Pancitos
La mañana de mierda está fresca, siempre lo está. Ya no importa cuánta ropa use, siempre hace frío. ¿Ropas? ¿A qué llamo ropas? ¿A estos harapos que me cubren?
No, no puedo llamar ropa a esto. Es un disfraz, es un traje de hombre invisible, de fantasma. Nadie parece verme, y aquellos que lo hacen, simulan no hacerlo. Todos tienen sus malditas vidas, ¿por qué se fijarían en la de un estorbo como yo? La vida es demasiado simple cuando uno no es parte de ella. No tengo una puta casa ni un puto trabajo. ¡Qué va! Ni siquiera tengo un maldito perro que me haga compañía. Soy un animal, dejé de ser humano cuando perdí mi estatus. No puedo ser un humano, los humanos comen todos los días, los humanos piensan en cosas banales. En cambio yo no, yo solo tengo tiempo para buscar algún pedazo de misericordia para poder llevarme cualquier cosa a la boca.
Dios bendiga a la señora que todas las mañanas me da unos pesos. Sin ella no tendría ni un puto pan. Aunque de vez en cuando no es pan lo que me compro, sino vino. ¡Dios! ¡Cómo extraño el sabor de los cigarros! Los jóvenes de mierda no me convidan, son unos engreídos. Espero que nunca lleguen adonde llegué yo. Que no sepan lo que es sentir el humo ajeno, que no sepan lo que es ser un adicto que ni siquiera puede robar para mantener su puta adicción.
Lo mejor es pasar por las paradas de los colectivos, siempre hay algún ansioso que enciende un cigarro y lo tira casi completo cuando el colectivo se acerca. Así vivo, acostumbrado a la mierda. Como un animal que solo sobrevive al mundo que le tocó. Mi gran problema es no tener depredadores que me acosen, claro, excepto el hambre y el cansancio. Pero esos no son depredadores, son torturadores.
Tal vez debería irme a la mierda. Subirme a uno de esos colectivos y alejarme tanto como pueda de este puto barrio. El otro lo hizo, agarró esa bicicleta que tenía y un buen día me dijo adiós y se fue sin más. Nunca regresó. ¡Ni siquiera sabía su nombre! Pero no lo hago, no lo voy a hacer, ¿para qué? Si todo el país es igual. Si las almas no habitan ya en los cuerpos. Todo el puto planeta se está yendo al carajo.
Todavía es temprano. La buena señora aún no va a pasar. Tengo tiempo de revisar algunas basuras. De hurgar en los desperdicios ajenos para nutrir a mi viejo cuerpo con cosas que, de seguro, enfermarían a la mayoría. Sí, la pobreza me ha hecho desarrollar un cuerpo fuerte, muy resistente a las bacterias y esas cosas. Maldita sea la suerte de los pobres, que ni siquiera podemos enfermar y morir tranquilos. Ahí está el tacho, ¿qué habrá hoy dentro? ¿Alguna pieza de pan un poco verde? ¿Alguna golosina que algún crío no terminó? ¿Alguna botella rota que me desgarre la piel de los dedos?
Veo mi mano desaparecer en el agujero. Sería más fácil abrir el fondo y revisar todo en el suelo. Pero sé que eso levantaría quejas en mi contra, y no quiero más problemas de los que ya tengo. Toco algo de papel, por la textura debe ser alguna hoja de cuaderno o algo parecido, dudo que envuelva algún tipo de alimento. Tal vez es solo un volante. ¿Qué es eso? Siento el frío metal, la forma circular. ¿Una moneda? No, las monedas no tienen pequeñas argollas incrustadas. ¿Algún tipo de colgante? ¡¡Maldición!! ¡¿Dónde carajo cayó?! ¡Sí! ¡Lo tengo!
Abro la mano y logro verla. Es una moneda después de todo. No común ni en vigencia. Es una moneda de la amistad. Las conozco, al menos lo hice en aquellos años en los que era un humano, en donde la gente no temía frenar para preguntarme la hora o si conocía una calle. Bueno, llevo ya mucho tiempo sin reloj, es curioso pero es algo que no extraño. Recuerdo los primeros días –¡Dios, que difíciles que fueron!–, recuerdo cuando vendí el puto reloj para comprarme un sándwich y poder beber una cerveza. Vivir fuera del tiempo casi llegó a volverme loco. Solo distinguía lo más obvio: cuando era temprano de mañana, cuando era el mediodía, la tarde y la noche. El cielo ayudaba en esos horarios. Pero el no saber por las agujas que el tiempo seguía pasando era una asquerosa pesadilla. Parecía que iba a vivir eternamente un día. La desesperación de no saber si el hambre que me formaba dolorosos nudos en el estómago la tenía desde hacía horas o solo algunos minutos.
Pero me acostumbré, como a todo. Fue difícil, todavía lo es. No puedo evitar recordar las noches en las que cenaba dentro de una casa, en las que podía prender el televisor y matar el tiempo hasta que el sueño me invadía. ¡Y pensar que me quejaba! Pensar que creía llevar una vida dura por el hecho de levantarme temprano y enfrentarme siempre a esos malditos chicos a los que tan poco les interesaba la historia… ¿Quién sabe? Tal vez esos mocosos no estaban equivocados. Ignorar la historia era arriesgarse a cometer los mismos errores del pasado. Sin duda era verdad, pero… ¿a mí de qué me sirve eso ahora? ¿Qué carajo puedo hacer yo sabiendo todos los detalles de la batalla del Paraguay? Supongo que la historia debería ser estudiada solo por aquellos cuyos cargos en el país pueden influir en su futuro. ¿Qué clase de utilidad tiene para un plomero saber las causas de la Guerra Fría?
Mierda, una moneda de la amistad. Nunca tuve una, jamás. Ni entera ni partida. ¿Por qué será? Tuve amigos. Al menos eso creía. No recuerdo si cuando era pequeño estas cosas de mierda ya existían, de grande no suelen darse este tipo de regalos. ¿O sí? Como si realmente importara.
Amigos y una mierda. Si hubiera tenido amigos no estaría en la puta calle revisando basura. Si hubiera tenido amigos no me hubiera metido en el maldito juego. ¡Que se vayan todos a la mierda! Nunca conocí la amistad mientras tenía vida. Tal vez después sí. El pobre perro que me adoptó fue un amigo, uno verdadero. Me aceptó sin importar nada. Cuando no había comida no la pedía, cuando había la aceptaba. Nunca me dejó para ir por su cuenta, se quedó siempre a mi lado sin importar la miseria. Aún deseo la muerte del bastardo hijo de puta que estaba tras el volante. Pobre perro, fue lo último que lloré. Estaba enfermo y se veía realmente mal. Le faltaba el pelo en varias partes y costras sarnosas le cubrían la piel. Un extraño bulto le salía justo por encima de donde empezaba la cola. Algún tumor sin duda. Tal vez la muerte fue algo bueno para él. Tal vez en el Cielo decidieron que ya había sufrido más de lo que merecía. Ahora que lo pienso, fue cuando atropellaron al perro que la señora comenzó a darme plata cada vez que pasaba. ¿Sentiría pena?
Mejor me voy para la panadería, la señora ya tiene que estar por pasar y no quiero perderme su limosna.
Maldita sea la vida. Maldita sea la vida que me hizo apostador de perdedores. Yo era alguien y pude seguir siéndolo, sin duda así es. Pero esa manía de apostar. Caballos, perros, cartas, quiniela, ruleta… azar. Todo era una mesa de juego. Acá estoy, convertido en una escoria humana que solo sirve para que aquellos que tienen más de dos monedas en el bolsillo se sientan bien con ellos mismos por deshacerse de una, por colaborar en mi lenta muerte.
¿Qué carajo me pasa? ¿Por qué mierda pierdo mi tiempo pensando este tipo de cosas? ¿De qué carajo me sirve? Es la puta moneda, estoy seguro. Este pedazo de metal me está haciendo pensar más de lo que debería. ¿Y por qué? ¿Qué carajo tiene que ver esta moneda conmigo como para hacerme pensar así? Yo quedé exento en lo que a amistad se refiere. Yo perdí todo lo que tenía y lo que era cuando el malnacido caballo llegó tercero. No sé aún si, en esa época, era solo ingenuo o si realmente era un idiota. Estaba endeudado hasta la maceta y pretendía saldar las deudas jugando el dinero de los pagos.
¿Qué tiene que ver la amistad con un tipo como yo? Estoy lejos de lo que llamé hogar tanto tiempo atrás. Nunca volvería, temo que aún haya quienes puedan reconocerme. En este nuevo infierno no conozco a nadie, al menos no ahora. Estuvo el perro y el otro como yo. El que se fue. ¿Qué tiene que ver la amistad conmigo?
¿Qué sabe un perro de amistad? El pobre bicho estaba conmigo por bueno, no por amigo. El otro, el viejo, me dio charla, me dio consejos y se fue. Ni su nombre supe, pero fue casi como volver a ser humano, volver a ser alguien, no sentirme solo un pedazo de mierda que la gente mira con desagrado pero que no levanta, que espera que otro se haga cargo de recoger.
Podría darle la mitad de esta moneda a la señora que me da la guita para el pan. No es una mala idea. De seguro lo va a considerar un gesto de agradecimiento. Tal vez comience a darme más plata. Casi puedo apostar que así sería.
¡No! Eso sería demasiado peligroso… ¿Y si piensa que pretendo cortejarla? ¿Si pregunta de dónde la saqué? ¿Si se enoja por pensar que lo que ella me da no lo uso para comer algo sino para comprar boludeces?
Mejor dejar las cosas como están. Al menos por ahora. La moneda puede permanecer por siempre perdida entre mis baratijas, junto con el viejo peine y las chapitas de gaseosa.
La esquina me espera y aumenta la indignación de aquellos que poseen un hogar con otro techo que el de las estrellas. Tienen razón y no lo dudo. Soy escoria, y lo único que hago es devaluar el precio de sus propiedades. Soy eso que les recuerda que el mundo no es perfecto. Soy aquello que les dice que sus problemas no son tan graves, que hay cosas peores. Tal vez sea el ejemplo hacia el que apuntan los dedos cuando se advierte a los niños. Eso es divertido, me imagino a las madres diciendo a los niños cosas como: “si no comés todo, el viejo harapiento te va a llevar”. O a los padres a sus hijos: “Si no estudiás, vas a terminar como el vago de la esquina”. Es probable que solo sean conjeturas, pero he visto a niños mirarme con miedo, con un miedo inducido sin duda.
El aire se filtra por los descosidos de mis pantalones, tengo un poco de frío, pero estoy acostumbrado. Casi tanto que ni lo noto, pero allí está. Ahí está el verdulero. Él sabe la verdad, sabe que no soy más un humano y me mira peor de lo que miraba a mi perro. ¿Qué puedo yo recriminarle? El muy malnacido ha de estar en su derecho. Si Dios permite la pobreza es para que los ricos sean más felices, ¿no?
Estoy seguro de que la señora ya debe de estar por llegar. Tiene una rutina. ¡Mierda, si hasta yo tengo una! Veo la avenida desde acá, ahí pasan todos los colectivos, y por esa avenida enfiló el otro en la bicicleta. ¿Hace cuánto ya? No deja de ser intrigante, ¿qué habrá sido de ese hombre? Las posibilidades son tantas y la que me convence, es tan solo una. Puedo darme el lujo de creer que el tipo consiguió un lugar mejor, que está en algún asilo o algo así. Que consiguió un trabajo juntando botellas o latas. No sé, las posibilidades son tantas…
Sí, son muchas. Sin embargo, mientras más lo pienso, ese maldito pensamiento vuelve a filtrarse una y otra vez dejándome en este agujero. Nunca volvió porque descubrió en carne propia que toda la maldita ciudad está igual de podrida. La vida es miserable en todos lados y gastar otra moneda no vale la pena. Toda la cordura que me queda me dice que es así… ¿o es mi locura? No importa, no volvió porque el infierno es caluroso en cualquiera de sus nueve niveles. Pero… si realmente no regresó por haber encontrado algo mejor, o algo no tan malo. ¿Es posible?
Ahí está. La señora se acerca. Sus ojos destellan piedad, lástima y demás sentimientos que nos hacen sentir tan bien cuando los sentimos por otros. Sonrío, tengo que hacerlo. Doy las gracias, tengo que hacerlo. Se aleja alegre de su propia bondad; si dependiera de mí haría que la canonicen. Nunca creí en santos y uno más me da lo mismo. ¿Quién lo diría? Hoy ya tengo unas monedas. Y la moneda partida.
¿Por qué no puedo dejar de pensar en el otro linyera? Es esta maldita moneda, tendría que tirarla lo más lejos posible y continuar con mi vida. Con mi supervivencia. ¡No puedo seguir apostando! No puedo… no debo.
Me pregunto si con una moneda de un peso se puede viajar en colectivo. ¿Habrá aumentado tanto? Un peso, un pan, según el almacenero. ¿Un peso, un viaje? Los colectivos siguen pasando, insensibles ante todo. El pan espera ser comprado, mi estómago espera su ración diaria. Apenas cinco pesos. No puedo esperar un día, si no hago una de las dos cosas voy a morir. No puedo tener dinero. Tengo que comer o que vivir. Un par de panes o viajar hasta lo desconocido. Hasta acá he llegado. Ya no hay esperanzas, no hay milagros en esta vida. No más que aquellos que la misma gente crea. Sé que la buena señora que me dio estas monedas ya ni debe saber que existo, no lo sabrá hasta que mañana me vea sentado, esperándola. También se acordaría si no me viera, se preguntaría por mí. ¿Pero por cuánto tiempo? ¿Hasta que alguien le diga que me vio subir a un colectivo o hasta que encuentre otro lugar en donde depositar su piedad?
¿Qué puedo perder? ¿Estos poquitos pesos, un par de panes? ¿Qué más da? De todos modos ya estoy muriendo, ¿qué más da si acelero un poco las cosas o si las retraso?
Cinco mangos. ¿Debo largar todos los miedos y hacer mi última apuesta? ¿Debo olvidar mi falsa seguridad de la pequeña ayuda diaria y partir hacia lo desconocido como el otro, como mi amigo?
La avenida parece tan cercana y tan, pero tan larga, que la esperanza parece ser su único fin. Comer o apostar contra el destino…


