Vegan Files: El hombre árbol de Saavedra
2016 – Parque Saavedra – 15:37
Tres días atrás, el agente Bombón y yo (agente Palito) recibimos la orden de investigar una extraña desaparición.
El doctor Narciso Cocido, reconocida autoridad científica dentro de la comunidad Crudivegana de Buenos Aires, estaba haciendo investigaciones en el parque Saavedra antes de haber sido visto por última vez.
No se recibieron peticiones de rescate ni se encontró cuerpo alguno u otra evidencia de que hubiera sido asesinado, según la policía forense. Los informes de la oficina de Ocultismo señalan que tampoco encontraron su alma o disturbios en los campos magnéticos del llamado “otro lado”.
Nuestro superior, el agente Helado, en las oficinas del FVI (Fomentadores de Veganismo Inteligente) nos asignó la tarea de investigar este caso ya que el mismo parecía poseer todas las características y componentes necesarios para tratarse de un V-File.
El agente Bombón y yo nos dirigimos a la casa del científico para iniciar nuestra investigación.
Llegamos temprano, vistiendo nuestros atuendos y con nuestras placas al alcance para ser rápidamente mostradas a quien pidiera que nos identificáramos. Nos atendió el señor Ungencio Maltipo, quien, según nuestros informes, era un ayudante del doctor Cocido. El joven, de cabellera blonda y dientes prominentes, nos informó que el doctor no era el único desaparecido. Como agente del FVI bien informado, le dije que sí, que era cierto, que tenía razón, que en nuestras oficinas centrales había, al menos, más de treinta casos de personas desaparecidas en curso de investigación y que la del doctor Cocido no era la primera.
Tras quedarse mirándome un rato largo y echar miradas a Bombón, que, estoico a mi lado, se limitaba a mirar el mundo a través de sus lentes negros, el señor Maltipo me explicó que él se refería a desapariciones de científicos veganos dentro de su espectro de conocidos. Nos miramos unos minutos más en silencio mientras cada uno asimilaba la información recibida; la que él me daba y la que yo le di.
Al parecer, unas semanas atrás, otro científico, el doctor Alberto Estofado (crudivegano) también había desaparecido. Con delicadeza, astucia, empatía, y haciendo uso del idioma como si fuese un par de calcetines fabricados a medida, logré que Maltipo me brindara más detalles sobre el tal Doctor Estofado
“¿Y ese quién es?” Fue mi brillante pregunta.
Atrapado por el juego de mi dialéctica profesional, pudimos sonsacarle al señor Maltipo la siguiente información:
El Dr. Estofado y el Dr. Cocido estaban trabajando conjuntamente en pos de lograr una evolución en la alimentación crudivegana.
En los últimos tiempos habían logrado importantes avances en sus investigaciones, desarrollando una enzima que permitía a los humanos alimentarse plenamente de la luz solar, (dicho avance haría desaparecer a los crudiveganos y pasarían a denominarse Lucirianos).
El agente Bombón, siempre escéptico, dijo que eso era imposible, que los seres humanos necesitábamos un montón de “cosas” para alimentarnos. Pero, al parecer, los doctores habían creado un tratamiento genético en esa enzima que le permitía al cuerpo generar proteínas y todas las otras “Cosas” gracias al contacto con la luz.
La obcecada posición del agente Bombón perdió todo sostén cuando el señor Maltipo nos informó que la enzima ya había sido creada con éxito y funcionaba casi de manera perfecta. El “casi” se debía a que los sujetos de prueba tuvieron que ser internados de urgencia por sobrepeso en el transcurso del último veranito de San juan y el SENASA no aprobó la luz como fuente de alimentación sana.
La investigación de los doctores, según la nueva información brindada, estaba basada en la experimentación para encontrar el modo en que las personas pudieran alimentarse a gusto y no cada vez que estuvieran expuestas al sol.
Maltipo nos entregó el cuaderno de investigación de los doctores donde, a través de anotaciones, dibujos y esquemas, dilucidé que los científicos habían logrado modificar genéticamente ciertas semillas que se injertaban (o implantaban, sería más propio) en las plantas de los pies y en las palmas de las manos. Estas semillas estaban diseñadas para activarse al estar bajo tierra. Una vez que una persona portadora de estas pequeñas semillas ocultas y casi imperceptibles bajo la dermis, enterraba sus pies o manos bajo tierra, las semillas se activarían impulsando, a su vez, a la enzima que permite al portador alimentarse de la luz solar.
Según las notas, enterrar los pies de noche o a la sombra, sería como comer un tentempié liviano o una comida light para hacer dieta. Las semillas, además, aportan nutrientes de la tierra.
Otras páginas del cuaderno develaron propuestas de marketing del producto: “Semillas intercambiables que estimulaban las papilas gustativas dando a la luz el sabor de la soja texturizada y saborizada artificialmente con gusto a pollo”. Sobre la página con esa idea había un sello que decía: aprobado por Monte Santo.
Maltipo nos dijo que los doctores estaban experimentando con un prototipo de semilla en el parque Saavedra cuando el doctor Estofado desapareció. El doctor Cocido se negó a hacer denuncia alguna. De no ser porque varias pertenencias personales del doctor Estofado seguían en el laboratorio, Maltipo hubiese pensado que, simplemente, se habían peleado o que el científico había decidido tomarse unos días de descanso.
A partir de la desaparición de su colega, el Dr. Cocido empezó a comportarse de una manera extraña y esquiva hasta el día en que él también desapareció.
El ayudante de laboratorio nos informó que Cocido había destruido algunos prototipos y quemado algunas notas de su colega poco antes de desvanecerse.
Por más que preguntáramos, Maltipo no nos supo decir (ni siquiera conjeturar) qué razón había tenido el Dr. Cocido para no reportar la desaparición de su compañero de trabajo; y nos explicó que, por su parte, él había hecho la denuncia correspondiente al desaparecer el Dr. Cocido porque aún le estaban debiendo un mes de sueldo.
Requisamos las notas y cuadernos de los doctores. El asistente de laboratorio nos facilitó unas fotos recientes del desparecido, sacadas, según nos dijo, la misma mañana de su desaparición.
El siguiente destino de nuestra investigación fue el parque Saavedra, donde la policía científica, la policía forense y la policía ocultista no habían logrado hallar pista alguna que develara el misterio del paradero del Dr. Cocido.
Camino al parque, mientras el agente Bombón manejaba y escuchaba la banda “Animalistos RNR”, yo iba revisando anotaciones que encontraba en los cuadernos de los doctores.
Tras la entrevista con Maltipo y con los datos que tenía, mis sospechas recaían en las grandes corporaciones, marcas de alimentos o cadenas de comidas rápidas cuyos negocios podrían ser destruidos por los descubrimientos de los científicos. La luz solar no era un bien que escaseara y las semillas de los científicos podían llevar a la bancarrota a esos enormes bloques económicos y sumir al mundo en una reestructuración a nivel mundial.
Pero en las anotaciones había montones de hojas con el sello de Monte Santo, en las que se ofrecían opciones comerciales para restaurantes, cadenas de comidas rápidas, panaderías, cadenas de casas de café y montones más. Usos en el campo de la salud e incluso para uso hogareño.
Entre las patentes que logré ver, vi varias de sistemas de diversas luces ultravioletas, lentes para proteger los ojos, vi unos guantes y medias con películas de tierra concentrada y súper nutritiva para que las personas pudieran alimentarse sin necesidad de tener que enterrar sus manos o sus pies (los guantes tenían una nota adjunta de una cadena de cafeterías, que solicitaban que los guantes fuesen descartables y con una etiqueta el la cual poder escribir los nombres de los clientes, también solicitaban semillas con sabor a chessecake, a dona de chocolate y a muffin de Arándanos).
Había una patente de un pequeño aparato que removía y colocaba las semillas bajo la dermis sin necesidad de acudir a ningún médico. Otra de cuencos de barro con cristales incrustados…
Aunque los mayores capitales de la industria gastronómica estaban considerados en los planes de venta de las semillas, yo me negaba a renunciar a la teoría de un asesinato por parte de una importante corporación.
Llegamos al parque cerca de las dieciocho horas, el sol aún mantenía su guardia en el cielo, y en el calor de la tarde, las personas pululaban por doquier ignaros de los ocultos motivos que me llevaban allí. Un numeroso grupo de jóvenes jugaba al futbol mientras que, otras gentes, recorrían el ovalado parque al trote o en bicicleta. Algunos perros jugaban corriendo con sus dueños u oliéndose los traseros los unos a los otros.
Recorrimos el lugar basándonos en los informes de las investigaciones previas. Un perro grande como una pequeña vaca pasó volando a mi lado mientras perseguía una pelota, su dueño, absorto en su celular, volvió a tomar la pelota cuando el perrazo se la acercó y la arrojó si ver a dónde.
Por lo que sabíamos, el Dr. Cocido había desaparecido entre la una y las cuatro de la mañana, ya que hubo testigos que lo vieron en el parque a esa hora y poco después de las cuatro se pudo confirmar su desaparición. Su coche continuaba en las inmediaciones esperando que llegara la grúa a llevárselo al depósito. Ninguna de sus tarjetas de crédito fue utilizada desde esa noche.
Encontramos a un policía descansando entre dos árboles; en uno, había atada una cinta de “investigación” que marcaba un perímetro de búsqueda. Nos informó que se había marcado dicho perímetro en base a un cuaderno encontrado, el cual nos entregó siguiendo órdenes.
El cuaderno estaba dentro de una bolsita de plástico transparente con la palabra evidencia escrita en ella. El artículo había sido hallado en el centro de la zona de búsqueda, junto a un árbol. La investigación estaba llegando a su fin para la policía ya que no había logrado encontrar nada en el tiempo que llevaba trabajando.
Agradecimos al oficial y continuamos nuestras pericias. Junto al cuaderno el policía me había entregado un sobre con las fotografías tomadas durante las investigaciones previas. Incluso antes de ojearlas y sacar mis propias fotos, sentía que había algo erróneo, algo raro. No podía precisar qué en ese momento. Saqué mis fotos sin estar seguro de qué era lo que estaba intentando atrapar en ellas.
Se nos acercó un hombre que, bajo su capa de mugre, bien podía tener cincuenta años o como unos treinta. Su aliento podría haberse utilizado en hospitales para desinfectar heridas o en el ejército para alimentar lanzallamas. Nos pidió un cigarrillo, que por miedo a una explosión, le negué. Nos preguntó si estábamos ahí por “El hombre árbol del parque”.
Ante nuestros interrogantes y un billete que cambió de manos, el hombre nos contró que en las últimas semanas había visto al hombre árbol; un ser que se veía como un árbol, que se comportaba como un árbol y que parecía ser un árbol; aunque, visto desde cierto ángulo, parecía tener rasgos de hombre. También nos dijo que se diferenciaba de un árbol normal por el hecho de que se desplazaba y debido a que se comió a un hombre de un solo bocado hacía cuestión de unas noches. La descripción del hombre devorado coincidía con el Dr. Cocido.
Sonaba interesante como dato, aunque el hecho de que nos hubiera dicho todo eso al ver que el agente Bombón y yo nos alejábamos perdiendo el interés (y nuestro dinero) daba lugar a sospechas.
El borracho nos describió al Dr. Cocido sin que le mostremos ninguna foto, ese era un punto a su favor, pero bien podría haber sabido la descripción del mismo por responder a otros interrogatorios de las fuerzas de la ley.
Por más que le ofrecimos más dinero, cigarrillos y otras cosas, el hombre se negó a darnos más detalles, ya que consideraba que el hombre árbol del parque era un guardián benévolo.
Saqué más fotos de todo el lugar, incluyendo los árboles dentro y fuera del perímetro. Todos eran bastante parecidos excepto aquel junto al que el oficial hacía guardia (uno de los árboles, al menos). Le saqué varias fotos a ese árbol aprovechando las últimas luces del día, y nos marchamos.
Al día siguiente nos llegó la orden de que abandonáramos el caso, que se había cerrado. El agente Helado nos pidió que entregáramos toda la evidencia acumulada.
Yo me guardé el cuaderno encontrado en el parque, las fotos que saqué y las que me entregaron. Los cuadernos con las patentes y demás tuve que cederlos sin remedio.
No me gusta que queden casos sin resolver, por lo que decidí seguir por mi cuenta. Las notas del cuaderno eran demasiado complejas para mi entendimiento, pero deduje que explicaba las técnicas de modificación genética de las semillas. La letra, pulcra y prolija iba perdiendo claridad mientras más avanzaba en la lectura del diario de investigación. En cierto punto, el Doctor dejó de respetar los renglones y escribía casi sin dejar espacios entre las palabras. Los signos de puntuación fueron desapareciendo poco a poco hasta dejar de existir. Lo único que pude rescatar tras varios intentos fue algo sobre un compuesto genético de Acacia Baileyana, un árbol escogido por la velocidad de su crecimiento.
Leí también que el Dr. Estofado quiso ser el primero en experimentar las semillas en su cuerpo.
Tras esa anotación todo ya es demasiado confuso. Pude leer varias veces las palabras “transformación”; “monstruo”; “error”; “ayudar”; fusión” y “peligro”. Ya cerca del final encontré un párrafo escrito con suficiente prolijidad como para poder transcribirlo:
“El Dr. Estofado insiste en que nunca estuvo mejor, que no quiere volver. Dice que por vez primera logra entender todo. Me pide que me una a él, que la semilla puede aceptarme, que no me voy a arrepentir. Mi espíritu de investigador siente una enorme curiosidad. Podría no ser solo un paso evolutivo en nuestra alimentación, sino en toda nuestra especie…”
Después de ese párrafo la letra vuelve a ser pequeña y sin puntos ni comas ni nada. Solo logré transcribir frases sueltas como: “Lo hice”; “Escribir hasta el final”; “Siento la unión”; “Lo entiendo todo”.
Guardé el diario del Dr. Cocido en mi caja fuerte personal, junto a otros V-Files.
Como último dato, solo puedo agregar que el árbol junto al que se encontró el diario del científico no estaba en mis fotos. Curiosamente era de la misma especie que aquel que tenía la cinta atada, donde el policía me entregó la documentación.
Gracias a ampliaciones vi que en un costado del tronco sobresalía lo que podía llegar a ser la punta de una birome. Todo explicable de no ser porque en una de mis fotos, el árbol, si bien de otra especie, no parecía tener nada raro, mientras que en otra, el tronco estaba más torcido, como si se hubiese girado para verme.
Esa foto está tomada desde mayor distancia, por lo que, al hacer zoom, pierde mucha nitidez; pero casi juraría que en la foto en la que el tronco está más torcido, veo el brillo de un ojo abierto entre la corteza.
Volví al parque una vez más, de civil. No vi rastro del árbol, ni del linyera borracho… aunque sí vi varios árboles nuevos, todos parecían ser de la misma especie que el de la foto.

