Ángel
Joaquín comió ligero. Sentía un nudo en el estómago debido a la visita de José Luis. Llevaba mucho tiempo sin conversar realmente con alguien y sabía que hacerlo era algo peligroso. Al menos en la situación en la que él se encontraba.
Miró las cartas sobre la mesa y el reloj, eran casi las diez y José Luis no se había presentado. ¿Se había arrepentido? ¿Lo había detenido alguien en el camino? ¿Solo le había dicho que iría para quitárselo de encima?
Estaba tan ensimismado en sus pensamientos que no escuchó los suaves golpes en la puerta. Joaquín se levantó y decidió esperar en la cama. Entonces los golpes se repitieron con un poco más de intensidad.
—Pensé que se había quedado dormido —le dijo José Luis cuando abrió—. ¿Está listo para perder una partida al truco?
—Siempre —sonrió Joaquín, que dejó pasar al residente y miró a ambos lados antes de cerrar—. ¿Tuvo problemas para llegar?
—No, la enfermera de turno se la pasa haciendo crucigramas —sonrió el invitado.
—Bueno, es mejor que el de antes —dijo Joaquín—. Ese era, disculpe la mala palabra, un hijo de puta.
—¿Qué hacía? —preguntó el residente con interés.
Llegaron a la pieza en la que estaban la mesa y el anafe y tomaron asiento.
—Si charlara con los otros ya lo sabría, es casi una leyenda —rió Joaquín.
José Luis asintió con repentino desinterés y tomó las barajas. Mezcló y le cedió el mazo a Joaquín para que cortara.
—¿A quince está bien?
—Me parece perfecto —asintió Joaquín—. Cualquier cosa mañana jugamos las buenas.
Cortó más o menos por la mitad y José Luis repartió. La velada pasó sin mucha charla. Se limitaban a cantar sus tantos y a mostrar las cartas sobre la mesa. Joaquín se moría de ganas de hablar, pero no quería presionar al anciano y provocar que no regresara. Pese a la hora, calentó agua y preparó unos mates, que su invitado aceptó con ganas.
—Al final no me comentó nada sobre ese amigo suyo —deslizó el anciano cuando faltaba poco para que la partida terminara.
—Es cierto. Es que estaba distraído. ¿Qué le interesaría saber?
—No sé, cualquier cosa —José Luis se encogió de hombros, miraba sus cartas como si hablara con ellas.
—Se llamaba Ángel y estuvo aquí alrededor de dos o tres meses. Joaquín sacó una de sus tres cartas, amagó con ponerla en la mesa y la volvió a guardar. Escogió el doce de copas y la puso frente a su contrincante.
—¿Murió?
—No importa, lo que importa es lo que hizo, lo que dijo.
—¿Puede ahora darme un ejemplo? —dijo José Luis—. Por cierto, se le olvidó cantar el envido.
—No quiero… Sobre darle un ejemplo… hay tanto de dónde elegir… Además, muchas de las cosas sobre él las saben mejor otros residentes que yo —explicó Joaquín—. Se hizo muy amigo de la señora Carmen.
—No la conozco —respondió el viejo dejando caer el uno de oros y colocando encima un caballo.
—La señora que se la pasa en su habitación, seguramente la vio en la cena, tiene tendencia a reír mucho —describió Joaquín, a lo que José Luis asintió—. También fue amigo del señor que toca el piano de la sala común. ¿Estamos jugando al “truco”, no?
—¿El que toca siempre lo mismo? ¿El que se la pasa diciendo piropos viejos a… la señora esa que suele usar sombrero y tiene bastón?
—Sí, a ese.
—A veces desearía que se le cayeran los dedos a ese tipo, toca siempre lo mismo —bufó José Luis—. El otro que se mete a tocar de vez en cuando se equivoca pero, al menos, tiene más repertorio.
—No creí que usted pasara mucho tiempo en la sala común.
—No me permiten sentarme en los sillones cercanos a la entrada, así que me paso bastante tiempo en los que están frente a esa sala, en donde hablamos hoy.
—Le canté truco —repitió Joaquín luego de asentir.
—¿Cómo? —preguntó José Luis un poco confundido.
—¡Truco!
—Mmmmm quiero.
Joaquín colocó un dos de oros en la mesa.
—Quiero retruco —desafió José Luis.
—Quiero vale cuatro —sonrió Joaquín. José Luis le mantuvo la mirada durante un rato y terminó negando.
—Parece que sabe mentir —dijo sonriendo el huésped mientras colocaba la carta que le quedaba en el mazo.
—Sí, es algo que tuve que aprender —asintió Joaquín anotando los puntos ganados.
—¿Para? —preguntó el viejo volviendo a mezclar las cartas.
—Para estar acá… para continuar adelante…
—Y eso que usted puede salir cuando quiere… —sonrió José Luis.
—No, yo acá estoy trabajando, pero también ya casi soy un residente más. Me vigilan mucho, no puedo moverme demasiado por mi cuenta.
—Bienvenido al infierno —rió con tristeza el anciano mientras colocaba el mazo para que el ordenanza cortara.
—No, no creo que esto sea el infierno. Es lo que se dice una vida de perros —dijo Joaquín cortando.
—No sé, los perros tienen suficiente alegría como para mover la cola.
—Lo sé, pero si se fija bien, también nosotros. ¿En que nos diferenciamos de los perros? Estamos encerrados y dependemos de otros para salir a dar una vuelta por la plaza, nos retan si ensuciamos la alfombra y nos ignoran y tratan con la amabilidad que se tiene para con alguien a quien se cree idiota.
—Sí, algo de razón hay en eso —asintió José Luis y empezó a repartir las cartas.
—Aún no se ha organizado ninguna excursión desde que usted llegó, pero cuando la haya lo va a ver. Los rostros felices y las colas moviéndose. Juro que somos perros, incluso yo muevo la cola cuando anuncian que nos van a llevar al mundo exterior, ya que a mí también me dejan participar en las excursiones. Todos se alegran y arreglan para ir al Jardín Japonés o a cualquier lugar. No importa dónde, siempre y cuando sea fuera de acá. Nadie elige a dónde ir, solo tienen el largo de su correa y esa libertad les alcanza hasta que se les hace la hora de volver. Es cruel, pero claro, somos viejos, necesitamos la protección y cuidados de los jóvenes o terminaríamos ahogados en un vaso de agua.
—Algunos lo necesitan —contestó José Luis—. Pero tiene razón.
—Sí, lo que pasa es que lo necesitan cada vez más. A ustedes les organizan la vida de tal manera que los debilitan, los acostumbran a comer a tal hora, a beber lo suficiente como para que no tengan sed y para que no terminen con muchas ganas de ir al baño por la noche. Les arrancan la libertad y les palmean la cabeza si se portan como buenos perros —Joaquín miró sus cartas y luego a su contrincante—. ¿No tendría que haber dado yo?
—Suena como si usted también lo sufriera. Pero estoy seguro de que para usted no será tan terrible, lo que ha dicho ya lo había notado —asintió José Luis—. Sí, creo que usted fue mano el turno anterior, pero no importa, las cartas ya fueron echadas —suspiró como si hablara de otra cosa.
—Si suena como si yo lo sufriera es porque estas palabras no son mías, son de mi amigo. Fue él quien las vivió y quien las dijo. Yo las aprendí y noté que mi vida no es tan diferente a las suyas.
—Entonces comprenderá el porqué de mi soledad —respondió José Luis—. No quiero terminar siendo como los otros prisioneros, no quiero terminar siendo un perrito faldero. Si acepté venir acá a jugar con usted es porque es algo que sé que no debería hacer. Es algo que yo decidí hacer más allá de los horarios que me intentan imponer y demás. Yo tampoco puedo dormir bien, no puedo acostumbrarme a dormir en una cama individual, estuve más de treinta años durmiendo en una cama matrimonial y cinco de ellos estuve solo.
—Lo entiendo. Sé que es así, por eso tenemos que mentirnos un poco para ver las cosas de otra forma.
—¿Terminar como los demás?
—No, la mayoría no se mienten a sí mismos, la mayoría vive en ese mundo sin saberlo. Tiene que ser consciente de dónde está parado y de qué es lo que lo rodea, pero no necesita ser un perro malo, recuerde que esos son los que van a las perreras. Todos estamos en la misma hilera, ¿por qué aburrirnos y esperar a nuestro turno por ser testarudos, si podemos distraernos charlando con los demás?
—¿Quiere decir que mi estadía en este lindo lugar sería mejor si hago amigos?
—No, dudo que usted pueda encontrar muchos amigos acá, pero estoy seguro de que, si se pone a charlar con los demás residentes, va a notar que acá adentro hay más historias interesantes que las que hay en la televisión. Verá que cada día es uno diferente. Las personas son tan interesantes…
—Me gustaría probar, pero va más allá de mí, no puedo acercarme a alguien a hablar así como así y ya no espero que nadie se me acerque.
—Pregunte sobre Ángel. Es un tema del que a muchos les gusta hablar. ¿Envido?
José Luis sorbió su mate haciendo mucho ruido
—Falta envido.
Joaquín enseñó sus dientes un poco amarillentos en una sonrisa voraz.
—Quiero, veinticuatro —dijo mostrando una sota y un cuatro de bastos.
José Luis miró sus cartas y empezó a reír…

