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Dormir en los laureles

La sangre dejó de manar, pero el dolor persiste, como un aguijón que aún sigue inoculando su veneno. Me arrastro dejando huellas, manos de sangre dignas de una película de terror o de una cueva en los albores de la humanidad.

Tengo que moverme, actuar, detenerlos.

Si no me hubiese dormido en los laureles, si no me hubiese dejado llevar por el olor a la guita fácil…

Pero no era solo eso, era la oportunidad de darle a Claudia algo que la hicieraquererme un poco más, que compensara algo de mi ausencia mientras crecía. De todos modos, no sirve de nada meterse en los “si no…” no de la vida. Mi viejo solía decir “ese tipo de preguntas solo sirven como altares a los mediocres”. Mi viejo es un tipo al que nunca le salió una bien. Nunca logró nada demasiado interesante en su vida, al menos que yo sepa, pero jamás fue mediocre. Eso no se lo voy a negar nunca.

Hice lo que hice. Punto. Lo que importa ahora es no dejarme arrastrar por la desesperación de los errores cometidos y actuar para no tener un montón de “si hubiera…” para preguntarme al terminar el día.

Me levanto, cuesta, duele como la puta madre, pero nada que no se pueda soportar. Recibí peores palizas en partidos amistosos.

Abro el cajón. Lo primero que veo son los cinco sobres del señor Toro. Siguen todos llenos. Me río. Son sobre llenos de papel pintado. Los hago a un lado y saco la caja apoyada bien al fondo que ocupa medio cajón. La abro. Agarro mi arma de repuesto.

Es hora de que enmiende todas las cagadas que me mandé.

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