Mear fuera del tarro
Se presentó en mi oficina muy bien vestido. Tenía barbita candado, un arito en la oreja y una sonrisa que aprobaría nueve de cada diez dentistas. Como muchos en estos días, tenía rapado el costado de la cabeza y se había dejado el pelo un poco más largo por arriba. No se puede salir un viernes o sábado por la noche sin chocarte con, por lo menos, veinte tipos con el mismo corte, jopo más o jopo menos. Pendejos, y grandes que quieren verse más pendejos. Todos igualitos, como muñequitos sacados de la fábrica de personalidades industrializadas.
Se presentó con el nombre de Fabián Toro. Tomó asiento sin que se lo indicara y sonrió con media boca. Me dijo que trabajaba en una farmacéutica y que necesitaba un custodio bien experimentado para que lo acompañara durante unos cuantos días. No me dio muchos detalles, solo que habían logrado sintetizar una especie de suero y que temían que se lo robaran.
Ofreció mucha plata y pidió al mejor.
Desde ya que no era ni soy el mejor, pero si era experimentado, así que le dije que me iba a hacer cargo personalmente de sus necesidades. Aceptó como si no hubiese esperado otra cosa.
Si uno de mis empleados hubiera aceptado algo así, lo hubiera echado a la mierda por mear fuera del tarro, pero el tipo no estaba pidiendo factura y se estaba acercando el cumpleaños de Claudia. Con la plata que ese tipo me ofrecía, le podía regalar un viaje a todo trapo al caribe o donde ella quisiera. Todo pago.
Un farmacéutico paranoico parecía plata demasiado fácil.
Nunca hay nada demasiado fácil…

