Primer día
Me presenté media hora antes de lo convenido.
El señor Toro alquilaba un piso entero de un edificio en calle Florida, plenomicrocentro. Tres departamentos en total. Esa mañana caminé por la peatonal escuchando el canto de los llamados «arbolitos» ofreciendo dólares, euros y reales al grito de «¡cambio!». Como siempre, la calle era un hervidero de personas que iban y venían sin ir ni venir a ningún lado en concreto. La mitad, seguro, iba a repetir lo mismo al otro día y al siguiente y al siguiente, moviéndose en círculos creyendo que avanzaba. Los negocios ya estaban abiertos y a mi parecer no había indicio de ninguna organización que robara secretos farmacéuticos ni nada por el estilo.
La oficina de Toro estaba en el departamento a la izquierda del ascensor, al final del pasillo. Mi empleador estaba igual que el día anterior, bien vestido y radiante. La confianza en persona. Tenía, además de su traje a medida, un portafolio negro de buena marca que unía a su muñeca con unas esposas.
—Siempre me pareció que esas cosas atraen más miradas que otra cosa —le dije tras saludarnos y tomar asiento—. Ahí afuera está lleno de gente con trajes caros y portafolios. Pero entre los custodios y las esposas, va a sobresalir mucho —tomé aire—. Además, si nos atacan, lo único que va a lograr es retrasarlos el tiempo que les lleve cortarle el dedo gordo.
—¿Entonces sin esposas? —me preguntó divertido, como si todo fuera un juego.
—Usted lleve su portafolio como una persona normal que yo voy a ir de ese lado para evitar cualquier intento de arrebato —le dije—. Pero si se siente más seguro con las esposas, úselas; yo me adapto.
Toro sonrió, se sacó las esposas, al parecer sin usar llaves, y se las metió en el bolsillo. Me tendió un sobre con el pago del día y en un inglés impecable habló con los gorilas que tenía como custodios.
Salimos a la calle los cuatro y caminamos por entre la marea de gente sin inconvenientes. Toro se movía como un pez en el agua, no miraba para los costados, ni sobre su hombro. La gente le abría paso. Llegamos a un estacionamiento en el que se adentró Steven, uno de los dos custodios. Al rato salió manejando un hermoso Audi negro hasta las ventanas.
Subimos tres en el asiento de atrás, Toro en el medio. Steven manejó durante más de una hora, cruzamos el Riachuelo por la autopista y terminamos estacionando sobre avenida Mitre, en Avellaneda. El custodio que manejaba se quedó en el coche y Phill, el otro, se bajó primero y tocó timbre en uno de los edificios. Nos hizo señas; Toro y yo bajamos, dejando a Steven al cuidado del coche.
Cuando llegamos la puerta ya estaba abierta. Entramos, subimos al ascensor y Toro marcó el piso sonriendo. Me dijo que Phill se llamaba Phillipe y que odiaba su nombre. El grandote hizo una mueca al oír su nombre, pero creo que fue todo lo que entendió de lo que el otro me dijo. Nos bajamos del ascensor, caminamos por el pasillo y antes de que Phillllamara, la puerta se abrió ante nosotros. Entramos.
El departamento era pequeño, no parecía una oficina de una farmacéutica, pero como yo nunca había estado en una, la verdad es que no tenía ni puta idea. Nos quedamos en una sala de espera triste en la que solo había un sillón de dos plazas de cuero ecológicocolor marrón gastado y una mesa ratona con algunas revistas viejas.
Parecía más una sala de espera de un dentista. Incluso había cierto aroma que me recordaba la extracción de una muela unos años antes.
Por una puerta se asomó un hombre de unos ochenta años y nos hizo señas. Toro me indicó que me quedara. Me senté en el sofá preguntándome quién tiene una sala de espera sin una sola revista de deportes para ir ojeando. La reunión habrá durado unos cuarenta minutos en los que yo solo alcancé a oír unos pocos murmullos y una carcajada. Toro y Phill salieron. Me levanté, y eso fue todo. Volvimos al departamento de Florida y luego nos despedimos.

