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La sombra de las sombras

El atardecer era perfecto, el sol caía lento y ya podían verse las primeras estrellas brillando tímidas en el cielo despejado.

La temperatura era agradable y la brisa revolvía tu pelo; el pasto tupido y brillante se extendía en todas direcciones hasta donde alcanzaba la vista, interrumpido solo por grandes árboles de las frutas más exóticas.

Nuestro primer beso fue bendecido por una estrella fugaz que nació en un rincón del mundo y terminó muriendo en el otro. Todo era demasiado perfecto, pero como dice el dicho: “Todo lo bueno…”

Justo por encima de nuestras cabezas una nube negra, como un agujero en el cielo, empezó a extenderse hacia los cuatro puntos cardinales sumiendo todo en una oscura frialdad. Al quedar bajo la sombra, los pastos se marchitaron y los árboles se resecaron hasta morir.

En el medio de la oscuridad nuestros brazos se separaron y no volví a encontrarte; el miedo se clavó como una flecha envenenada en mi corazón. Preso del terror, sentí como la razón se me escapaba como el agua entre las manos.

En la lejanía… ¿o cercanía?, un aullido cubrió todos los sonidos del mundo y se instaló en mi cabeza por toda la eternidad.

Ahogando un alarido desperté en mi habitación, un sudor frío me hizo tiritar a pesar de ser una noche de verano.

Poco a poco entré en razón y me di cuenta de que acababa de despertar de lo que creí, iluso, mi peor pesadilla, pero eso no fue lo único que noté. Sin importar donde mirara no lograba ver nada, ni siquiera mi mano frente a los ojos.

La oscuridad era absoluta… o eso cría. Durante un instante consideré la posibilidad de que la pesadilla aún continuaba y que no me había despertado, pero todo era demasiado real, la sensación de las sábanas húmedas bajo mi cuerpo, la almohada arrugada entre mis manos y lo más real de todo era el miedo que estaba experimentando. Basándome únicamente en el tacto comencé a buscar el control remoto de la televisión o el interruptor del velador de la mesa de luz que se encontraba en la parte derecha de mi cama, pero por miedo o nervios, no pude encontrar ninguno de los dos.

Abatido volví a recostarme con la esperanza de dormirme y olvidar todo por la mañana, pero antes de cerrar los ojos logre divisar durante una fracción de segundo, y pese a lo imposible que suene, una sombra aún más oscura que la misma oscuridad que no me dejaba ver mis propias manos.

Aunque al principio me pareció una ilusión, al forzar un poco la vista la vi más claramente. En donde estaría el rincón de la habitación, a unos dos metros y medio de mi cama, estaba la sombra inmóvil, ¿observándome?

El efecto de aquella sombra era algo hipnótico, era tan negra que en comparación, el resto de la oscuridad parecía clara.

La sombra debía de medir poco más de dos metros y mientras más la miraba más definida la veía. No sé cuánto tiempo estuve mirándola, pues cuando uno es presa del terror el tiempo deja de existir o de tener sentido, y un segundo puede parecer una hora y un minuto puede durar un parpadeo.

El último dejo de esperanza que me quedaba me decía que la luz se había cortado en el barrio, que mi persiana estaba baja impidiendo la entrada de la claridad de la luna y que la sombra era algún abrigo colgado torpemente en la puerta del armario que había en ese rincón, pero eso no tranquilizó mi miedo.

Durante otro tiempo eterno seguí observando a la sombra de las sombras. Casi sin notarlo, lo que antes era una oscura presencia, poco a poco fue adquiriendo una figura más clara y concisa… La forma de la muerte. Pude notar la apariencia casi humana a la perfección, ver sus piernas macizas que nacían de un torso en forma de “V”. De él salían hacia cada lado brazos largos que le llegaban hasta las rodillas. La cabeza era pequeña y nacía directamente del torso, no se lograba ver cuello alguno.

La figura era infernal, amenazante, y me provocaba mareos de solo mirarla; algo negro rodeado de negro y aun así tan fácil de ver.  Pero no importaba el miedo que sintiera, nada me habría preparado para lo que vi después. En el lugar en donde estaría la cabeza se encendieron dos pequeñas luces azul opaco y poco a poco se empezaron a teñir del color de la sangre, cobrando un aspecto demoníaco más aterrador.

Pese a que los ojos brillaban con timidez, la oscuridad que los rodeaba no dejaba ver ningún otro rasgo del rostro de la bestia; despacio, por debajo de esos ojos comenzó a crecer algo parecido a un cuarto de luna.

Pude deducir debido a la posición de aquella forma fantasmal que se trataba de su escalofriante sonrisa. Brillando con la misma intensidad de los ojos, los dientes de la bestia se abrían paso a través de la negrura reinante para entrar por mis retinas y hacerme vivir el miedo que podría sentir un pecador si se diera cuenta de que todo el asunto del infierno no es sólo un invento de la religión.

Mi cerebro empezó a funcionar a mil revoluciones por segundo y mi corazón al doble. Gotas de sudor helado comenzaron a empaparme el cuerpo y los músculos de mi rostro se contorsionaron dando forma a la mueca de pánico más pura.

Una sucesión de imágenes de mi familia y amigos más queridos comenzaron a dominar mi mente. Una vieja canción apareció como fondo de aquellas imágenes que parecían flashes frenéticos dentro de mi cerebro; las fotos fueron reemplazadas por pequeños fragmentos de mi vida, tal vez demasiada corta, mientras un extraño cosquilleo empezaba a recorrer uno de mis brazos. Todo daba vueltas sin parar dentro de mi cabeza. De repente cesó, con un punzante dolor en mi pecho y el aullido del lobo del sueño en mi cabeza… El alarido de la muerte.

Mónica se levantó rápidamente de su cama cuando escuchó un grito ahogado proveniente de la habitación de su hijo, enfermo de una extraña fiebre. Una vez de pie y con la bata puesta intentó prender la luz pero recordó que se había cortado veinte minutos después de acostarlo.

Usando sus manos para tantear las paredes y no tropezar, atravesó el pasillo que unía las habitaciones y abrió la puerta del cuarto. Dentro reinaba la oscuridad, pero acostumbrada a su casa se abrió camino entre las cosas que Sebastián tenía en el suelo. Al llegar a la ventana, abrió la persiana para que entrara la luz que la luna podría brindarle, pero estaba escondida entre los nubarrones que presagiaban la tormenta.  Con la habitación totalmente a oscuras llegó hasta la cama en la que reposaba el cuerpo de su hijo. Mientras apoyaba las manos en las sabanas empapadas de sudor la luna se abrió camino entre dos nubes y baño con una luz lánguida el rostro muerto en una mueca de espanto de su hijo adolescente.

Al ver la palidez del rostro de Sebastián, Mónica echó a gritar desesperada. Corrió a ciegas para llamar a la ambulancia a sabiendas de que era demasiado tarde.

Haciendo acopio de un gran valor, volvió a entrar al lecho de su hijo y sin soportar la expresión de su rostro lo tapó con la manta negra que estaba en la puerta del armario.

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2 comentarios

    1. Gracias. Es de los primeros relatos que escribí en mi adolescencia… Con todas las variaciones que uno le va dando al crecer, claro XD

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