Todos Hablaban de Fútbol
Tengo casi sesenta años, un poco de sobrepeso y cada vez que como una hamburguesa con cheddar y panceta –bacon para el idioma de hoy— espero que me fulmine de un infarto.
Antes de dedicarme a la seguridad privada, fui policía. Aunque me recibí con honores, nunca pasé de ser un agente del montón. La verdad es que el trabajo de calle me gustaba. Mientras otros puteaban a Dios y a María Santísima cada vez que llovía, yo tomaba esos turnos con buen humor. Puteaba igual para que no me tildaran de loco, eso sí. En la calle me sentía bien, libre.
Allá por los noventa, siendo demasiado joven todavía, dije que iba a retirarme. No es que el trabajo fuera demasiado exigente, pero había conocido a una mujer hermosa que pasó a ser mi mundo entero. Me casé al poco tiempo y aunque todos dijeron que fue porque ella estaba embarazada, la verdad es que nos enteramos que íbamos a ser padres después de decidir casarnos. Contando todo el tiempo que pasábamos entregados al placer, nos llevó bastante. No nos faltaba plata, nuestras familias se habían portado muy bien con nuestra unión y ella tenía un buen trabajo. Además, vivíamos en el sueño del uno a uno.
Claudia, nuestra beba, llegó al mundo con pulmones de acero. Empezó a gatear, a caminar, habló, corrió, empezó a usar el inodoro y yo seguía siendo policía con la excusa de ahorrar lo suficiente como para evitar cualquier momento difícil. Claro que con una niña en brazos, ahorrar era imposible. Nunca fui bueno con la guita, para que mentir. En esos años nos compramos el coche, la tele y hasta cambiamos de departamento gracias a un poco de ayuda de mis suegros.
A finales de los noventa, antes de la crisis económica, el corralito y toda esa mierda, fue la segunda vez que me dije que iba a mandar todo al carajo y retirarme.
Fue en el noventa y ocho, en pleno mundial. La gente andaba morfándose las uñas por el partido que nos tocaba en los octavos contra Inglaterra, que aparte de Brasil, es uno de esos equipos a los que ganarles nos significaba mucho más que un imple “pasar a cuartos”.
Así que mientras todos se dedicaban a hablar de fútbol en la tele, en las radios, en los diarios, en el laburo, en los bares, en las calles y no me extrañaría que hasta en el psicólogo, a mí me tocó matar a un pendejo de diecisiete años que tras robar un coche y atropellar a una mujer, empezó un tiroteo. El ladrón estaba drogado hasta el orto y, de todos los que le disparamos, el que le dio fui yo. Mi puntería es buena, siempre lo fue. Le di por debajo de la axila cuando estaba a punto de volver a disparar.
Cayó, lo alejamos de su arma, aplicamos presión sobre la herida, se lo llevó la ambulancia y murió en el hospital.
Muchos me felicitaron, como si en vez de bajar a un pibe hubiera ganado un osito en una kermés. Nunca me dijeron nada que pudiera considerar negativo, pero era la primera vez que yo privaba de su vida a una persona. Me afectó, mucho. Ya no me sentía bien en la calle, no quería seguir en ese trabajo. Había matado a una persona, me felicitaron y al otro día me trataron como si nada hubiera pasado. Primero pedí un traslado y al final la baja. Me concedieron las dos cosas sin problema, aún con los años que tenía.
Le tomé rápido el gusto a gastar horas en bares. Argentina había quedado en cuartos de final y el país entero no tardó en irse al carajo.
En medio de tanto quilombo me terminé separando y no me permitieron ver a Claudita ni siquiera los fines de semana por mis problemas de bebida. Siendo justos, mi nena nunca me había visto borracho; de eso me cuidaba mucho. Pero aun así lo usaron en mi contra durante el divorcio.
Pedí que me devolvieran mi trabajo pero no lo hicieron, así que me metí en la seguridad privada. Trabajé para varias empresas y al final me puse una propia. Ante mi mejoría financiera y mis privaciones alcohólicas, el juez me permitió volver a ver a Claudia. Claro que a esa altura ya estaba bastante crecida, con un padre ausente al que no le interesaba mucho encontrarse. No la culpo, después de todo fue criada por alguien que había aprendido a odiarme.
No se trata solo de que no me permitían verla, sino que entre que procuraba no entrar en bares al salir del trabajo ni convertir mi lugar de trabajo en un bar, la descuidé de todas las formas posibles. Me encerré en mi laburo, así de fácil. Cambié las bebidas blancas por responsabilidades. Cuando me pude reencontrar con ella éramos dos extraños y no supimos decir ni hacer mucho para cambiarlo.
Yo hablé como un pelotudo de sus primeros años, los pocos que viví cerca como para verla. Ella se limitó a sonreír de vez en cuando y mirar el celular el resto del tiempo.
Para recuperar el tiempo perdido decidí dejar mi empresa; seguir siendo dueño pero no tener una participación activa. Algo así como una jubilación. Me lo dije mil veces, cada mañana al levantarme, cada tarde al regresar a casa, y al otro día al levantarme volvía a decirlo. Todos los santos días seguí yendo a trabajar, casi siempre atrás del escritorio donde agrandé el culo. Las horas de oficina son como un combo de comida rápida, te agrandan el culo por unas horas extras. También desarrollé la panza, vacía de alcohol pero creciente por otros venenos igual de nocivos y no tan temidos: azúcar, harina y todas esas mierdas que nos metemos entre pecho y espalda todos los días.
Sin importar cuántas veces lo dijera, cada día me levantaba, me ponía un traje, la pistolera abajo del sobaco y me iba a la empresa a hablar con los empleados, a supervisarlos y a decirles cómo hacer su trabajo.
Ahora estoy en el suelo de mi oficina, tengo las manos llenas de sangre y ésta vez estoy casi seguro de que toca retirarme.


Ningún trabajo es fácil, hacerlo con responsabilidad marca la diferencia. Me gustó mucho el lenguaje y la capacidad de salir adelante del protagonista a pesar de las circunstancias.
Gracias Ofelia!!!!!!
Me alegra que guste. Ya irás viendo como se va desarrollando todo en los próximos capítulos de la novela.
Saludos!!!!