Tano, Don Felipe, Griego y Miróvich
José Luis, por vez primera desde que lo abandonaran en Buen Pasar, perdió tiempo en escoger la ropa que utilizaría en la cena. Se sentía nervioso por la cita que había concretado. Se sentía estúpido por sentirse nervioso. Hasta el día de la fecha, José Luis había pasado la mayoría de las cenas en la mesa que encontraba más vacía y, una vez en ella, lo más alejado posible del resto de los comensales. Sin embargo, él no era el único que no hablaba con nadie ni que estaba enojado por estar allí. No era muy complicado encontrar tranquilidad en un lugar en donde las personas solo esperaban morir.
Siempre escuchaba el griterío y las risas de las otras mesas. Nunca las criticó ni le molestaron, pero tampoco había podido evitar sentir piedad por esas almas, conformistas ante el lúgubre destino que les habían decretado. Se reían porque evitaban pensar. Porque eran un montón de ancianos con miedo de abrir los ojos a la realidad.
Eso era lo que había pensado. En el fondo, sabía que aún pensaba así. Que se seguía sintiendo por encima del resto por no conformarse con nada de lo que había allí. Pero era un sentimiento que estaba oculto y permanecería allí. Esa noche cenaría con otras personas y charlaría. Tal vez reiría. Tal vez levantaría la voz para hacerse escuchar.
Pero no. Sabía que eso no sería así. Comería callado escuchando hablar al resto. Sacando conclusiones precipitadas sobre cada quien que tomara la palabra y sin atreverse a opinar por miedo a ser echado.
Pero podía soñar. Podía imaginarse a sí mismo en esa mesa, junto a Ramírez, quien le golpea el hombro de rato en rato cada vez que él dice una ocurrencia. Se podía visualizar a sí mismo sin pensar, lejos de aquellos que tienen la maldición de hacerlo.
—Hoy no —se dijo en pensamientos—, pero tal vez, sí otro día. Más adelante.
Tiempo era todo lo que le quedaba; con el tema de las partidas de truco a la noche y las charlas eventuales que iba teniendo, era posible que esa espera no fuera demasiado larga.
Salió de su habitación vestido de manera casual pero elegante. Llevaba zapatos en vez de pantuflas, sus pantalones estaban impecables y se había puesto una camisa lisa y blanca.
Llegó al comedor. Había dejado pasar unos minutos para no llegar primero. Cuando Ramírez lo vio, levantó una mano y le hizo señas. José Luis sonrió y suspiró de alivio al ver la invitación. Se acercó a los ancianos y tomó asiento junto a Ramírez, otros cuatro viejos y Marita, la única mujer.
José Luis saludó con una inclinación de cabeza a Carmen, que estaba en otra mesa. Ella devolvió el saludo y le guiñó un ojo mientras sonreía.
José Luis se sentía un poco perdido. No sabía qué hacer ni cómo actuar. No comía con tantas personas desconocidas desde su primer día de escuela. Por un segundo se sintió, una vez más, defraudado por la vida, por su hijo. No tenía por qué estar allí, con esa gente. Pero allí estaba, solo, rodeado de desconocidos que reían y se creían felices.
—Él es José Luis —dijo Ramírez presentándolo al resto del grupo.
—¿Qué opina usted de la poca cultura de hoy en día? —preguntó sorpresivamente uno de los ancianos. Era delgado, no muy alto y tenía una nariz un tanto extraña, como las de los antiguos retratos de pensadores.
—¿Yo? —contestó José Luis sorprendido por la pregunta, por que no mantenía una charla de ese tipo desde que su esposa había muerto—. Pues no sé qué decirle. Sin duda el problema está en las escuelas y en la falta de disciplina que hay allí.
—Eso es lo que yo digo —sonrió el hombre—. Mi nombre es Hernán, pero suelen decirme Griego.
—Yo le digo viejo hinchapelotas —rió Ramírez y todos corearon sus risas excepto Marita, que solo sonrió mientras negaba con la cabeza.
—Ellos son Griego, don Felipe, Tano y Miróvich —presentó Marita con educación.
José Luis saludó a cada uno con una sonrisa y una inclinación de cabeza. Una de las chicas de la cocina se les acercó con una gran olla y les sirvió sopa de fideos. El invierno estaba pasando y no hacía tanto frío; sin embargo, parecía que no pensaban renunciar a la sopa.
Comieron intercambiando alguna que otra palabra sobre fútbol o política. Para su sorpresa, José Luis se encontró siendo el centro de la atención en más de una ocasión. Casi le daba asco el sonido que Tano hacía al tomar la sopa o la costumbre de Miróvich de acomodarse los dientes postizos a cada rato, pero fueron cosas que solo notó al principio. Pronto se sintió como uno más del grupo. Incluso le terminó causando gracia ver cómo Don Felipe mojaba el pan entero y lo iba mordiendo, a diferencia de Marita, que lo cortaba con cuchillo y apenas lo mojaba un poquito.
Con una sonrisa, José Luis recordó que en su primer día de escuela había sido igual.
La sopa pasó y les sirvieron pollo deshuesado al horno, acompañado con puré de zapallo. Fue cuando terminaron de comer eso que comenzó lo que José Luis había estado esperando.
—Nuestro amigo hoy me estuvo preguntando sobre Ángel —dijo Ramírez cuando el último de ellos terminó el pollo. Todas las miradas brillaron y seis sonrisas se dibujaron en los seis rostros que lo contemplaban. Ángel era un tema del que sin dudas gustaban de hablar.
—¿Le contaste lo del enfermero de guardia? De Polo —preguntó Griego con un matiz de emoción infantil en su voz.
—No, le dije que eso lo íbamos a hablar en la mesa.
—Contalo vos, Griego —propuso Tano—, que sos el que mejor lo cuenta.
Griego sonrió ante el cumplido e hizo una pequeña reverencia a sus oyentes.
—Bueno, antes de hablar de Ángel, hay que hablar de Polo. Se pueden decir muchas cosas sobre un hombre y es probable que muchas de ellas sean falsas. Simples rumores. Pero hay algo que le podemos decir todos sobre ese Polo que no es ningún rumor: era un hijo de puta —comenzó Griego y todos asintieron. José Luis notó las expresiones, el miedo en los rasgos de Marita—. Polo era un enfermero de baja estatura, medio gordito y en camino de quedarse pelado pese a no ser muy viejo. Era maleducado, nos gritaba y nos trataba como si fuésemos mierda de cerdo.
—A mí una vez me empujó contra una puerta porque no quise hacerme a un lado para que él pasara con mayor comodidad —interrumpió Tano.
—A mí una vez me tocó la cola —acotó Marita sonrojada—. Era un asqueroso, estoy segura de que se habrá aprovechado de muchas señoras en este lugar.
—¿Violaba? —preguntó José Luis boquiabierto.
—No sé si habrá llegado a tanto, Dios quiera que no —respondió Marita santiguándose con movimientos rápidos—. Pero sí tocaba donde no debía. Por el bulto que le vi en los pantalones más de una vez, no hubiera podido hacer nada…
Ramírez rió del comentario.
—Yo estoy seguro de que me robaba la plata que me dejaba mi hijo —acotó don Felipe, que tenía la voz muy cascada, hablaba bajito y despedía un fuerte olor a naftalina—. Revisaba la ropa mientras dormíamos, siempre cuando me despertaba veía que tenía mis cajones revueltos.
—Era un hijo de puta sin escrúpulos —retomó Griego—. A todos nos hacía la vida imposible. Entraba de guardia después de la cena y se quedaba hasta las cinco o seis de la mañana. Por suerte la mayoría de nosotros dormíamos a esas horas, pero pobres de aquellos que sufrían insomnio. Polo solía recorrer los pasillos como si fuese un carcelero y entraba sin permiso a las habitaciones. Tenía una llave maestra, como muchos de por acá adentro.
—¿Por qué no lo despedían? —preguntó José Luis.
—¿Por qué iban a hacerlo? —respondió Ramírez como resignado.
—¿No lo denunciaron nunca?
—No, nadie tuvo el coraje de hacerlo. Una vez, un viejo que lo amenazó con acusarlo, esa noche se rompió un brazo mientras dormía. Se cayó de la cama según todos escucharon, pero fue Polo.
—No nos llevaba agua porque no quería que nadie se hiciera pis en su turno —interrumpió Miróvich—. Muchas veces nos daba golpes fuertes con su cinturón de cuero. Como somos viejos, nos ven como torpes y a nadie le extrañaba que tuviésemos moretones en el cuerpo.
—¿No les dijeron a sus familias? —preguntó José Luis sin poder dar crédito a lo que oía.
—¡No! Jamás lo hubiésemos hecho —exclamó Ramírez—. Las amenazas de ese tipo nos tenían aterrados.
—Fue Ángel el que lo denunció, ¿no? —razonó José Luis.
Los cinco ancianos y Marita lo miraban sonriendo. José Luis era presa de una gran curiosidad y veía que sus interlocutores disfrutaban de ello. Se sentía como un niño frente al televisor viendo una película de su héroe favorito.
—Sí y no —sonrió Ramírez—. Ángel tuvo mucho que ver, casi todo, pero no lo denunció.
—¿Entonces?
—Fue así —dijo Griego—: cuando Ángel llegó a Buen Pasar, se mostró amable pero siempre lejano al resto de los que ya estábamos aquí. Nunca tuvo problemas con nadie, excepto con Polo claro está.
—Ángel siempre insistía en mantenerse despierto hasta tarde, trabajando en su proyecto, fuera cual fuera —agregó Ramírez—. Muchas noches lo vi trabajar, escribiendo creo, pero estoy seguro de que cuando me dormía hacia algo más, algo secreto. Sé que pasaba muchas horas en ello porque siempre tenía dolorida una mano.
—A Polo no le gustaba ver la luz encendida después de cierta hora —continuó Griego—. Discutió con Ángel muchas veces por ello. Además estaba el tema de Joaquín y las visitas que Ángel le hacía.
—El problema era que Ángel no retrocedía ante el enfermero —dijo Tano.
—No retrocedía ante nada —agregó Miróvich como si estuviese hablando orgullosamente de su hijo.
—¡Eso! Ángel no retrocedía ante Polo y a éste eso lo enojaba y le daba cierto miedo. Evitaba a Ángel más que al resto y, aun así, siempre que podía lo molestaba. Fue el que más amenazas directas recibió, aunque nunca sufrió daño alguno.
—Eso nos dio que pensar a todos nosotros —dijo Ramírez—. Es decir, Ángel hacía más o menos lo que quería pese a las críticas de Polo, y continuaba con su alma intacta. Poco a poco, otros de nosotros comenzamos a rebelarnos ante el enfermero.
—No solo Ángel se mantenía despierto hasta tarde —sonrió Tano.
—Una vez me negué a quitarme del camino de Polo y chocamos nuestros hombros —dijo Miróvich.
—Como en el cuento de Dostoievski —asintió Griego—. “Memorias del subsuelo” si mal no recuerdo.
—Nunca lo leí —admitió Miróvich—. Mi literatura era más cercana. Nunca llegué a Tolstoi o a Dostoievski.
—Da igual —concluyó Ramírez volviendo al tema—. La cosa es que poco a poco nos fuimos rebelando de manera inconsciente contra Polo.
—Eso lo enojó y algunas de sus amenazas comenzaron a cumplirse —observó Griego—. Ordenaba que a algunos de nosotros se nos aplicaran calmantes por las noches. Otros tuvieron moretones en el cuerpo y pobre de aquel diablo que saliera de su habitación después de la medianoche. Pero así y todo nos mantuvimos firmes, al menos la mayoría. Ángel no sufrió ninguno de los ataques de Polo, pero era el blanco de las humillaciones. A Polo le encantaba gritarle y decirle que era un viejo senil que solo estorbaba en el mundo.
—Como ya dijimos, era un hijo de puta —asintió Tano.
—Pero Ángel no lo era menos —rió Ramírez.
—Ángel no era un “hijo de su madre” —dijo de manera educada Marita—. Simplemente era demasiado inteligente y sincero, lo que lo hacía parecer cínico o malvado.
—Puede ser, la cuestión es que una noche, después de las doce, Ángel había ido a ver al portero, a Joaquín. Cuando regresaba a su habitación, Polo lo intercedió…
—No había nadie en los pasillos para ver cómo comenzó todo, pero creemos que el enfermero estaba esperando a Ángel para aplicar su furia sobre él —dijo Ramírez.
—Todos comenzamos a salir de nuestras habitaciones cuando es cuchamos gritar a Ángel.
—No gritaba de miedo o dolor, sino enojado u ofendido —comentó Miróvich.
—Yo lo escuché gritarle a Polo que se quitara de su camino porque tenía que descansar —agregó Tano.
—La cuestión es que todos salimos, al menos la mayoría de los que rodeábamos su cuarto —continuó Griego—. Y allí los vimos: Polo estaba parado frente a la puerta de la habitación de Ángel y no quería moverse. Ángel se mantenía a unos centímetros del enfermero sin ceder espacio.
—Se movieron más al centro cuando yo salí a ver qué pasaba —explicó Ramírez—. Me llevé un susto de muerte cuando abrí la puerta y vi la espalda de Polo de tan cerca.
Marita sonrió y le palmeó el hombro a Ramírez.
—Polo notó que todos estábamos viendo. Nunca lo vi tan enojado —recordó Tano.
—Parecía dispuesto a matar a alguien —agregó Miróvich.
Don Felipe se limitaba a mirarse las manos y asentir a cada palabra.
—Como vimos que Ángel no retrocedía, ninguno obedeció cuando Polo nos comenzó a gritar que regresáramos a nuestras habitaciones. Eso lo enloqueció aún más —completó Griego.
—Pero el colmo fue cuando todos comenzamos a abuchearlo, a decirle que se fuera, que nos dejara tranquilos —rió Ramírez—. Fue increíble, pocas en mi vida estuve tan emocionado y asustado al mismo tiempo, y eso que en la época de los militares yo no estaba en una de las posiciones más recomendadas.
—Siempre exagerando —reprendió Marita.
—Polo nos sonrió con la cara consumida por la locura —contó Griego—. Si hubiera sido un guardia de prisión, estoy seguro de que hubiese sacado su arma y nos habría comenzado a matar. Pero no tenía arma, así que decidió ignorarnos y encarar solo a Ángel.
—Fue lo más sensato —observó Marita—. Ángel fue quien puso en duda su poder. Si lo vencía, si nos demostraba que él era superior, todo volvería a ser como antes. Atacó a Ángel adelante de todos, dispuesto a demostrar que con él no se jugaba.
—¿Lo golpeó? —preguntó José Luis, quien se mantenía en silencio y miraba a los demás a medida que tomaban la palabra.
—No de forma directa —respondió Griego—. Polo estaba loco, pero no era tan estúpido como para comenzar una pelea contra uno de nosotros.
—Lo que hizo fue peor —dijo Ramírez.
—Tomó a Ángel por un hombro y lo apretó con mucha fuerza. Pero Ángel no retrocedió —sonrió Tano.
—Entonces Polo le agarró la mano derecha, la que siempre le dolía a Ángel. Eso lo hizo retroceder un poco, pero se mantuvo firme soportando el dolor —continuó Griego—. Es imposible imaginar lo que le habrá dolido. Tenía artritis y era en esa mano donde más se le manifestaba. Así y todo, Ángel no se rindió.
—Recuerdo que tenía los ojos llorosos y sus labios curvados por el rictus de dolor que lo invadía —aportó Tano.
—Estaba soportando un infierno y Polo no parecía irse a detener hasta que Ángel comenzara a suplicar —comentó Griego con algo de tristeza.
—Fueron los cinco minutos más desesperantes de mi vida —sentenció Ramírez—. Y eso que Ángel aún no me caía muy bien que digamos. Pero ese castigo era inhumano.
—¿Y qué hicieron? ¿Cómo lo ayudaron?
—¿Nosotros? —preguntó Tano—. Cuanto mucho le decíamos a Polo que lo dejara, que íbamos a llamar a otra enfermera o a algún otro empleado si no lo hacía.
—Pero el muy hijo de puta solo se reía de nosotros y de nuestras amenazas —agregó Miróvich con algo de bronca.
—¿Y entonces?
—Ángel miró fijamente al enfermero y le dijo que lo soltara si sabía lo que le convenía —respondió Griego.
—¿En serio? —preguntó José Luis asombrado.
—Sí, pero Polo apretó más fuerte la mano de Ángel —confirmó Ramírez.
—Pero Ángel no era un viejo cualquiera, era astuto como una serpiente. No se mantenía firme para demostrar su superioridad ante el enfermero. No, él tenía razones mucho más dignas.
—No entiendo.
—Joaquín —contestó Griego sonriendo. Los otros viejos, que hasta el momento se habían mantenido curvados sobre la mesa, como compartiendo un secreto, se relajaron y apoyaron sus espaldas en los respaldos, todos sonreían.
—¿Cómo? —preguntó José Luis perdido.
—Ángel había pasado parte de la noche con Joaquín, gritó en el pasillo y nos hizo salir de nuestras habitaciones. Entre tantas cabezas canas, Polo no vio que Joaquín se había acercado y miraba todo. Aunque ahora está muy mal visto en Buen Pasar, en esa época Joaquín era de los más respetados. Incluso admirado por las autoridades —explicó Griego—. Joaquín intervino en la disputa.
—Por supuesto que Polo se resistió un poco —prosiguió Ramírez—. Amenazó al portero y a todos nosotros. Dijo que su palabra valía más que la de cualquiera, que solo con la declaración de Joaquín no podríamos hacer nada y ese tipo de cosas.
—Fue ahí cuando se presentó la enfermera del turno anterior al de Polo, quien se había reunido con Ángel y Joaquín, según creemos —agregó Griego—. No hubo denuncias ni nada. Con dos trabajadores del geriátrico como testigos, más los testimonios de Ángel y el resto de nosotros, Polo no tenía chance. Renunció ese mismo día.
—La enfermera Ana hizo doble turno hasta que consiguieron un buen reemplazo de Polo. Lástima que se haya retirado, era un pan de Dios esa mujer —agregó Tano con algo de melancolía.
—Claro que todo esto que le contamos no es más que una recopilación de rumores y sospechas —concluyó Ramírez—. Nadie nunca supo con certeza si todo fue un plan de Ángel o simple casualidad. Las pocas veces que le preguntamos a Ángel sobre el tema, se encogía de hombros y se hacía el desentendido. Decía que Polo no estaba y que eso era lo que importaba. Que todos lo habíamos conseguido.
—Pero estoy seguro de que fue Ángel el que planeó todo —razonó Miróvich—. Ni Joaquín ni Ana sabían nada de los malos tratos de Polo; habría sido demasiada casualidad que estuvieran justo aquella noche los dos.
—Y eso sin contar el modo en que se mezclaron entre nosotros y las sonrisas cuando Polo comenzó a retroceder intentando no parecer aterrado —recordó Tano—. Tuvo que ser obra de Ángel.
—Como todo lo que concierne a Ángel, nada es seguro. Pero le vamos a estar agradecidos hasta el final por eso, haya o no haya sido obra directa de él —cerró Ramírez.
Don Felipe sonrió ante las palabras de su compañero y le dio un codazo al Griego.
—¿Qué pasa? —preguntó este.
—A doña María se le ve el pañal —dijo casi riendo como un chico. Todos voltearon como si fuese lo más interesante del mundo, menos Marita, que se limitó a suspirar.
—A vos también —le respondió Griego a Don Felipe y todos rompieron a reír, incluso José Luis, que en ese momento había olvidado lo que pensaba de las personas que reían desde otras mesas…

