Un golpe de suerte
En la mesa el café larga volutas de humo que se deshacen en el aire casi enseguida. El sol entra por la ventana del barcito. Afuera la calle está tranquila, tanto que cuesta creer que estemos a solo a un par de cuadras del maratón de calle Florida.
Tengo el pelo mojado tras lavarme la sangre. La herida era chiquita y si no la toco, ya no sangra. Frente a mí está la mujer del ascensor. Todavía está asustada, se le nota. Guardé mi arma hace ya un buen rato, pero si no intentó escapar cuando estaba en el baño, no creo que lo haga ahora. Me tiene miedo, el suficiente como para hacer cualquier cosa que le diga, con o sin arma en la mano. No me preocupa que grite o que intente irse corriendo; eso sería lo natural en su posición. Lo que me preocupa es que me tenga tanto miedo y que acceda tan fácilmente a mis demandas.
No sé, casi como si me creyera capaz de cualquier cosa, como si yo no tuviera nada que perder.
—¿Sabe quién soy? —le pregunto. El silencio entre nosotros me crispa los nervios. Ella sube y baja la cabeza, manteniendo la mirada sobre la mesa. Sostiene la cartera en sus rodillas. La aprieta tanto que tiene los nudillos blancos—. ¿Segura que no quiere nada? ¿Un té, un café? —niega moviendo la cabeza.
Levanta un poco la cara y nuestras miradas se cruzan. La primera vez que la vi fue hace cuatro o cinco días, estaba saliendo de la oficina de Toro, y en ese momento, sus ojos también me parecieron que transmitían miedo hacia mí. Sacando a Toro y sus dos gorilas, ella era la única persona a la que había visto en el sexto piso del edificio de Florida.
¿Trabajaba ahí? ¿Era solo otra persona con la cual experimentaban?
Si logro hacer que se tranquilice un poco, tal vez puede que obtenga alguna respuesta.
—¿Usted trabaja para Fabián? —le pregunto. Me mira, pero no responde. Resoplo—. ¿Iu uorquin… trabaja… para Toro? —El inglés nunca fue uno de mis fuertes. Entiendo algo cuando escucho, pero hablando el demonio de Tasmania parece Shakespeare comparado conmigo.
La mujer sonríe. Un poco. Apenas un movimiento en la comisura de los labios. Si es para avanzar, no hay pasos demasiado pequeños, decía un sargento.
—Hablo castellano —dice, y su sonrisa reaparece un segundo.
—Menos mal —digo—. Hasta hace un segundo tenía dudas sobre si era capaz de hablar, incluso…. ¿Cómo se llama?
—Esleva —responde—. Me crie acá, en Buenos Aires, hasta que cumplí los dieciocho. Me fui a New York con una beca en química… Se podría decir que trabajo para el señor Toro desde hace unos meses.
—¿Contra su voluntad? —le pregunto. Hubo algo en su tono…
—No al principio —Parece avergonzada al decirlo—. Creo que le voy a aceptar ese café.
Llamo al mozo y le hago el pedido. Esleva guarda silencio de nuevo. Mira hacia la ventana, hacia la puerta del bar. No la voy a apurar para que hable ni a detener si se levanta. Cada segundo que pierdo es un segundo más en el que la vida de Claudia corre peligro, pero me tengo que dominar. Si me dejo llevar por esa idea voy a terminar entrando en pánico y cometer más errores de los que ya cometí.
El café llega, el mozo se va. La mujer envuelve la taza con ambas manos, como si estuviéramos en lo más crudo del invierno. Yo bebo un poco del mío y le sonrío.
—Estaba en un grupo de investigación que buscaba mejorar la vida de los diabéticos insulinodependientes. La idea era generar un tipo de inyección que fuera semanal en vez de diaria. Estábamos bastante avanzados. Gracias al uso de «Crissp» nos dimos cuenta de que podíamos hacer aplicaciones incluso mensuales… ¿Sabe lo que es el Crissp?
—Es algo que hace que uno pueda elegir el color de ojos de los fetos, ¿no?
—Más o menos —sonríe ella—. Toro se nos acercó, se presentó como representante de una farmacéutica importante que tenía mucho interés en los avances que estábamos logrando. Nos dijo que estaba dispuesto a financiar el proyecto con fondos mucho más amplios que los de la facultad si continuábamos en privado. La mayoría dijimos que sí. Para cuando nos dimos cuenta en qué nos habíamos metido ya estábamos hasta el cuello de mierda. Lo único que nos quedó fue seguir con nuestro trabajo acatando órdenes y manteniendo la boca cerrada. Ahora cobramos lo que nos pagan y trabajamos a toda velocidad para terminar cuanto antes. Pero sabiendo lo que sabemos, dudo que nos dejen vivir. Yo no digo nada, pero creo que todos sabemos que es así.
—Puedo ayudarte —le digo—. A todos ustedes.
Esleva se ríe.
—No. No podés —dice. Su risa es triste—. Pero no importa, tenemos lo que merecemos.
—Todavía tengo contactos…
—Sí. No lo dudo. Pero lo que no tenés es tiempo.
Me quedo mudo. Abro la boca pero no sé qué decir. No quiero preguntar.
Ella levanta su taza y bebe un trago de su café. Una lágrima resbala por su mejilla.

