro impiden que se pueda levantar. Vegan Man está arrodillado, pero con el pecho en el suelo. Sus amigos se acercan, el perro jadea, hay un bulto cerca de él. ¡El chorizo! Estira su mano y lo agarra con fuerza para darse cuenta de que no era el chorizo, sino un “regalo” del perro. Pero un poco más allá sí está el chorizo, pero no lo alcanza.
Los amigos ya casi llegan, los escucha con toda claridad.
—Pablo tiene Sífilis, por eso no viene—iba diciendo uno, acompañado por risas.
Desesperado, se estira a más no poder y sus dedos rozan el chorizo vegano, el perro le gruñe de excitación, pero, al igual que él ha escuchado a su dueño y lo suelta para irse a recibirlo a la puerta.
Vegan Man se levanta, se guarda el chorizo vegano en la riñonera y sale corriendo, logrando saltar la reja en el momento preciso en que la puerta de la quinta se abre.
Casi vuela por encima de la reja y cae de espaldas del otro lado, con un sonido sordo. Sus amigos venían de jugar al futbol por lo que eran unos ocho y todavía no habían entrado ni dos, de modo que se quedan mirando a nuestro héroe, que se levanta a tiempo para evitar la patada que le tira uno pensando que es un ladrón.
Vegan Man no puede luchar con ellos porque ellos son sus amigos. Así que esquiva los piedrazos y las patadas y corre y corre hasta que dejan de perseguirlo. Sucio, oloroso y casi víctima del amor de un perro, logra llegar a la estación de tren, donde se sube en el furgón sabiendo que ha cumplido con su misión.
Nunca supo que durante el asado, alguien descubrió la nota que dejó y la tiró por no entender la letra.

