Día dos
El día siguiente fue similar. Logré que Steven y Phill me sonrieran un poquito al verlos, lo cual es mucho decir. Steven es un tipo grandote con corte militar y rostro lampiño, mientras que Phill es más alto, calvo y de barba turca. A diferencia de Toro, no usan trajes a medida, por lo que parecen paquetes cuando los tienen cerrados.
Nos dirigimos a Castelar. El lugar de reunión fue una casa de familia y quien nos atendió un hombre bastante joven, al menos para mí, que no tenía pinta de empresario en absoluto. Cara de cansado, sonrisa tímida y ese tipo de amabilidad que solo parece tener la gente humilde. Steven volvió a quedarse en el coche. Toro y Phill se encerraron con el sujeto mientras yo me quedé en el living comedor junto a su señora, una mujer de buen carácter, poco agraciada en el físico, que me convidó mate con bizcochitos. También había un niño bastante pequeño que comía cereales y me miraba como si yo fuera un payaso a punto de hacer una broma. La reunión fue más corta, regresamos a Florida y, al igual que en el día anterior, no pasó nada que justificara ni mi presencia ni mi paga.
Toro no hablaba de las reuniones, no me decía nada y yo tampoco preguntaba. No me correspondía hacerlo, no era mi trabajo. Lo que importaba es que tenía otro sobre a mi nombre. Así que esa misma tarde la llamé a Claudia y le pregunté si quería algo especial para su cumpleaños y, como de costumbre, me respondió con palabras cortas, cierto tono de hastío y actitud arrogante. Siempre que hablo con ella, aun cuando lo hago por teléfono, me da la impresión de que no me da bola y se distrae con otra cosa.
Me dijo algo de comprarse unas botas y que después me mandaba la factura. Le dije si no prefería un viaje al caribe con todo pago.
—¿Sola? —preguntó. Parecía interesada en la charla por primera vez— ¿Y los exámenes?
Le respondí que no era necesario que se fuera el mismo día de su cumpleaños. Ni siquiera el mismo mes. Me jodió un poco que su primera pregunta fuera esa: “¿sola?”, con tanta ilusión, como si la posibilidad de que fuéramos juntos ni siquiera se le pasara por la cabeza. Pero sé que eso es una causa perdida. Le dije que si alguna amiga podía acompañarla, mejor. Me dijo que al otro día iba a pasar a visitarme para charlar.
Esa misma noche me llamo Carla, la madre, mi ex, y tuvimos una larga discusión sobre mi propuesta. Yo le seguía pasando plata a pesar de que legalmente por la edad de Claudia, ya no me correspondía. No le daba toda a ella; parte se la daba directamente a ni hija para que hiciera lo que quisiera. Igual supongo que Carla se la quedaba toda.

