Moneda
Blanco.
Techo blanco.
Nada más que ver. Nada más que hacer.
Miraba el techo como si allí estuviesen las respuestas a todas las preguntas. El remedio para todas sus enfermedades. Pero, al igual que las nubes son solo nubes, el techo es solo el techo.
Escuchaba los sonidos festivos del resto del edificio; tal vez, del mundo entero. Sí, el mundo se encerraba detrás de la puerta de su departamento. Se levantó y se asomó por la ventana. Algunos fuegos artificiales delataban a los niños que estaban demasiado ansiosos como para esperar a que se hicieran las doce.
Un nuevo año se aproximaba y él no estaba vestido para la ocasión. Ni siquiera estaba vestido. ¿Qué sentido tenía? ¿Y si saltaba? ¿Y si abandonaba todo lo que conocía y se entregaba al misterio? Rió de sus pensamientos. Estaba seguro de que un cadáver desnudo en vísperas de Año Nuevo sería una jugosa noticia para ciertos noticieros, pero no sería su cuerpo el que encontrarían. No tenía dudas de que su vida ya estaba por terminar, sabía que su verdugo sería él mismo y que el hacha que utilizaría sería una hoja de afeitar.
Pero no aún. Todavía tenía cosas que hacer, misiones que terminar.
No podía despedirse del mundo sin antes despedirse de las pocas personas que habían hecho que sus días no fuesen insoportables.
Inspiró con renovada energía. Feliz incluso. Parecía como si la seguridad de su suicidio lo alegrara sobremanera. ¿Y por qué no? Ya nada importaba y era libre. No tenía que trabajar, ni estudiar, ni sonreírle a las personas que le desagradaban. Podía salir a la calle y gritar con todas sus fuerzas; si alguien quería mirarlo y criticarlo, que lo hiciera, a él no le iba a interesar porque ya iba a estar muerto en cierto sentido.
Impulsado por el poder que recorría sus venas, se dirigió al baño y abrió la ducha. Se metió bajo el agua y se relajó con su suave masaje. No se apresuró, se mantuvo más de quince minutos casi sin moverse.
Cuando decidió que ya era suficiente, hizo lo de siempre, lo que todos pensaban que era un baño. Se enjabonó y se lavó la cabeza. Al salir de la ducha, sintió un fuerte portazo proveniente del departamento vecino, donde vivía una joven a la que siempre visitaba su novio. Ya estaba acostumbrado a sus peleas, todo el edificio lo estaba.
Una vez que estuvo vestido y listo para enfrentar a ese nuevo mundo que la muerte le presentaba, abrió la puerta de su departamento sin molestarse en apagar las luces; ya no le importaba gastar. Lo pensó mejor y las apagó. Cerró la puerta tras de sí y no le echó llave; si alguien iba a robarle, que lo hiciera, a él le daba lo mismo. De esa decisión no se arrepintió. Dio unos pasos rumbo al ascensor cuando frenó en seco. Volteó lentamente y observó su puerta. Sin motivos, bajó la vista poco a poco y allí la vio.
Era como si lo hubiese llamado. La vio brillar a la luz del pasillo. Una pequeña moneda.
Cuando se acercó y la vio bien, notó que no era una moneda corriente: era una de esas monedas de la amistad, de las que están partidas por la mitad y cada parte tiene una pequeña argolla para poder
pasarle un hilo o una cadena. Era plateada, de veinticinco centavos de dólar. Aún no la habían partido.
Desinteresado, la guardó en el bolsillo. Supuso que el novio de su vecina la había tirado luego de la pelea.
Abandonó su edificio sin premura, sin preocupaciones ni pensamientos demasiado profundos. Era algo increíble, había decidido matarse y no se sentía triste, no se sentía solo.
La soledad era su problema, su gran problema. Tenía amigos y había salido con varias mujeres, pero la sensación de vacío que sentía dentro de sí no remitía, sin importar cuántas horas al día pasara en compañía. Intentó ponerse de novio, intentó salir con más de una chica a la vez, pero todo daba igual. Su pena era grande y poderosa. Su dolor era demasiado como para intentar enfrentarlo. El alcohol y las drogas fueron una opción durante unas horas, pero si se iba a matar, mejor hacerlo de una sola vez, no de a poco y con dolor ajeno.
La noche lo recibió con un fresco abrazo. El calor quedaba mermado gracias a una pacífica brisa. Había personas en las calles, en sillas plegables y con copas en las manos. Las familias estaban unidas y festejaban, aunque él no sabía si lo hacían por el año que llegaba o por haber terminado el que se iba.
Enfiló, sintiéndose muy vivo, hacia la casa de sus padres. Ahí esperó hasta la hora en la que las sidras se destapaban y el cielo refulgía en diversos colores y miles de esperanzas. Nadie jamás hubiera podido decir lo que pasaba por su mente e, incluso, algunos pensaron que se veía mejor que nunca.
Pasadas las tres de la madrugada, se perdió en la ciudad en busca de alguna fiesta anónima en donde satisfacer su última necesidad carnal. La encontró y fue una de las mejores experiencias de su vida. Toda esa noche lo fue.
Cuando despertó al otro día, el sol ya estaba bien alto y la mayoría de la gente vivía su muerte diaria. Estaba vestido y solo. Siempre estaba solo. Vio una botella de vino casi vacía, solo le quedaba una pequeña medida. No recordaba cómo había llegado allí ni le interesaba tampoco. Se desvistió y se bañó para sacarse de encima el olor a tabaco y a alcohol. No fue fácil, pero tampoco imposible.
Cuando se disponía a afeitarse se quedó tenso, miró los repuestos de la pequeña máquina de la misma manera en que un ratón puede mirar a la serpiente ante él. Dejó la afeitadora a un lado y se vistió en su pieza. Vio la moneda tirada en el piso, junto a los pantalones que se había sacado. La guardó.
Abandonó el departamento sintiéndose inseguro por vez primera. ¿Se atrevería a hacerlo? No importaba en ese momento: si no era un filo, sería un salto, la decisión estaba tomada.
Caminó hasta la casa de quien él había llamado mejor amigo durante tanto tiempo. No sabía qué iba a decirle, o si iba a decirle algo siquiera. Solo quería despedirse a su manera, mantener una última charla y nada más. No importaban las palabras que se usaran. Iban a ser un adiós.
Tocó el timbre.
—¿Quién es? —preguntó la voz conocida.
—Yo, Diego —respondió.
Esperó unos minutos y la puerta se abrió. Vio en los rasgos de Cristián que él también había pasado una noche movida.
—¿Qué hacés, boludo? —le preguntó durante un corto abrazo—. Ayer te busqué por todos lados para salir, pero no te encontré. ¿Qué hiciste?
—Estuve con mis viejos.
—¿Con tus viejos? ¿Qué pasó? ¿Necesitabas plata?
Diego sonrió ante el comentario. A decir verdad, durante la fiesta, tanto su madre como su padre le habían hecho la misma pregunta.
—No, tenía ganas de pasar un Año Nuevo como los de antes, como cuando era pibe y los cambios no se notaban demasiado.
—¿Estás bien?
—Como siempre…
—Pasá, estaba hablando por teléfono con Graciela, me estaba preguntando por vos justo.
—¿Sí?
—Sí, al parecer ayer nos quería invitar a una fiesta o algo así.
Diego entró a la casa de su amigo y se dejó caer en la cama. Cristián recogió el tubo del teléfono y continuó hablando con Graciela, una amiga en común. Diego apoyó la cabeza en la almohada y se dejó
llevar por los recuerdos. ¿Cuántas cosas había pasado en ese lugar? ¿Cuántas conversaciones y risas había compartido? Recordó el día en que había decidido irse de su casa, las palabras de apoyo y la semana que su amigo lo alojó pese a las protestas de la familia. Recordó, sonriendo, cuando ambos eran más jóvenes y se contaban cosas privadas, inquietudes sobre el sexo, sobre la vida y otras tantas cosas que había olvidado.
Cristián le dio un codazo sacándolo de su ensueño. Le tendía el teléfono para que hablase.
—¿Hola? —preguntó al tubo.
—¿Diego? —era la voz de Graciela.
—Sí, soy yo, ¿cómo estás?
—Yo bien, ¿cómo estás vos?, ¡perdido! ¡Hace mil años que no te veo! ¿En qué andás?
—En lo de siempre. ¿Lo pasaste bien anoche?
—Los extrañé, pero ustedes son unos cortados —bufó Graciela.
—¿Qué vas a hacer a la tarde?
—¿A la tarde? Ya son más de las dos.
—Sí, bueno, vos me entendés.
—No sé. Calculo que no mucho: aprovechar que hoy no trabajo.
—¿Está bien si paso un rato?
—¿A qué hora?
—No sé. Digamos que dentro de un rato, tipo cuatro o cinco.
—¡Dale! Te espero.
—Nos vemos.
Colgó y miró a Cristián. Ya sabía lo que le iba a decir.
—¿Y? ¿Para cuándo?
—¿Para cuándo qué? —preguntó Diego sonriendo.
—Es obvio que te quiere dar —dijo Cristián con una mirada cómplice—. Es linda y te cae bien; yo si fuera vos tomaría viaje.
Diego rió. ¿Cuántas veces lo había pensado? ¿Cuántas veces había estado a punto de hacerlo? Pero nunca dio el paso. Nunca se lo permitió. Graciela era una de las pocas personas que le agradaban sobremanera y eso era debido al tipo de relación que tenían. Se contaban todo y se reían de las mismas cosas. No, haber ahondado más en la relación hubiese sido estropear todo.
—No tengo ganas de discutir eso otra vez. ¿Qué hiciste ayer?
—Lo mismo que hago todos los años, Pinky… lo de todos los años: hasta las doce estuve acá con mi familia y antes de la última campanada ya estaba en la calle. Me reuní con unos amigos y de ahí fuimos a la fiesta de una piba que conocía uno de ellos.
“Amigos”, pensó Diego y pasó las yemas de sus dedos por la moneda de la amistad que había encontrado. Estuvo a punto de sacarla y darle la mitad a su amigo, pero no lo hizo, tal vez era mejor dársela a Graciela. Pero no le encontró sentido a ninguna de las dos opciones: ¿para qué se las daría si la otra mitad se iba perder con él para siempre? Tal vez le podía dar una mitad a cada uno, pero seguro que le iban a terminar pidiendo explicaciones que no estaba dispuesto a dar.
—¿Te acordás del Año Nuevo pasado? —le preguntó Cristián—. Cuando viniste acá a pasarlo.
—Sí —dijo Diego riendo al acordarse muy bien de esa fiesta o, al menos, de lo que le habían contado de ella.
—Tenías más alcohol encima que un hospital —rió Cristián—. Ayer mi abuela preguntó por vos.
—¿Todavía se acuerda?
—No todos los años un pibe la saca a bailar y le vomita encima —respondió Cristián partiéndose en dos de la risa.
Diego rió hasta que los ojos se le cubrieron de lágrimas. Era eso lo que había pensado, era eso lo que él llamaba una buena despedida.
—¿Y tu prima?
—Sigue pensando que sos un pajero, pero creo que si la invitas a tomar algo agarra viaje sin dudarlo —observó Cristián—. Es una histérica. ¿Qué vas a hacer mañana?
—No sé, nada —respondió Diego un poco incómodo. No le gustaba mentirle a Cristián.
—Podemos ir a comer una pizza a la noche, ¿no?
—Sí, también podemos ir a comer fideos o un pato a la naranja, el mundo es nuestro —ironizó Diego.
—Si tuviera plata como para ir a comer un pato a la naranja con vos no estaría en esta casa.
—Vivir solo no es la gran cosa en realidad. Mejorás un poco la relación con la familia por no tener que verlos tan seguido y te sentís más libre. Pero eso es sobre todo al principio… En realidad, no tengo idea de lo que estoy diciendo. Me acuerdo de los primeros días en que viví solo. Al principio me sentí en la gloria, pero la primera noche no sabía qué hacer…
—Sí. Viniste a comer acá, ¿te acordás?
Diego asintió. En su nuevo departamento había preparado milanesas y puré, pero no había llegado a comer nada. La mesa solitaria y el silencio le habían sacado el hambre. Esa noche sintió un gran afecto por sus padres. Extrañó incluso las discusiones y las peleas. Pero fue solo esa primera noche.
—No me sentía cómodo comiendo solo. Me sentí un poco perdido: por un lado el mundo era mío, pero por otra parte, era como si no tuviera con quién compartirlo —reflexionó pensando en que esa era una sensación que todavía seguía sintiendo; todavía no compartía el mundo con nadie—. Pero con el tiempo me acostumbré, como a todo. Uno se acostumbra a casi todo.
—Supongo, pero ¿te arrepentís de haberte ido de tu casa?
—No, ni en pedo —contestó antes de pensar en la respuesta y descubrió que era verdad, que nunca lo había hecho—. Hay mil problemas y quilombos que enfrentar cuando vivís solo, pero son problemas que te terminan agradando, ponele. Son problemas que te hacen sentir que estás avanzando, que sos alguien más preparado y mejor.
Diego se detuvo al notar el modo en que su amigo lo miraba.
—¿Qué pasa? —le preguntó.
—Nada, ¿estás seguro de que te sentís bien?
—Sí, ¿por? —preguntó Diego a la defensiva.
—Es que nunca te oí hablar así, tan… no sé. Es como si no me hablaras a mí… como si te hablaras a vos mismo.
—Sí. Algo de eso hay. Me debe estar pegando el principio de año. Es así, nunca me había puesto a pensar en todo esto. Hacerlo me hace bien —sonrió Diego. Su elección se mantenía firme: el descubrir que sus decisiones no habían sido erróneas no disminuía el peso que la soledad colocaba en su espalda.
—Bueno, por eso. Me quiero ir a vivir solo, quiero separarme de todo lo que me rodea para intentar moverme solo durante un tiempo.
—Te entiendo, pero te sugiero que primero ahorres un poco de plata y te vayas a Mar del Plata una semana, no en temporada alta ni nada. Una semana para que puedas caminar, pensar y hacer planes desde una mejor perspectiva.
—¿Vos lo hiciste?
—No, pero me hubiese gustado hacerlo —rio Diego.
—Sí, no es mala idea, me iba a comprar un equipo de música, pero un viaje estaría bueno. Por ahí lo hago.
—Si podés sobrevivir a una semana en un hotel en donde no tenés que preocuparte por la comida ni por problemas de mantenimiento, entonces quiere decir que tenés lo que más se necesita para vivir solo…
—¿Qué cosa?
—Una buena convivencia con vos mismo —sonrió Diego con un dejo de tristeza. Una vez más acarició el relieve de la moneda de la amistad.
Permanecieron un rato en silencio.
—Che, ¿querés tomar algo? Creo que tengo jugos de ayer.
—No, está bien. Me voy a lo de Graciela.
—¿Ya? Le dijiste que ibas tipo cuatro o cinco. Si salís ahora vas a llegar antes de las tres y media.
—No si voy caminando…
—¡¿Caminando?! ¡¿Estás loco?! ¡Queda re-lejos!
—Necesito caminar un poco, disfrutar del aire.
—No te estarás volviendo maricón, ¿no?
—¿Por? ¿Estás interesado? —bromeó Diego con tono amanerado.
—Sí, pero en un tipo lindo, no en un escracho como vos —respondió Cristián siguiéndole el juego.
—Vos te lo perdés.
—Te acompañaría pero todavía necesito un día o dos para reponerme de ayer.
—No hay drama, quería ir solo.
—¿Por? ¿Te vas a tirar el lance?
—No —sonrió Diego, aunque no estaba seguro. La relación con Graciela ya estaba acabada; ¿qué más daba terminarla con un abrazo que con un beso?
—Tendrías que hacerlo —aconsejó Cristián.
—Y a vos te convendría dejar de vivir a través de mí. Si tanto te gusta tirate el lance vos, boludo.
—No, ella es tu tipo, no el mío.
—¿Me abrís?
—No, cerrá la puerta y listo, no hay problema.
Diego asintió sintiendo una fuerte punzada de soledad. No importaba, no era la primera ni la última. Le dio la mano a su amigo y se dirigió a la puerta.
—¿Tenés el mp3 con carga?
—Sí, ¿lo querés?
—No, te preguntaba porque quería saber cómo andaba… ¿Qué tenés para escuchar? —preguntó sonriendo.
—¿Hay algo de lo que yo escuche que a vos no te guste?
—Dámelo —pidió Diego.
Se marchó sintiendo que había dado un buen paso. Le hizo bien hablar con su amigo. Puso el mp3 a todo volumen, quedarse sordo era algo que ya no le preocupaba. Con la música como fondo para sus pensamientos recorrió las calles que lo separaban de la casa de su amiga.
A modo de reminiscencia le llegaron las palabras de un poema de Bukowski que había leído poco después de comenzar a vivir solo. Un amigo se lo había dado como regalo, diciendo que de ese libro
podría aprender mucho.
“…cuando pienso en mí mismo muerto
pienso que no seré capaz de tomar agua nunca más…”
No había pensado nunca en ese poema, en realidad en ninguno, le había dado poca importancia al libro. El significado de las palabras nunca le había llegado y tal vez aún no lo hiciera. Pero la decisión que ya había tomado dotaba a esa parte del poema de algo muy profundo. Decidió que luego de hablar con Graciela iba a terminar de leer ese libro. Lo iba a leer entero por vez primera, intentando comprender las frases y las ideas del autor.
Llegó hasta la casa de Graciela. Eran poco más de las cuatro. Ella compartía departamento con unas amigas, todas buenas chicas en apariencia, todas desconocidas.
Lo atendió Graciela por el portero, pero la que le abrió fue una de las amigas, que justo se estaba yendo. La saludó con un frío beso en la mejilla e intercambió las palabras que el protocolo obligaba. No tomó el ascensor, subió los cinco pisos por escalera.
Golpeó la puerta y le abrieron casi al instante.
Graciela se le tiró encima y le dio un fuerte beso en la mejilla mientras lo abrazaba con énfasis.
—¡Feliz Año Nuevo! —dijo y le dio otro beso que sonó en el pasillo.
—Igualmente —respondió él sonriendo y un poco sonrojado. No se había esperado ese tipo de efusividad.
—Pasa, pasa. ¡Contame! ¿Qué hiciste? Me dijo Cristián que no saliste con él.
—Sí. No hice mucho: estuve hasta las doce en la casa de mis viejos…
—¿Necesitabas plata? —interrumpió Graciela.
—No, no, nada que ver —contestó Diego sin poder evitar una sonrisa—. Simplemente quería pasarla con ellos, olvidar toda la mierda y… comenzar de nuevo, por así decir.
—Qué bueno, era hora.
Se sentaron en la cocina, donde ya había una pava en el fuego y yerba en el mate.
—Supongo que sí, ¿y vos?
—Yo fui a una fiesta, le dije a Cristián.
—Sí, algo me dijo, pero se ve que no entendió muy bien.
—Tampoco se lo expliqué demasiado, la fiesta pasó y ustedes no fueron, así que no iba a servir de mucho ¿no?
—Ponele.
—Era la fiesta de una amiga de Natalia —dijo Graciela sacando la pava del fuego y cebando el primer mate.
—¿La pasaste bien?
—¿Yo? ¿Alguna vez la paso mal? —sonrió con picardía.
—¿Conociste a alguien?
—No, ¿a quién voy a conocer? —resopló—. Bailé con algunos pibes, pero eran todos unos idiotas.
—¿Quién no es idiota para vos?
—Vos —respondió ella guiñándole un ojo.
—¿No me creés un idiota?
—No, ni a palos, creo que dejaste muy atrás esa etapa —contestó Graciela con seriedad—. A vos decirte idiota es no hacerte justicia, te queda corto.
Diego rió sardónicamente y la miró a los ojos verde oscuros.
Se llevó la mano al bolsillo y palpó la moneda de la amistad que se había encontrado. Estaba pensando en dársela. Como regalo de Año Nuevo le podía decir. Pero no la sacó.
—¿Estás bien? —preguntó Graciela sacándolo de sus pensamientos.
—Solo un poco colgado, tengo muchas cosas en la cabeza —respondió Diego restándole importancia.
—¿Pasa algo malo?
—No, no creo.
—¿Seguro? Sabés que podés decirme lo que quieras y que te voy a ayudar en todo lo que pueda.
—Sí, ya sé —respondió Diego. Se preguntó si de verdad lo sabía o, mejor dicho, si se lo creía.
—Bueno, ¿qué te pasa, entonces?
—Nada, es el nuevo año, las cosas que uno deja atrás, las cosas que uno había pensado que iba a hacer y al final no hizo…
—¿Estuviste leyendo libros de filosofía otra vez? Sabés que eso te hace mal —se burló ella.
—Deja.
—No, perdoname, seguí —se disculpó Graciela poniendo su mano en el muslo de él.
—No sé cómo explicarlo…
—Todos pasamos por lo mismo algún año. El año pasado yo lo terminé pensando que iba a ser el año en que iba a dejar mi casa y encontrar un buen tipo con el que salir y solo logré la mitad.
—Es más que suficiente. Además, el amor no se puede forzar; si viene, viene y ya. No podés decir “este año me voy a enamorar” y listo.
—En eso tenés razón —asintió Graciela terminando el mate.
Diego pensó en sus propias palabras ¿Eran suyas? Él estaba planeando matarse por sentirse solo y le decía a su amiga que no debía preocuparse por el amor, que tenía que ser paciente, esperar a que le llegara. Se sintió entre estúpido e hipócrita.
Sabía que razón a sus palabras no le faltaban, pero las cosas no eran así. Sin duda Graciela encontraría tarde o temprano a quién amar, porque ella tenía esperanza o fe en el amor, pero él no. Él sabía que no podía enamorarse. Había pensado mucho sobre eso y había llegado a la conclusión de que el amor no existía tal y como se lo habían vendido. La gente no se enamoraba, solo se acostumbraba y llamaba amor a ese acostumbramiento. El amor es un sentimiento demasiado complejo, demasiado único para cada persona, es imposible que todas las parejas que se van formando sean producto de un sentimiento de esas características. La explicación es que la gente se conoce y, al sentirse en agrado con quien conoció, se
queda a su lado y al miedo de volver a estar solo se le dice amor. Por eso mujeres y hombres soportan golpes, por eso sacrifican gustos. No por amor, sino por el miedo a volver a estar solos. Son sacrificios
en pos de tener a alguien junto a ellos.
Esa visión lo diferenciaba: para él, el amor no era moneda corriente, incluso pensaba que no existía de ninguna forma, que lo que la mayoría hacía, era ponerle un nombre lindo a su egoísmo. El verdadero amor era la reserva de oro que nadie ve ni toca. Lo que las personas comercializaban en sus vidas eran solo papeles y monedas de metales sin valor.
Volvió a sentir el contorno de la moneda con la yema de sus dedos.
Diego terminó el mate que Graciela le había cebado. La miró y se sintió nervioso. ¿Y si Cristián tenía razón sobre ella? ¿Si Graciela lo miraba como algo más que un amigo? Ella lo sorprendió mirándola y se sintió sonrojar.
—¿Qué te pasa? —le preguntó riendo.
—Es que estaba pensando.
—¡¡¡Al fin!!! —festejó ella—. Era hora. Hay que anotarlo en el almanaque.
Diego rió tranquilo por haber pasado el momento incómodo. Se levantó y se dirigió al living. Graciela lo siguió.
—¿Y qué tenés planeado para éste año?
—Mmm, no sé. El tema del amor sigue pendiente —dijo pensativa—. Me gustaría cambiar de trabajo, ganar más plata.
—¿Y la facultad?
—No sé. Quisiera meter más materias, pero voy a seguir con las justas, no me voy a esforzar demasiado, eso es peligroso —respondió Graciela dejándose caer en el sofá. Diego se sentó junto a ella y ella reposó la cabeza en sus muslos.
—Te explotaría la cabeza por exceso de información —se burló él.
La miraba desde arriba, ella sonreía. Si se agachaba un poco podía besarla.
—La cabeza no, pero el cerebro se me hincharía como un globo.
—¿Entonces, solo eso? ¿Un amor y un nuevo trabajo?
—Es más que suficiente, el año ya se va a encargar de darme otras tareas en las que distraerme. ¿Y vos?
—¿Yo qué?
—¿Qué tenés planeado para éste año?
—No mucho —contestó Diego tras darse un minuto para pensar bien lo que iba a decir—. Supongo que disfrutar los momentos.
—¿Solo?
—Con quien pueda.
—¿No tenés ganas de enamorarte? No te veo con una mina desde… el año pasado para fin de año estabas sin pareja, así que hace más de un año.
—Salí con un par de chicas, pero ya sabés cómo es.
—No, pero sé cómo sos: exigís demasiado, sos un perfeccionista, nada te cae bien.
—No es tan así —se quejó—. Solo pretendo sentir, nada más.
—Pero lo pretendés en las primeras citas, no les das oportunidad de darse a conocer. Sos un enamorado del amor. Creeme, y Borges me apoyaría en esto, el amor a primera vista no existe.
—¿Borges?
—Sí, era ciego.
—Sos una tarada.
—¿De verdad creés que un día vas a ir por la calle, te vas a cruzar con una mina y se van a enamorar así tan fácil? ¿Tan poco chiste tiene el amor para vos?
—Es que de otra forma no sería amor, sería simplemente acostumbramiento —defendió Diego su postura.
—¡Estás loco! —rió ella—. El amor no es un sentimiento que llega como un flechazo, eso es en las películas, en las fantasías y nada más. Cuando conocés a alguien, no te mostrás tal cual sos, sobre
todo si te gusta…
—Eso es mentira, yo me muestro tal cual soy.
—¿Ah, sí? Entonces decime: si conocés a una chica que te interesa y de repente te empieza a picar una zona comprometedora, o te viene un eructo o un pedo, ¿qué hacés? ¿Lo mismo que cuando estás solo?
—Eso no tiene nada que ver…
—Sí, tiene —cortó—. Si algo así pasa vas a aguantarte todo eso para no espantarla, porque no querés que tenga una mala imagen de vos, ¿o me equivoco?
—No, claro que no, pero eso es obvio. Nadie es igual estando solo que estando con alguien. Estar solo es libertad total del cuerpo y de la mente; cuando se está con alguien, ya se está formando una
sociedad, uno ya no lo es todo, así que no puede comportarse como si lo fuera.
—En eso tenés razón, si es que entendí bien, pero no me refería a eso tampoco, no hace falta ir tan lejos. A una chica que recién conocés, ¿la tratarías como me tratás a mí?
—No, a vos te conozco desde hace mucho.
—¿Y te arrepentís?
—No.
—Bueno, con una novia es igual. No podés pretender que en el primer día ya este todo súper bien. Ni siquiera en el primer mes. En ese tiempo se van conociendo, midiendo. Enamorarse en esa época
de la relación es lo más estúpido que alguien puede hacer.
—Creo que estás exagerando.
—No digo que todos lo que lo hagan terminan mal. Pero miralo de esta forma: mientras te vas conociendo con alguien, estás como inhibido. No podés mostrarte tal como sos por miedo, por decirlo de alguna forma. Pero a medida que pasa el tiempo, uno se va soltando y se va mostrando tal cual es. Los regalos para impresionar se dejan de lado, los gestos poco comunes en la vida habitual también. Las parejas que se enamoran en los primeros momentos, pueden terminar muy mal o desengañarse cuando conocen realmente a la persona con la que salen. Los pobres creían que esos regalos iban a ser por siempre. En cambio, si al principio solo disfrutás del cuerpo, de los momentos, y a medida que pasa el tiempo te va gustando cada vez más quien te acompaña, eso es amor.
—No, eso es acostumbrarse a la otra persona.
—No lo niego, pero si yo no me viese acostumbrada a vos, hoy no podría estar acá sola y en esta posición. Acostumbrarse a alguien es aceptarlo, y la aceptación es el primer paso para que pueda haber amor entre dos personas.
—No sé, no me cierran las cosas así. Lo nuestro es diferente, se trata de amistad, no de amor.
—¿Hay diferencia? —preguntó Graciela mirándolo directo a los ojos—. Yo te amo y estoy segura de que vos a mí también. No un amor que requiere de sexo y besos para ser expresado. Si no te amara no te contaría mis cosas y vos no me harías participe de las tuyas. Cristián siempre confunde todo, él piensa que nosotros tendríamos que ser pareja y, de ser sincera, yo también lo pensé miles de veces. Estuve tentada en besarte, en probar qué sería si nosotros estuviéramos juntos. O sea, el amor no entra por los ojos y yo te conozco y sé que sos una buena persona. Me tratás bien y me hacés reír. Pero sé que si diera ese paso ya no habría vuelta atrás y nosotros desapareceríamos. Cambiaríamos para adaptarnos a un nuevo estilo de amor en el que los cuerpos participan tanto como las mentes.
Diego sintió un torbellino en su cabeza. ¿Estaba ella declarándose? ¿Tenía Cristián razón después de todo? No, no la tenía. Sería hipócrita de su parte pensar así. ¿Acaso él no había tenido pensamientos similares? ¿Acaso no la había visto a ella como el único salvavidas del océano?
—Sí, te entiendo, yo pensé varias veces lo mismo —dijo tras un largo silencio de parte de ambos—. Siempre lo adjudiqué a que me sentía solo y a que vos eras la persona del sexo opuesto con la que
mejor me entiendo. Nunca intenté nada porque pensé que sería utilizarte o algo así.
—Sí, también lo pensé. Pero bueno, somos amigos ¿no? ¿No se supone que tenemos que estar ahí para nosotros? ¿Para hacernos sentir bien en malos momentos?
—¿Qué querés decir?
—No me malinterpretes —sonrió ella sonrojándose—. Siempre pensé que las cosas tendrían que ser así, no entre nosotros, sino entre todos. O sea, somos amigos, ¿no? Yo te quiero y vos me querés. Si yo me siento mal, sola, y vos también, ¿qué hay de malo en que nos demos mutuo consuelo? No digo salir o ser novios, pero no creo que un beso de vez en cuando haga mal. Ni siquiera un revolcón. ¿Me entendés?
—Creo que sí —asintió.
El corazón le latía con mucha fuerza. Graciela movió un poco la cabeza y sintió la moneda apretándose contra su pierna. Ese era el momento idílico para hacerlo. Para probar, para calmar un poco la
soledad en brazos confiables.
Si iba a hacerlo, tenía que ser en ese preciso momento. Era muy tentador. Graciela era una chica linda, siempre lo había sabido, pero muy pocas veces la había visto así, tan radiante. Podía darse el lujo de ver cómo serían las cosas antes de morir.
Agachó un poco la cabeza. Ella lo miraba sin decir nada.
Diego frenó, su movimiento había sido tan lento que apenas se notó. Volvió a enderezarse y sonrió con expresión cansada.
—Me parece que me fui de lengua, ¿no?
—¿Cómo? No, no es eso —respondió Diego.
No era así, el problema no era ella. Era él. Siempre era él. ¿Cómo había sido tan estúpido como para pensar que podía darle un beso? ¿Qué tan egoísta era?
Levantó la cabeza de Graciela con mucho cuidado y se dirigió al baño. Aún no daba crédito a su maldad. Porque besarla hubiera sido un acto de maldad, ninguna otra palabra que conociera podía describirlo mejor. ¿Cómo se le había ocurrido besarla? ¡¿Estaba loco?! Tenía planeado matarse en poco tiempo. ¿Qué clase de acto desesperado era besar a la única mujer a la que había considerado su amiga? Nunca se le habían ocurrido las consecuencias. Ya las había creado y eso no le gustaba, pero si la hubiese besado, esas consecuencias habrían sido peores.
Se imaginó besándola y ella retirando la cara, negándose, arrepentida de todo lo que había dicho. Pensó en cómo se sentiría si luego él se mataba. ¿Se echaría la culpa? Era lo más probable. ¿Y si ella aceptaba? ¿Y si ella siempre había querido eso? Sería peor. Ya que la hubiera besado y luego se habría matado sin despedirse… ¿Cómo la haría sentir eso? Primero darle algo que quería, algo que deseaba, para luego quitárselo sin explicaciones ni nada.
Diego se miró al espejo. Abrió el agua fría y se mojó la cara. Se metió la mano en el bolsillo y sacó la pequeña moneda partida. ¿Qué sentido tenía regalarla? Él ya no tenía amigos, nunca los iba a tener. Era un muerto que aún caminaba entre los vivos para dar un último vistazo. Regalar esa moneda era una idiotez, una cobardía. Volvió a guardarla en el bolsillo y salió del baño.
Graciela estaba parada, mirando parta donde él estaba. Se la veía preocupada.
—Escuchame. Yo no quería, no quiero que malinterpretes todo lo que dije. No digo que vengas y me beses o que aceptes mis besos ni nada de eso. Solo daba mi punto de vista de cómo debe ser una verdadera amistad. Con Cristián lo hablo todo el tiempo.
—Sí, no te hagas drama. No te preocupes —sonrió él—. Yo también lo creo así. Más o menos. Creo que todos tendrían que hacerlo. Pero ¿realmente creés que podrías vivir así? ¿Pensás que las personas pueden realmente conectarse tanto como para llegar a esos extremos?
—Supongo que no.
—Estoy seguro de que sería divertido, ya te dije que yo también lo pensé mil veces, pero el que nos hayamos aguantado demuestra cuánto nos queremos, así que no hay por qué preocuparse.
—¿Seguro?
—Claro, aunque a Cristián le va a dar un infarto cuando le diga que te tiraste un lance conmigo y te reboté de lleno —se burló Diego.
—Te aseguro que cuando escuche mi versión vas a quedar como un pobre diablo —amenazó ella en broma.
—No tengo miedo, él ya lo piensa sin que le contés nada de esto.
—Punto a tu favor —rió ella y lo abrazó.
—En serio, si le decimos esto se muere —rió Diego.
—Lo sé, por eso creo que debemos decírselo —respondió ella en voz baja y cargada de maldad.
—¿Te imaginás lo que podría pasar si el mundo funcionara como vos decís? Cristián estaría como loco.
—No me lo podría quitar de encima.
—Eso no me preocuparía —dijo él—. Lo que me aterra es que yo tampoco me lo podría sacar de encima. Después de todo, también somos amigos.
Graciela se empezó a reír con ganas. Toda la incomodidad, todos los nervios habían desaparecido. Eran ellos, como siempre lo fueron. Como siempre lo serían.
—Bueno, me voy a mi casa.
—¿Ya? Tengo un par de películas que alquiló Natalia.
—No, está bien, quiero ir a mi casa a leer un rato.
—¡¿A leer?! Ahora si estoy preocupada… ¡y ofendida! —respondió con asombro.
—Quiero leer un libro que me regalaron hace ya unos años y hoy estuve pensando en él casi todo el tiempo. Tengo que buscarlo y leerlo.
—Como gustes —dijo Graciela torciendo la boca—. Llamame, no te pierdas.
—Vas a tener que bajar a abrirme, así que todavía no te despidas.
—Uh loco, ¡qué hincha!
Bajaron los cinco pisos por escalera, sin apuro y casi sin hablar. Una vez abajo, se dieron un beso de despedida, un beso común, un simple choque de mejillas. Él dijo alguna tontería y ella respondió con otra. Diego se alejó pensando en que nunca volvería a verla. No se sintió mal, se sentía contento. No había sido mala idea visitarla, despedirse. Se dirigió a su casa caminado una vez más. Sentía las piernas cansadas pero no le importaba. El mp3 ayudaba a pasar el tiempo de manera más rápida. Llegó hasta la cuadra que tanto conocía e hizo los metros que lo separaban de su edificio. Sintió ganas de saltar para treparse en una rama baja del único árbol del lugar. Lo hizo. Un vecino lo miró con gesto de reproche. Diego lo ignoró.
La corteza del árbol le raspó la mano, se soltó. Entró en el edificio. Quería encontrar el libro, leerlo y después se iba a matar. Nada más simple.
Llegó a su departamento. Prendió las luces. Nadie había robado. Sonrió. Aún el lugar olía a vino, no le importó. Encontrar el libro fue sencillo, no tenía muchos y los guardaba todos en el mismo lugar. Lo abrió y comenzó a leer. Encontró en el autor cosas que lo hicieron pensar mucho, pero nunca dudar. Leyó
el poema que había recordado esa mañana. Lo releyó más de tres veces, acostado en la cama. Estaba seguro de que lo estaba malinterpretando, pero ¿importaba eso? Las horas pasaban.
En algún momento se quedó dormido sin darse cuenta, agotado. No tuvo sueños especiales ni raros. Al despertar, sabía que en el baño lo esperaba su destino. Ya no había vuelta atrás. Se levantó dejando el libro a un lado. Pensó en si era conveniente escribir algo. Dar una explicación de sus razones. No lo hizo. No había nadie a quien explicar nada. Estaba solo, siempre lo había estado. En ese momento lo veía más claro que nunca.
No fue inmediatamente al baño. Primero decidió salir a dar una vuelta, la última. Muy en su interior sabía que estaba posponiendo lo inevitable. Pero sabía también que tenía el coraje de hacerlo y también la cobardía.
Al regresar planeaba llenar la bañera con agua caliente. En las películas lo hacían. Después se iba a meter con la hoja de afeitar en la mano. Lo difícil iba a ser el corte: tenía que ser profundo, muy profundo. Cortar piel y las venas. Lo mejor iba a ser hacerse dos, en forma de cruz, para que la herida no cerrara y no
parara de sangrar. Lo iba a resolver a su debido tiempo. Salió de su departamento, cerró bien la puerta, no quería que nadie se metiera en él. Ni a robar ni a nada.
¿Cuánto tardarían en encontrarlo? ¿Cuánto tiempo tardarían en preocuparse lo suficiente como para forzar su puerta y encontrarlo muerto? ¿Cómo iba a estar? Sintió un escalofrío.
Salió al aire de la mañana y lo disfrutó. Dobló a la izquierda, rumbo a la avenida con el plan de caminar unas cuadras y regresar. No llevaba el reproductor de música pero no le importó. Dudaba poder prestar atención a nada. Sus pensamientos sonaban con tanta intensidad que incluso estuvo a punto de ser atropellado y no se enteró. Mientras caminaba se puso las manos en los bolsillos y encontró la moneda. Le pareció tan insignificante y carente de sentido que la tiró en el primer tacho de basura que encontró.
Llevaba casi diez cuadras cuando decidió regresar. La decisión ya estaba hecha. Iba a terminar con todo de una vez. Basta de tanta soledad, de tantos pensamientos que lo hacían sentir mal. Por fin iba a poder olvidar.
Sin darse cuenta empezó a caminar más rápido de lo que venía haciéndolo.
Caminó con paso seguro a lo que sería su muerte.


