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El señor Toro

Me reuní con el señor Toro en lo que él llamó “su laboratorio”.
Me presenté esperando montones de personas en bata usando lentes. Muchos frascos, tubos y sustancias que iban cambiando de color y echaban humo cuando se mezclaban.
Lo que me encontré fue una oficina común y corriente en pleno centro. El señor Toro estaba vestido como un anuncio de perfume caro y lo acompañaban dos tipos grandotes que, a la legua, se notaban que iban “cargados”.
Visto ahora, tuve que haberme preguntado qué hacía ahí si ya contaban con dos Frankenstein como guardaespaldas. Pero no lo hice. ¿Por qué lo haría? Era más fácil pensar que Toro estaba loco y su paranoia era mayor de lo que había supuesto al principio.
Mi cliente no parecía del tipo paranoico. Hablaba con soltura y despreocupación y miraba siempre a los ojos. Nunca lo vi mirar a los lados con nervios ni nada parecido. Parecía estar al mando en todo momento y que, si aún no se había comido al mundo, era porque todavía no era su hora del almuerzo.
El trabajo no parecía muy difícil. Solo tenía que acompañarlo durante los siguientes siete días mientras visitaba a posibles comparadores de su nuevo suero. Siete días, siete personas a las que visitar. Una vez concluidas las visitas, quedaba libre.
Ofreció pagarme un tercio de lo prometido ahí mismo, otro tercio lo iba a dividir en los siete días de trabajo y el resto al finalizar. Le pregunté qué pasaba si vendía el suero antes del séptimo día. Me respondió que igual recibiría la totalidad del pago, pero que dudaba que algo así sucediera. Lo mejor de todo es que ofrecía pagar en efectivo.
Tendría que haber hecho preguntas. Montones.
Pero en su escritorio estaba el primer tercio del pago total. Un sobre marrón con mi nombre escrito. Estaba abierto y adentro se veía con total claridad la pila de dólares con los que pretendía comprar el amor de mi hija. Me invitó un café y mientras lo tomábamos me explicó que él solo era un representante de un extranjero, y que, inconsciente del valor del dólar en Argentina, le había dado mucho dinero de más para que cubriera sus gastos, por lo que él había decidido invertir parte de ese dinero en tener más seguridad.
El suero ya había pasado las primeras pruebas y necesitaba de un comprador de la fórmula para que pudiera producirse a granel. Solo se habían fabricado ocho dosis hasta el momento y las tenía todas él, por lo que le preocupaba mucho que se las robaran y pedía más protección.
Yo comenté que su equipo de seguridad parecía ser bastante eficiente. Me explicó que los dos ursos esos eran de elite, pero que casi no hablaban castellano. Solo sabían decir “sí señor”, “no señor” y unas pocas cosas más. No estaban familiarizados con el punga argentino.
En resumen, me dio a entender que se sentía más tranquilo teniendo a un local en su equipo para protegerlo.
—Usted tiene calle, señor Álvaro —me había dicho—. Se le nota. Puedo decir sin temor a equivocarme que está más calificado para este trabajo que cualquiera de ellos… Claro, siempre y cuando no nos topemos con terroristas —rio.
Miré a los dos custodios que tenía, ambos con sobredosis de músculos y altura y sonreí sintiéndome importante.
Me dejé engatusar, claro.
Es difícil resistirse cuando te chupan tan bien las medias.

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