18 GG Madres Final en baja

Gracias a ellas

1- La comida de mamá

Marcelo regresó a su casa tras pasar un año y medio en el extranjero. Seis meses vivió en la India, otros dos en Japón y el resto en España. Aprendiendo sobre culturas, costumbres y diversas formas de ver la vida.

Durante su tiempo afuera, su percepción de las cosas cambió de manera radical. En la India, donde encontró una gran variedad de creencias y al gurú Rashí Camba Soyo, que le ofreció su guía espiritual y turística, mostrándole el Taj Mahal o el Templo del Loto, a la vez que lo instruía sobre hinduistas, yainasistas y otras religiones entre las que estaba la religión de la cabra cabrona (religión de un vecino de Rashí, que tuvo que explicar para que Marcelo no se pusiera nervioso ante el animal y su dueño). En India también aprendió a ver a los animales de manera diferente, no como productos de consumo, sino como seres vivos, sintientes y pensantes, lo que lo llevó a hacerse vegetariano.

Mientras estuvo en Japón, pasó sus días junto a Roshi Tanaka, que lo llevó en su primera noche a explorar a fondo la cultura japonesa, mirándola desde el fondo de un montón de Sake. En sus días en el país nipón, pudo observar el trato que se les daba a los animales, lo cual lo horrorizó e hizo que su vegetarianismo se tornara veganísmo.

Los casi diez meses que pasó en España, recorrió santuarios que protegían y cuidaban a los animales de los estragos del hombre, donde se enteró de montones de cosas que desconocía,  alternativas alimenticias y formas de cuidar el medio ambiente.

En todo ese tiempo, siempre se mantuvo en contacto con su madre, a quien no solo le mandaba mails, mensajes por Facebook, Whatsaap y postales por correo, sino que también la llamaba religiosamente una vez a la semana, como mínimo (dos en caso de haber alguna fecha de cumpleaños, o tres en caso de necesitar un pequeño giro de dinero).

Su padre había pasado a mejor vida cuando él era pequeño: se había ganado la lotería y fugado de la ciudad para vivir en una playa o algo así, según sospechaban Marcelo y su madre, por lo que él se crío con ella y tenían una relación muy unida y agradable.

En cada paso de su viaje, le iba contando todo lo que aprendía y hacía; incluso su cambio de dieta, de la cual no explicó demasiado porque sabía que se preocuparía mucho sin razón. Se limitó a decirle que era vegano; que ya no comía carne.

Regresó a su hogar para Octubre, y lo primero que hizo al bajarse del avión, fue tomarse un taxi a la casa de su mamá, que lo recibió con lágrimas en los ojos y sus brazos fuertes abiertos de par en par dispuestos a darle toda la calidez que un ser humano puede necesitar para ser feliz.

El reencuentro fue bello, lleno de lágrimas de ambos, anécdotas que sobrevivieron a las conversaciones telefónicas (en las cuales se decían mucho, ya que la madre de Marcelo tenía muy poco dominio en redes sociales), risas y preguntas que no esperaban respuestas pues eran tapadas con nuevas preguntas segundos después.

Cuando se hizo de noche Marcelo se sentó frente a la pequeña mesa cuadrada, con una pata desnivelada, en la que tantas veces había compartido domingos de mates con ella.

—Bueno, me hubiese gustado recibirte con un buen lomo al horno para festejar tu regreso —dijo la madre—. Pero sé que ya no comés carne, así que te hice algo especial.

Se metió en la cocina y salió con una fuente que largaba humo. La colocó en el centro de la mesa mientras Marcelo le respondía un mensaje a un amigo. Su madre le puso en el plato una pata y un muslo de pollo. Marcelo la miró mientras sentía que el estómago se le cerraba. Ella lo miraba, sonriendo…

—Gracias, vieja —dijo, y tomó el cuchillo y el tenedor.

2- El chori

Virginia se sentó cabizbaja entre su tía Camila y un primo llamado Ricardo.

La familia se había reunido y su padre, Jorge, no dejaba pasar ni diez minutos sin hacer algún comentario sobre algunas de las piezas de animales muertos en la gran parrilla del quincho. Era su cumpleaños y había invitado a toda la familia a comer un asado. En la mesa, las ensaladeras estaban llenas a rebosar de lechuga, tomate y cebolla; más de siete botellas de vino ya estaban abiertas y repartidas entre vasos e hígados. Paneras llenas de flautitas y figacitas; pequeños cuencos llenos de chimichurri y criolla. Dos botellas de gaseosas para los más pequeños, sifones y hieleras completaban la mesa. Una de las tías había llevado una ensalada rusa a rebosar de mayonesa; el resto, al parecer, había llevado helado, tortas y masitas para el café; todo con dulce de leche o crema.

Virginia no creía que fuera un buen momento para decir que quería hacerse vegana. Su padre era un buen hombre pero era incapaz de concebir que algo que no fuera una vaca o una oveja pudiera subsistir sin carne. Incluso cuando el hermano de Virginia había tenido como mascota una tortuga, Jorge siempre insistía en dejarle en su platito pedazos de churrasco.

Decirle a su padre que era vegana sería como si el hijo de un metalero le dijera a su padre que escuchaba solo bachata.

En ese momento su padre le palmeaba la espalda a uno de sus hermanos mientras ambos miraban como el cadáver de un chancho se doraba sobre los fierros de la parrilla. Virginia había visto incontables videos de esos animalitos siendo tratados como si fueran cosas, ignorando sus chillidos de dolor y terror. También había visto a aquellas personas que tenían chachitos de mascotas y, ver en la parrilla aquél hermoso ser, hizo que le dieran ganas de llorar.

Pero no lo hizo. Ya le había dicho a la familia que no se sentía muy bien del estómago y que solo comería un poco de ensalada, pero su padre le pondría corte tras corte de carne en su plato así ella estuvieses sufriendo un ataque al corazón en ese mismo momento.

Su madre, Analía, estaba junto a su padre, ayudando en la parrilla.

Analía era una mujer que transmitía sonrisas. Era una mujer muy amable y agradable. Suave de gestos y dulce como una pelea a muerte entre un merengue y la crema chantilly con un panqueque con dulce de leche, de réferi.

Usando platitos de cartón comprados para la ocasión, Analía iba repartiendo chorizos y panes para que la gente empezara a comer. Sacó un par de ellos y los puso en un platito azul y se dirigió hacia su hija.

Virginia la veía avanzar y sentía ganas de salir corriendo; huir de la tortura que le esperaba. Su madre alcanzó  su mesa y le dejó el plato con chorizos.

—No estoy bien de la panza —dijo Virginia, dando manotazos de ahogado, procurando evitar tener que ingerir aquella monstruosidad que tantos otros habían comprado.

—Solo un poco —dijo su madre—. Tu papá puso todo de sí para hacer ésta fiesta y si no te ve comer va a estar toda la semana molesto… ya sabés como es.

Virginia asintió en silencio. Usó el tenedor para pinchar la aberración de su plato. Los hombros le pesaban y rezaba para que las ganas de vomitar que sentía no fueran más que simples ganas. El tenedor atravesó la achura y el cuchillo comenzó a cercenarla. Sintiéndose enferma, se metió un trozo en la boca y empezó a masticar.

—Sos una hermosura de persona —le dijo su madre y le dio un enorme beso en la frente.

Si supiera el suplicio por el que sufría tanto, Virginia estaba segura de que jamás le obligaría a comer nada.

—Necesito que me hagas un favor —le dijo su madre cuando vio que ella había terminado su bocado.

—Lo que sea —asintió Virginia, creyendo que así encontraría excusa para alejarse de la mesa y de tantas personas incapaces de comer algo realmente sano.

—Quiero que tires esto en uno de los tachos de la calle —le dijo su madre dándole un papel film con una etiqueta pegada—. Que no lo lea tu padre —advirtió y se marchó del lugar.

Llevada por la curiosidad ante tanto misterio, miró la etiqueta.

“Chorizos veganos” decía en letras grandes, y le seguía un listado de los ingredientes que lo componían.

Virginia miró su plato y sonrió. Desde la distancia, su madre le guiñó un ojo.

¿Desde hace cuánto que lo sabía?

En completo silencio, Virginia le dio las gracias mientras una lágrima se deslizaba por su rostro. Comió todo aquello que su madre le sirvió. Tiró todas las etiquetas que Analía le había separado.

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7 comentarios

  1. Muy bueno Gabbo. Voy a ir leyendo los cuentos de a poco. Son para saborear, como el bife de chorizo. Jaja. ¡Te felicito! Un abrazo.

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