El tercer día
El tercer día que trabajé para Toro fue el que hizo que las alarmas empezaran a sonar.
Me presenté en su despacho de calle Florida como los días anteriores. Llegué un poco más temprano gracias a que tuve suerte con el subte. Fui con mis mejores pilchas, pero aun así parecían sacadas de la saladita comparadas con la ropa de Toro. Mi empleador vestía un traje de corte moderno color azul marino y tenía zapatillas negras. No usaba corbata y los primeros botones de la camisa los llevaba sueltos.
Cuando llegué estaba reunido con una mujer joven que vestía con mucha más simpleza que el resto. Su calzado indicaba que trabajaba en algo que la obligaba a estar de pie o caminando gran cantidad de tiempo. Pasó a mi lado y me dedicó una sonrisa fugaz, refleja. Una sonrisa que no solo nunca llegó a sus ojos, sino que no alcanzó a tapar del todo un atisbo de miedo o nerviosismo.
No le presté atención. Cuando estamos cómodos, dejamos muchas cosas sin atención. Hacemos ojos ciegos y miramos para otro lado. “Estar bien” es un bien poco común como para ir poniéndolo en juego, abriendo los ojos y prestando atención a los detalles.
Una vez que la mujer se marchó, Toro me recibió con gran alegría y un sobre nuevo con mi paga del día, que me esperaba en su escritorio. Ya tenía el maletín preparado y, tras compartir un café sin nada que comer, salimos. Steven manejó para el lado de Ciudad Universitaria, que pensé que era a donde nos dirigíamos, pero se desvió y terminamos estacionando a un par de cuadras de la cancha de River.
El gorila de mentón cuadrado se quedó en el coche y los demás salimos y caminamos por Núñez. Los aviones que aterrizaban en Aeroparque pasaban con gran estruendo y yo, que nunca me había subido a uno y que nunca lo voy a hacer, los miraba como si fuese un nene. Me imaginaba a Claudia viajando, llegando más lejos que nadie en mi familia. Toro caminaba a mi lado jugando con una moneda, haciéndola bailar entre sus nudillos, pasándola entre los dedos de un lado al otro. Lo hacía con una facilidad admirable. Cuando vio que lo estaba mirando, encerró la moneda con la mano, me sonrió, se sopló la mano y al abrirla la moneda había desaparecido.
A diferencia de los magos que uno está acostumbrado a ver, no terminó su truco sacando la moneda de mi oreja o de ninguna otra parte, se limitó a meterse las manos en los bolsillos y seguir caminando. Supongo que se la guardó en ese momento. Aun sabiendo que la magia se basa en engaños, distracciones y subterfugios, en el momento en que la moneda desapareció, sentí una emoción casi infantil y sonreí.
Creo que si agarro a veinte tipos de cualquier edad, todos reaccionan así. La magia le gusta a todo el mundo. Supongo que nos gusta ser engañados y tener la esperanza de que las cosas pueden ser fáciles, rápidas y sin esfuerzo.
Somos idiotas.
La reunión se dio en un hotel barato. Ingresamos los tres y luego de que Toro dialogara con el recepcionista, subimos un piso por la escalera, caminamos por el pasillo y llamamos a una puerta.
Abrió una mujer de mediana edad que nos sonrió con cierto nerviosismo. No dijo nada, se limitó a hacerse a un lado para que entráramos. Me quedé afuera, como siempre. Antes de que cerraran la puerta, vi que en la habitación solo había una cama en la que estaba sentado un chico de unos quince años, vestido con pantalones cortos y la roja y blanca de camiseta; tenía cara de que lo habían cagado a pedos. Junto a él vi a un hombre que supongo que era su padre.
Me apoyé en la pared que estaba frente a la puerta para esperar. No saqué el celular. Si bien todavía creía que Toro gastaba demasiado en seguridad, al pedo, eso no quitaba que me estaba pagando y le debía mi servicio, por lo que no iba a bajar la guardia. Me creía muy profesional.
Un payaso.

