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Joaquín y José Luis

Joaquín caminaba por el pasillo que más visitaba, no por gusto propio, sino por ser el que daba a la sala común y de juegos. Muchos ancianos pasaban por él, lo que significaba que era el lugar donde más trabajo había. Llevaba un balde con agua enjabonada y un trapeador; la señora De Lucía había tenido otro de sus “accidentes”,  así que un gran charco de orina esperaba por él para ser limpiado. No le molestaba. Llevaba tiempo sin que nada llegase realmente a importarle demasiado. 

Mientras limpiaba el orín, escuchaba cómo dos de los residentes del geriátrico discutían sobre política. Los tonos de ambos ancianos eran un poco altos y subían a cada segundo y Joaquín sabía en qué podía llegar a terminar aquello. Dejó el trapeador apoyado en una pared y se acercó a los huéspedes.  

—¿Algún problema, señores? —les preguntó. Su voz era una mala imitación de un policía de película. 

Ambos residentes guardaron silencio sin dejar de discutir con sus furiosas miradas. 

—No —dijo uno de ellos—. Yo no me hago problema por las locuras de las pobres personas seniles. 

—Me alegro de que las cosas que tiene en la cabeza no le causen problemas —dijo Joaquín conteniendo verbalmente el inminente ataque del otro anciano—. Si no hay ningún problema, ¿por qué no aprovechan tan lindo día caminando un poco o disfrutando del sol? 

—Tiene usted razón, Joaquín —dijo el anciano que aún no había hablado—. No hay nada que se pueda disfrutar más que el tibio sol que cae sobre la terraza. 

—El sol cae bien en todas partes y no gracias a la gravedad, además en la terraza no hay tantas plantas lindas como en el jardín —contestó  Joaquín, que sabía muy bien que el otro viejo andaba con problemas  de cadera y no podía subir. 

Por suerte, las agresiones entre los residentes terminaron allí y ambos se separaron por las buenas, sin más que un cruce de miradas de ojos fríos y desafiantes. Los demás ancianos, que esperaban ver algo un poco más interesante que eso, se desparramaron y volvieron a sus cosas. Joaquín se apresuró a terminar de limpiar el suelo. Una de las enfermeras le sonrió y le guiñó un ojo. Era bueno saber que no todo el personal del geriátrico estaba en su contra. 

La enfermera se le acercó y le dio una nueva tarea. Nada difícil ni nuevo: debía cantar los números en el bingo que habían preparado. Se aseguró de que las jugadoras no se arrancaran los ojos cada vez que dos o tres de ellas cantaban casi al mismo tiempo cartón lleno o una línea. Como cada vez que cantaba los números, lo hizo con lentitud y voz clara, después se encargaba de repartir los premios. Como el dinero no era algo que sirviera mucho en la vida dentro de Buen Pasar, los premios del bingo eran cosas materiales: un mes de televisión por cable gratuita, una hora extra por semana en la piscina, algún tratamiento en la peluquería, bombones, dulces y todo tipo de cosas como esas.  

Por lo general, los premios que más se anhelaban eran los dulces o la hora de piscina, por lo que Joaquín solía dejar dichos premios para el final del juego. Lo que más se solía dar eran pequeños adornos o flores. 

Ese día, el premio final había sido una lata llena de caramelos de anís y de menta. La mujer que ganó repartió algunos caramelos entre las contrincantes y hasta le ofreció varios a Joaquín como agradecimiento. 

Una vez que el bingo se acabó, Joaquín se dirigió a sus habitaciones. No eran como las que usaban el resto de los residentes: él tenía una habitación con tamaño suficiente como para tener una cama, un escritorio y un placard, además de un anexo en donde tenía un pequeño anafe para calentar el agua de la pava, una heladerita y una mesa. 

Se recostó pensado en José Luis, en su cara de tristeza. No se había atrevido a hablarle nunca, pero había logrado averiguar algunas cosas sobre él. Eso era algo peligroso: si bien por su trabajo el mantener charlas con los residentes era algo común, para él no lo era. Ya había tenido problemas y lo vigilaban constantemente. 

Antes de que pasaran diez minutos de estar recostado, sonó el timbre que anunciaba que sus servicios eran necesarios. Se levantó sujetándose la cadera y se dirigió a la puerta. 

—Hubo otro “accidente” en la sala común —le dijo una enfermera con cara de desprecio. 

Joaquín le sonrió y tomó su balde de agua enjabonada y el trapeador. La enfermera se hizo a un lado y lo observó alejarse. Al llegar a la sala común, Joaquín vio a José Luis sentado en uno de los sillones de cuerina negra. El charco de orina estaba no muy lejos de él, pero José Luis no parecía notarlo. Antes de poder  comenzar a limpiar, Joaquín se vio obligado a intervenir en una discusión entre dos ancianas. Se peleaban por un supuesto robo de caramelos. Lo pudo solucionar sin muchos problemas; había pasado mucho tiempo escuchando a psicólogos y sabía qué tonos de voz emplear y qué palabras obviar. 

Una vez solucionado eso, regresó a su trabajo original y le dirigió una sonrisa a José Luis, pero este pareció no verla. En otros tiempos, Joaquín habría ignorado al anciano y lo hubiera dejado estar, pero ahora no lo haría. La memoria de su amigo no se lo permitía. Su forma de pensar y su vida misma habían cambiado en los últimos meses. Sabía que no era un caso particular, su amigo había afectado la estadía de otros ancianos en su tiempo en el geriátrico. 

Tenía que tomar cartas en el asunto. Llevaba demasiado tiempo barajándolas, era tiempo de que las jugara de una vez.

—¿Está usted bien? —preguntó a José Luis. 

José Luis alzó la vista y lo miró. Por un segundo, Joaquín percibió una expresión de sorpresa en el arrugado rostro, pero duró muy poco: se desvaneció tan rápido como un trozo de hielo en un volcán en erupción. José Luis le hizo una mueca que pudo haber sido un intento de sonrisa. 

—Estoy como usted me ve —respondió al final. 

—Bueno —sonrió Joaquín, que no podía evitar sentirse nervioso por la situación—. Yo lo veo un tanto solitario, pero puede ser debido a que olvidé mis gafas. 

—La soledad es buena para aquellos que tienen cosas en que pensar. 

—Cosas no muy buenas según su expresión —se atrevió a decir Joaquín. 

—¿Necesita algo? —preguntó José Luis cortante.

—No. En realidad no. Es solo que… 

—Solo que ¿qué? —José Luis empleaba un tono seco, parecía un padre regañando a un hijo. 

—Que usted me recuerda a alguien. 

—¿Yo? 

—Sí, usted —Joaquín notó nuevamente la expresión de sorpresa  en el rostro de José Luis. 

—¿A quién cree que me parezco? 

—¿Parecer? No, a nadie. Es que me hizo recordar a un amigo que tuve, un gran sujeto. Él también era un residente en esta casa de reposo. 

—¡Ja! —rió cínico José Luis—. “¡Casa de reposo!”. Linda forma de decirle a éste geriátrico-prisión, aunque si no le molesta, creo que sería más propio agregarle al final la palabra “eterno”. 

—Supongo —respondió Joaquín sonriendo—, pero si le dijeran “casa de reposo eterno” dudo que pudieran llenar demasiadas de sus suites. 

—No me extraña que le recuerde yo a alguien; supongo que, con el tiempo, todas las caras que deambulan por acá se terminan pareciendo. ¿Y dónde está el otro “recluso” al que yo le recuerdo? 

—Así es, hay muchas caras iguales por acá, expresiones vacías, casi sin vida —suspiró el ordenanza—. Pero aún hay muchos que disfrutan de su vida. No permiten que un contratiempo más les impida  disfrutar. Usted aún tiene espíritu, eso se ve. 

—¿Qué hay en mí que se lo recuerde? —preguntó José Luis por que, al ver que su pregunta no iba a ser contestada, supuso que el otro viejo había muerto. 

—Muchas cosas —respondió Joaquín recordando—. No solo a él, también a muchos de los que lo rodeaban. 

—¿Cosas malas? 

—Es difícil para mí, a esta altura de mi vida, ponerme a catalogar cosas como buenas o malas. A mi parecer, él hizo mucho bien, aun que nunca va a faltar alguien que esté dispuesto a decir que era un viejo mezquino y maldito. Pero no creo que encuentre a muchas de esas personas por aquí dentro. 

—¿Me puede dar un ejemplo? 

—No —contestó Joaquín casi cortante, porque llevaba ya un tiempo de haber terminado de limpiar el charco de orín y estaba siendo observado—. En este momento no —sabía que lo que iba a decir era  una mala idea y, sin embargo, no le importó—. Pero si quiere charlar sobre esto u otra cosa, nos podríamos reunir a la noche. Yo no soy de dormir mucho, así que la hora no me importa tanto. Tal vez podríamos jugar una partida de ajedrez o damas mientras charlamos. 

—No sé jugar bien a esos juegos —contestó José Luis extrañado por la desilusión que percibió en el rostro del portero—. Son juegos que nunca me atrajeron, pero si tiene cartas… no sé, podríamos intentar unas manos al truco o al chinchón. 

—Soy tanto conserje como sereno en este lugar; no oficialmente pero lo soy —sonrió Joaquín—. ¿Cómo podrían faltarme cartas? Las suelo usar para jugar algún que otro solitario, pero supongo que sirven para cualquier tipo de juegos, no están marcadas y el mazo está  completo. 

—Entonces si no está muy ocupado ni cansado… ¿lo veo después de la cena? 

—Suelo cenar una hora después que ustedes —respondió el portero y, al decir “ustedes”, José Luis lo miró un poco enojado—. Así que si no le molesta preferiría que se reúna conmigo tipo diez.

—Voy a revisar mi agenda —ironizó el anciano—. Pero creo que la poca cuota de eternidad que me queda la tengo libre. Antes de que Joaquín pudiera contestar, una enfermera se acercó a ellos y le dio una nueva tarea; al parecer, la discusión sobre los caramelos se había reiniciado. Joaquín le dedicó una sonrisa cómplice a José Luis y se retiró arrastrando su balde y el trapeador. José Luis  sonrió con sinceridad por primera vez desde que había ingresado a Buen Pasar.

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