Olvido
¿Cuánto? ¿Cuánto tiempo tarda un recuerdo en desaparecer? ¿Cuánto tardan los anticuerpos del alma en vencer a una enfermedad que la está destrozando? No podía olvidar el rostro de ese hombre. Habían sido tres, pero sólo recordaba uno de ellos, el del que sonreía.
Habían pasado años y ya no la miraban con esas odiosas expresiones de piedad. Pero ella continuaba igual, no podía avanzar. No podía salir sola durante la noche ni acercarse a un desconocido sin que su corazón acelerara el ritmo.
¿Cómo olvidar? Si cada noche volvía a verlo. Lo veía tan cerca, demasiado. Recordaba su aliento alcohólico y su sonrisa burlona y satisfecha. Recordaba las dos pecas sobre su ceja derecha, recordaba el aro plateado que tenía en la oreja izquierda. Recordaba todo, cada poro de su asquerosa cara.
Se paró frente al espejo de cuerpo entero y se desnudó. Había adelgazado seis kilos y todo el mundo le decía que estaba más hermosa que nunca. Ella sabía que para entrar en el estándar de chica delgada y bonita todavía le faltaban unos kilos más. Pero no le importaba, no había querido perder los que ya había bajado, simplemente pasó, producto de su mala alimentación y de la ansiedad.
Daba lo mismo. Ser linda o ser fea. Ser flaca o gorda. Sin importar como fuera, siempre ese rostro la seguiría. Giró un poco y vio la cicatriz en su cintura, pequeña, casi imperceptible, pero eterna sin embargo. Una lágrima acarició su mejilla.
Se dirigió al baño cubriéndose con una toalla y abrió el agua caliente de la ducha. Esperó a que la temperatura fuese de su gusto, dejó la toalla a un costado y entró. La calidez del agua la bendijo. Dejó que la tranquilizara. Pasó unos diez minutos sin moverse, sumergida en el olvido que tanto anhelaba.
Consciente del tiempo y de que otras personas iban a querer entrar en el baño tarde o temprano, se apresuró. Tomó el jabón y comenzó a limpiarse. Odiaba hacerlo. Cada segundo en que el jabón resbalaba por su cuerpo volvía a sentir aquellas manos sucias sobre ella. Mientras más se enjabonaba, más asqueada se sentía. Una imperiosa necesidad de frotarse todo el cuerpo hasta que esa sensación desapareciese la dominaba y terminaba comportándose como una desquiciada, sin sentido porque la sensación de seguir sucia seguía sin importar el empeño que pusiera.
Unas cuantas lágrimas se camuflaron con las gotas de la ducha. Agua dulce y agua salada.
Se lavó la cabeza lo más rápido que pudo y comenzó a secarse. Pasó una parte de la toalla por el espejo para desempañarlo y se observó. Sus grandes ojeras, su palidez. Abrió el botiquín y vio las pastillas que utilizaban sus padres y los repuestos de la máquina de afeitar. No, no lo volvería a intentar. No pasaría otra vez por lo mismo.
Regresó a su habitación cubierta con la toalla. Volvió frente al espejo. Volvió a recordar y a llorar. Estaba cansada, demasiado cansada. No era justo, ella no había hecho nada para merecer eso.
Se preguntó por enésima vez que hubiese pasado si esos hombres hubiesen cumplido su objetivo. Si hubiesen llegado a violarla. ¿Estaría peor? ¿Estaría igual? ¿Hubiese intentado suicidarse de otra forma más efectiva, sin importar la posibilidad de un dolor mayor? Las preguntas eran tantas, siempre demasiadas.
Se vistió sin apuro y bajó las escaleras. Se despidió de su madre y salió a la calle. Había aprendido a soportar el vértigo de hacerlo. Siempre y cuando no fuese de noche. Cada persona que pasaba cerca tenía el rostro de sus pesadillas. Todas y cada una. Se sentía aterrada.
La sensación de impotencia que había sentido mientras los tres hombres la manejaban a su antojo había sido terrible. No había podido hacer nada. Por más que había intentado retorcerse y librarse de las calurosas manos de sus atacantes, no había logrado nada, excepto que la golpearan.
Llegó a su escuela y pasó el día intentando ser tan común como las demás. Cada vez que un chico se le acercaba enloquecía, pero lo soportaba. Prefería estar con sus amigas, con ellas no sentía tanto miedo.
Regresó a su casa recordando como siempre. Viendo la cara de su agresor una y otra vez en cada persona con la que se cruzaba.
Quizá el olvido no existía. Tal vez lo único que le quedaba era engañarse al igual que engañaba a los demás. Un amigo le había dicho una vez: “El autoconvencimiento ha generado más sonrisas que la felicidad misma”. ¿Sería verdad? ¿Su vida terminaría reducida a una felicidad social tan vacía como una tumba recién cavada? Si lograba seguir manteniendo el ritmo que llevaba, si lograba convencer a los demás de que ya todo había pasado, ¿podría terminar por convencerse ella también?
Como siempre, preguntas. Decidió no buscar su esperanza en el filo contra sus venas, decidió poner su esperanza en el olvido. Por el momento no había logrado nada. No para ella al menos. Su madre había dejado de mandarla al psicólogo y su padre ya no se mostraba tan preocupado cuando ella salía. Le costaba mantener esa ilusión, pero si la mantenía por el tiempo suficiente…

Fin

