LQ TAPA PARA ANTOLOGÍA CUATRO JINETES

Bailando en una pequeña habitación

Estaban en una habitación pequeña. Se conocían hacía solo veinte minutos y, sin embargo, ya se amaban con toda las fuerzas vitales que quedaban en sus cuerpos delgados y pálidos.

Fuera de la casa derruida más bombas caían del cielo, amenazando con acabar con sus existencias de un soplo. Y ahí estaban, abrazados, y cada detonación era una nota musical, un tañido de campana anunciando nuevas nupcias.

Eran dos enamorados que dominaban el mundo mientras éste se hacía pedazos a su alrededor.

Una gran porción del techo cayó llenando de escombros la mitad del ya reducido espacio. El cielo que se lograba entrever por el hueco era gris, lleno de las cenizas de todos los cuerpos que habían sido incinerados.

—Sabés, nunca pude ver el mar —dijo ella, mientras le sonreía a su amado.

—Mirá el cielo, mirá sus nubes mutables, movedizas, y decí que son olas. Mirá su imperturbable quietud y pensá que es un lago, un lago gigante… Eso es el mar.

—¿En serio?

—¿Podés verlo?

—Lo veo al oír tus palabras.

—Entonces, ese será hoy y siempre nuestro mar. Y serán las cenizas amargas y el hollín, la arena en la que nos revolquemos —dijo él, sosteniéndola entre sus brazos.

Una bomba cayó próxima a ellos y una de las paredes estalló, apedreándolos como si acusaran al amor que se profesaban como una herejía en medio de la guerra que se libraba.

Ella acarició con ternura su frente y le limpió la sangre. Él intentó acomodarse, pero una de sus piernas estaba presa bajo un bloque de pared. Sus huesos estaban rotos, deshechos. Sangraba, se debilitaba a cada segundo, pero continuaba sonriendo, encontrando paz en los ojos negros de la mujer con la que había chocado en la calle, escapando de los camiones de soldados.

—Te amo —le dijo.

—Y yo —respondió ella.

Unieron sus labios secos y resquebrajados por la sed en un hermoso beso.

—¿Escuchás la música? —preguntó ella.

—Sí, la escucho —respondió él, cuyo sentido del oído había perdido la mitad de su capacidad horas atrás, dejándole un incesante pitido. Pero no mentía, había música y él la escucharía siempre que ella dijese que seguía sonando.

—Me gustaría que bailáramos.

—Podemos bailar —dijo él.

Ella miró a su alrededor. Una de las paredes y gran parte del techo habían desaparecido, el suelo estaba prácticamente cubierto por grandes cascotes y restos de tejas. La pierna de su amado estaba atrapada y ella tenía un corte profundo en un tobillo. Lo miró a él y asintió. Sabía que podían bailar allí. Más allá de las paredes tenían espacio de sobra.

Unieron sus manos y se las acariciaron mutuamente siguiendo el ritmo de una música que nadie más que ellos pudo escuchar mientras las bombas caían y borraban del mapa la pequeña vivienda.

Las manos continuaron unidas y sus movimientos fueron un vals casi poético. Ambos veían la gran pista de baile y la orquesta a su alrededor obsequiando los compases. Bailaban en un escenario de negrura infinita y se elevaban a cada paso por sobre el mundo conocido.

Entre la pila de escombros surgían dos manos lastimadas, unidas en un roce que hasta una brisa podría deshacer. Un par de dedos sangraban juntos formando un solo charco, en el que bailaban dos almas que estarían unidas por siempre, más allá de la música que sonara, de las bombas que cayeran y de los tanques que las pisaran.

Misiles silbaron y aterrizaron en el lugar, más camiones pasaron y descargaron sus municiones en esos espectros de gris que corrían buscando refugio en las calles. Un pie descalzo, medio gris y medio blanco, pisó el cráter donde antes hubo una casa y continuó corriendo, desesperado, sin comprender que la vida era más que solo respirar.

El hombre se alejó del lugar sin ver dónde se apoyaban sus pies, sin ver a dónde iba. Tropezó con una mujer de ojos negros y se tomaron de las manos. Una bomba explotó obligándolos a cambiar de dirección y terminaron entrando a una casa derruida que aún permanecía en pie.

Estaban en una habitación pequeña…

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Imagen generada por Dall-E

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