La señora Carmen
José Luis terminó por dormirse después de las tres de la mañana. Tenía demasiadas cosas dándole vueltas por la cabeza. Pensaba en las palabras del portero: ¿era un perro o un condenado en el infierno?
Tomó una difícil decisión: hablaría con Carmen, la señora que había conocido a ese tal Ángel.
“Del dicho al hecho…” dice el dicho y José Luis comenzaba a comprenderlo mejor que nunca. No se animaba a acercarse a la señora. Pasaba mucho tiempo en su habitación y, el resto, charlando con otras residentes. ¿Qué decirle? ¿Por dónde comenzar? Pasó el día envuelto en dudas. A la hora de la cena, se sentó lo más cerca que pudo de ella, intentando escuchar algo que le diera una excusa para comenzar su charla.
Durante el día, había intercambiado un par de palabras con Joaquín y le había dicho que esa noche no iría a jugar al truco con él. Cuando lo hizo, no tenía idea del porqué; lo supo una vez que la comida terminó.
Caminó hasta su habitación, esperó unos minutos y volvió a salir. Dirigió sus pasos hasta la habitación de la señora Carmen y tocó la puerta antes de darse tiempo a pensar siquiera en lo que diría.
—¿Si? —preguntó la anciana al verlo.
—Mi nombre es José Luis… soy de dos habitaciones más allá —se presentó señalando con el dedo donde quedaba su pieza.
—¿Lo puedo ayudar en algo?
—No sé —dijo casi en voz baja. No sabía qué hacer ni qué decir—. Es que ayer estuve hablando con Joaquín, el ordenanza, y… bueno, él me habló de un residente de acá que ya no está, un tal Ángel…
—Sí, lo conocí. Pero aun no entiendo qué es lo que quiere.
—Bueno, de ser sincero, quería saber un poco sobre ese sujeto. Joaquín me dijo que era excepcional, pero que él no había llegado a conocerlo tanto como otros, que usted lo conocía y…
—¿Y quería que yo le vaya con el chisme?
—No, no, no es eso —se espantó José Luis; estaba haciendo todo mal.
—No se preocupe, a mí me encanta el chisme —rió la señora abriendo la puerta de su habitación—. Ahora pase, que si sigue ahí parado el chisme vamos a ser nosotros.
—Permiso.
—Tome asiento —ofreció la señora señalando una silla que por lo general usaban las visitas, mientras que ella se sentó en la cama—. Déjeme decirle que si bien el señor Ángel es para mí una persona a la que aprecio mucho, no lo conocí tanto como me hubiera gustado. La mejor información la puede sacar usted de quien fue su compañero de cuarto.
—¿Su compañero?
—Sí, Ramírez, es el que toca la misma canción todos los días.
—Ah, Joaquín también me había dicho que él lo conocía, pero no me había dicho que eran compañeros de habitación.
—No eran muy allegados, le diré —comentó Carmen guiñando un ojo—. Al menos no al principio; pero con Ángel, una no puede saber del todo. Él tenía una energía tan fuerte que era imposible no prestarle atención. Dicen que era maestro y no dudo de que lo fuera.
—¿Y usted cómo lo conoció?
—No en muy buenas circunstancias. Cuando Ángel llegó hasta acá, mi marido estaba comenzando a mostrar los síntomas del cáncer que se lo llevó. Ángel me ayudó mucho a seguir adelante cuando se lo llevaron a la operación la primera vez.
—¿La primera vez?
—Sí. Tuvieron que quitarle un pulmón. Pude ir a verlo una vez, pero estaba tan cambiado, tan consumido, nunca me había sentido tan triste en la vida. Una vez que terminó su terapia intensiva, lo regresaron acá. Pasé todas las noches con él. La operación había salido bien, pero ya había ramificaciones y no podían volver a operarlo. Creo que si lo trajeron acá era porque ya no podían hacer nada por él en el hospital… y para que estuviera conmigo en sus últimos días.
—Me imagino que Ángel le habrá dado apoyo cuando eso pasó.
—En realidad casi ni me hablaba, es más, creo que ni siquiera se acercó a darme el pésame.
—No entiendo.
—Pocos lo hicieron —expresó sonriente—. Ese era uno de sus encantos. Ángel era un misterio.
—¿Y cómo fue que se hicieron amigos?
—Ángel estuvo casi dos semanas antes de que se llevaran a mi esposo a la operación. Sabe, mi esposo y yo somos de los pocos que vinimos acá por voluntad propia. Teníamos dinero, buenas jubilaciones y pocas ganas de salir a la calle para que nos robaran o para caernos. Arreglamos con un abogado y nos consiguió una habitación doble y hasta una cama matrimonial. Pero bueno, no es eso lo que le interesa; le estaba diciendo que Ángel vino a Buen Pasar unas dos semanas antes de que a mi esposo se lo llevaran. En ese tiempo, mantuvo muchas conversaciones con él sobre la vida y no sé qué más. Mi esposo era profesor de filosofía, por eso es que sé que Ángel era profesor o algo parecido, puedo reconocerlos.
—¿Sabe de qué?
—Tengo mis sospechas —respondió con una insinuación de sonrisa en su boca—, pero me las voy a guardar durante un tiempo. Lo que le recomiendo es que hable con Ramírez, a él le va a dar gusto hablar con usted sobre Ángel. Y si se atreve, un día de estos, siéntese en la misma mesa que él y pregunte por el enfermero Polo.
—¿El que estaba antes por las noches?
—¿Ya le contaron?
—No mucho. Joaquín lo mencionó, no su nombre, pero sí me dijo que era desagradable.
—Lo era, créame, pero si quiere saber cuánto, insisto en que toque el tema durante una cena en la mesa de Ramírez.
—Tal vez mañana…
—No, no —lo cortó riendo—. Si lo hace antes de hablar con Ramírez, él va a ser el que quiera contar todo. Le recomiendo que primero hable con él y, luego, pregunte. Ahora, si no le molesta, quisiera acostarme a ver mi programa.
José Luis asintió y se marchó a su pieza.

