Ramírez
Los primeros pasos habían sido dados y no le habían resultado tan difíciles como había esperado. José Luis se acostó pensando en cómo se acercaría a Ramírez. Solo conocía al sujeto de vista: era uno de esos viejos delgados y altos que nunca llegaron a encorvarse. Se lo veía siempre bien vestido y risueño. Sobre todo cuando estaba cerca de la señora de los sombreros altos.
Se durmió intentando imaginar cómo era el tal Ángel. Un nuevo día dio comienzo y José Luis se quedó mirándose en el espejo sorprendido. Sí, era un nuevo día y lo sabía. Se sentía un poco nervioso por lo que tenía que hacer. Desde que había llegado al geriátrico, nunca se había sentido tan vivo, excepto por la vez que había intentado escapar forcejeando con el enfermero. Durante el desayuno saludó a la señora Carmen provocando varias miradas curiosas. Saludó también a Joaquín, quien estaba en una mesa con tres señoras.
—Es un buen partido para la mayoría —le murmuró la señora Carmen—. Aún trabaja, tiene una buena edad y no chochea. A muchas les parece que es el candidato ideal en este lugar.
—Querrá decir el más acertado —respondió José Luis antes de darse cuenta de que lo hacía—. Es decir, supongo que los enfermeros y los doctores deben ser más de ensueños que el portero.
—Es usted un cínico —contestó con humor la anciana—. Demasiado realista como para pasarla bien en este lugar.
El desayuno terminó y José Luis se sentó frente a la sala común como lo hacía siempre. Era una costumbre, una rutina. Vio a la señora del sombrero y a Ramírez entrar allí como si fueran de la realeza. Él la llevaba del brazo en una sobreactuada postura de caballero. Ella reía avergonzada. Cinco minutos después comenzó a sonar el piano. Como José Luis no sabía mucho de música clásica, no podía reconocer la tonada. A la señora del sombrero parecía encantarle.
—¿Todavía por acá? —le preguntó Joaquín sobresaltándolo un poco.
—Es mi lugar, acá estoy cómodo —respondió José Luis más a la defensiva de lo que pretendía.
—Si está cómodo… —sonrió el conserje—. Pero le aseguro que el clima allá dentro es bueno también.
—No, por hoy no, tal vez mañana.
—Nadie lo apura —respondió Joaquín comenzando a alejarse—. Por cierto, una buena forma de comenzar a charlar con Ramírez es preguntarle por las notas que saca del piano.
José Luis lo miró con una mezcla de agradecimiento y curiosidad.
—¿Esta noche hay partida? —preguntó.
Joaquín miró a ambos lados sobresaltado, pero nadie estaba allí como para haber oído la pregunta.
—Siempre que usted lo desee —contestó al final—. No es necesario que me notifique con anterioridad. Ya llevo años sin llevar chicas, así que no me va a interrumpir nada interesante.
José Luis sonrió. Joaquín dobló en una esquina y desapareció de su vista. Se levantó y entró en la sala común.
Esperó a que la música terminara y se apersonó al viejo compañero de cuarto del misterioso Ángel.
—Linda música —comentó.
Ramírez lo miró con las cejas levantadas.
—Lo sé, por eso la toco —respondió con voz petulante—. Pero entre nos, también la toco porque es lo único que me sé —agregó con tono más amigable.
—¿En serio?
—No me venga con ironías, amigo, sé que escuchar tantas veces lo mismo podría hacer que hasta “Para Elisa” fuera un bodrio, pero qué puedo decirle. Lo que toco es de alma, es la razón por la que aún estoy acá.
—¿No sabe otras canciones? —preguntó José Luis sin saber cómo proseguir la charla.
—No, solo esa. Es que nunca aprendí a tocar ese instrumento. José Luis tiró la cabeza para atrás y miró a Ramírez con gesto de reproche.
—Es en serio, no le estoy tomando el pelo. Solo aprendí esa canción y nada más. No tengo idea siquiera de las notas que toco.
—¿Y cómo es eso?
—Tuve un profesor un poco raro.
—No le entiendo.
—¿Escuchó hablar de un anciano de este lugar llamado Ángel?
—Solo un poco.
—Si me hace el favor de acompañarme a la terraza le voy a contar un poco más sobre ese maldito viejo.
—No tengo nada mejor que hacer —aceptó José Luis.
—Y nada peor tampoco, me imagino —sonrió Ramírez y se alejó un poco de él para saludar a la dama del sombrero.
Hizo una exagerada reverencia que a más de un anciano le hubiera arrancado terribles dolores de cintura y encaró para la puerta.
—¿Viene o no? —preguntó Ramírez.
José Luis se apresuró para alcanzarlo.
La terraza era un lugar agradable. Era la primera vez que José Luis la pisaba. Había unas cuántas mesas de latón con grandes sombrillas blancas. La luz del sol era cálida y se escuchaba a los pájaros cantar, como si se burlaran del encarcelamiento de todos los ancianos allí dentro.
Ramírez se sentó en una de las sillas cercanas al borde e invitó a José Luis a acompañarlo.
—Así que usted quiere saber sobre Ángel, ¿no? —preguntó el viejo mirando al cielo con los ojos entornados—. No le voy a mentir, la mayor parte del tiempo que estuvo por acá lo detesté. Para mí era un viejo malhumorado y taimado. Verá, cuando Ángel llegó yo tenía una pieza doble para mí solo. Su llegada fue para mí una incomodidad sin límites, pero no se lo dejé notar (o al menos eso pensé yo). El hecho es que Ángel era más bajito, más encorvado y más viejo que yo, y me encargué de que lo notara día tras día.
No parecía tener familia ya que nadie lo visitaba, por lo que, cuando me visitaban a mí, me gustaba refregárselo en la cara. Mi hija y mis nietos venían una vez a la semana sin falta. A mí me encantaba, no muchos reciben tantas visitas. Levanté envidias y comentarios en mi contra, pero nunca me importó. Me sentía el rey de este geriátrico. A excepción de Joaquín (de quien no voy a hablar por no tener casi nada bueno que decir de él), era quien más envidias levantaba en todo sentido. Pero me estoy yendo por las ramas. Ángel no parecía hacerme caso alguno, de vez en cuando intercambiaba unas palabras conmigo pero no muchas. Tenía la maldita costumbre de pasar varias horas encerrado en la habitación, haciendo vaya a saber dios qué.
En una ocasión, llevado por la curiosidad, intenté sorprenderlo y me pareció verlo inclinado sobre una hoja de papel. Creo que estaba escribiendo un libro o algo así, nunca pude saberlo. Solo sé que luego le quedaba la mano muy dolorida… sin doble sentido.
José Luis sonrió ante el guiño picaresco de Ramírez.
—¿Y cómo es que se hicieron amigos?
—No sé si llegamos a ser amigos. Creo que nunca fue amigo de nadie. Lo que pasó fue que en una ocasión en que mis nietos me visitaban y que él estaba presente, uno de los niños dijo algo que me dejó muy mal.
—¿Muy mal?
—Sí, le dijo a la madre que le tenía que comprar un juguete nuevo ya que era parte del trato.
—No entiendo.
—A mis nietos yo les importaba un carajo —dijo Ramírez con desinterés—. Mi hija los sobornaba para que me visitaran, aunque ella tampoco lo hacía de pura bondad. Les dije que no era necesario que me visitaran nunca más a menos que fuera importante. Claro que siguieron viniendo unas semanas más, pero ya no lo hacen, excepto para las fiestas y esas cosas. Mejor así, de verdad. Pero en ese momento me sentí realmente muy defraudado. Yo creía que aún conservaba cosas de mi juventud, que a mis nietos les caía realmente bien. El enterarme de que casi no me soportaban me desanimó mucho.
—¿Y Ángel lo ayudó?
—No sabría decir si me ayudó o no. En realidad no mostró interés alguno. Yo le grité alguna que otra vez porque no soportaba que no tocara el tema del soborno del chico. Esperaba que me dijera algo, lo que fuera… Cavé mi propia tumba si se quiere decir. Es decir, en su silencio me hizo ver lo desagradable que había sido con él y con muchos otros. La única vez que me respondió me dijo que era un viejo patético que se lamentaba de cosas tan banales como las que ya le dije. Me puse como loco, pero su tranquilidad era insondable. Me hizo ver las cosas desde una nueva perspectiva. Antes de enterarme de lo de mis nietos yo me aislaba de este lugar, me creía superior. Pero no lo era, en realidad estaba viviendo en un mundo de espejos. Estaba escapando de la realidad refugiándome en mi familia. Al caer en la cuenta de la mentira que yo mismo me había dicho, toqué fondo. Estuve muy deprimido. Fue Ángel el que me hizo poner los pies en la tierra.
—¿Qué hizo?
—Me dio un discurso sobre perros —rió el viejo—. Lo curioso es que en ningún momento hizo referencia a mi persona. Me contó una charla que tuvo con el portero, simplemente comenzó a hablar. Sus palabras fueron de mucha ayuda. Tardé mucho en darme cuenta de que en realidad eran para mí. Aun así, después de escucharlo no me recuperé. Era como si fuese nuevo en este lugar. No me atrevía a hablar con nadie, me daban miedo las miradas de los demás. Ahí sí que Ángel me habló directamente. Bueno, casi.
—¿Casi?
—Lo bueno y lo malo de Ángel era que nunca era muy directo. Cuando quería decir algo lo decía de una manera extraña. Por ejemplo, cuando me habló de lo que estaba por decirle no fue que vino y me dio un consejo, sino que me lo pidió. Me hizo pensar, me obligó a hacerlo. Era un viejo mañoso.
—¿Qué consejo le pidió?
—Era de noche y estábamos a punto de dormir cuando pidió mi atención. Me dijo que me tenía un poco de envidia por mi posición en el geriátrico y mi buena salud. Me hizo ver que había muchas mujeres en este lugar con las que yo podría pasar mejor los días. Cosa que yo ya sabía. Pero Ángel, con su forma tan especial de expresarse, me hizo ver que aún me negaba a bajar del altar en el que me había colocado al no responder a ninguna de esas damas. Prefería tenerlas pendientes a arriesgarme con alguna. O sea, me trató de viejo cobarde, pero una vez más, solo me enteré de eso bastante tiempo después. El caso es que esa conversación me hizo abrir más los ojos y comencé a ver mejor. Marita llamó mi atención de una manera inimaginable para mí en aquél entonces…
—¿Marita?
—La señora con la que entré hoy en la sala común.
—¿La de los sombreros?
—Sí, esa —rió Ramírez—. Pero lo malo es que ella, a diferencia de otras, modestia aparte, no mostraba demasiado interés en mí.
—¿No?
—No, aunque le cueste creerlo no todas me aman —contestó con humor.
—No hombre, si le creo —sonrió José Luis.
—El caso es que no tenía idea de cómo proceder. Ángel me dio el dato de que ella amaba la música clásica, sobre todo a Chopin.
—¿Chopin?
—Sí, es un compositor de música clásica. Era todo un romántico.
—¿Eso que toca siempre es de ese hombre?
Ramírez asintió.
—¿Y cómo se llama? Digo… eso que toca.
—No lo sé, eso Ángel nunca me lo dijo. Nombró algo sobre nocturnos, estudios, preludios y sonatas. Pero nunca supe qué fue lo que me enseñó a tocar. Yo creo que Ángel era profesor de música antes de que sus huesos vinieran a parar acá.
—¿Y nunca piensa cambiar la canción? —preguntó José Luis con cautela, con miedo de ofender al hombre.
—No podría, es lo único que sé tocar en ese condenado instrumento. Además, mi Marita dijo que nunca se cansaría de esa tonada y, mientras no lo haga, se la seguiré tocando.
—O sea que ese Ángel fue su compañero de cuarto, no se lleva ban muy bien, pero le enseñó a tocar la melodía esa.
—Sí, de no haber sido por esa enseñanza, nunca hubiera conocido a Marita como la conozco ahora —asintió Ramírez—. Sabe, es bueno recordar esos tiempos. Todo parecía tan… estancado últimamente.
—Sí, entiendo lo que dice, este lugar es como un cementerio donde los muertos aún caminamos —bufó José Luis.
—¡Pero bueno, hombre, usted sí que es negativo! Por aquí hay más vida de la que imagina, en serio. Lo que pasa es que la soledad nos lo impide ver y disfrutar.
—Eso dicen. Solo sé que, antes de venir aquí, la soledad no afectaba en nada mi vida.
—La soledad no es un estado, es un sentimiento… bueno, eso es lo que decía Ángel. Creo que tenía razón.
—Era un hombre muy sabio, ¿no?
—No lo sé. Le puedo decir que era un excelente profesor. Si logró enseñarme algo a mí… ¡A mi edad! Supongo que los perros viejos sí podemos aprender trucos nuevos —rió Ramírez.
—¿Interrumpo? —preguntó Marita ingresando en la terraza.
—No, nunca —sonrió Ramírez—. Estábamos hablando de Ángel.
—¿De Ángel? Llevaba tiempo sin escuchar de él.
—Yo pregunté —dijo José Luis.
—A usted lo he visto, siempre en el sillón frente a la sala común —le comentó la señora—-. Si entrara más seguido se divertiría más.
—Pienso hacerlo.
En ese momento envidió a Ramírez. Marita era una mujer extravagante y de un carácter peculiar. Sus palabras parecían ser acusadoras pero su tono de voz era empalagoso. Era una mujer que, en juventud, de seguro había tenido a todos los hombres pendientes de sus movimientos.
—Me alegra —sonrió ella.
—Bueno, estoy cansado y voy a dormir una siesta —anunció José Luis al ver que allí estaba convirtiéndose en un tercero en discordia.
—Lo veré luego —saludó Ramírez.
—¿Les molesta si los acompaño durante la cena? —preguntó un tanto avergonzado mientras comenzaba a retirarse.
—¡No, para nada! —exclamó Ramírez—. Nos vemos allí entonces.
José Luis se dirigió a su habitación a mirar un poco de televisión. Algunos vicios eran difíciles de dejar.

