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José Luis

Joaquín se encontraba fregando uno de los muchos pasillos de Buen Pasar. Cerca de la sala común, en donde todos los ancianos se reunían a charlar, jugar bingo, cartas o lo que encontraran, José Luis estaba sentado como siempre, solo y sin hablar con nadie. Él no pertenecía a aquel lugar. Él había tenido un negocio propio y una casa propia, no era justo que los demás decidieran qué hacer con él a esa altura. 

Pero al parecer eso no le importaba a nadie. Para el mundo, él no era más que otro viejo cascarrabias que solo estorbaba a la importante generación de trabajadores y seres de utilidad extrema, o sea, aquellos que aún se despertaban todas las mañanas para ir a trabajar en pos de ganar dinero y poder alimentar a su familia esperando que la vejez llegara. Claro que en ese momento ninguno pensaba que, al llegar la susodicha vejez, se pasaría a otro estado de existencia en el que, para la gran mayoría, uno no era más que una molestia a la que se aguantaba en memoria del pasado. Al menos su hijo así parecía pensar; si no, ¿por qué lo había dejado en ese maldito lugar? 

Veía a los otros ancianos, algunos con eternas sonrisas, otros con melancolía extrema. Miraba a aquellos que no podían caminar, a los que no podían pensar, a los que no podían aceptar en dónde se  encontraban. 

Poco tiempo después de llegar al asilo, había intentado escapar. No había hecho un plan ni mucho menos; simplemente caminó hacia la puerta de entrada e intentó seguir caminando hasta estar lejos. No pudo llegar lejos, ni siquiera pudo salir del jardín del frente sin que uno de los enfermeros se le acercara para entablar una conversación sobre el clima y quién sabe qué más. 

De todos modos lo había intentado y terminó forcejeando con el hombre. Perdió el forcejeo y aún continuaba en su prisión. Aburrido, incapaz de sentirse a gusto. Sintiéndose traicionado. Un par de  olvidos y una caída eran las excusas perfectas para cualquier hijo.  “Es mejor para vos”. “Vas a estar más cómodo, ya no vas a tener que preocuparte por nada”, le habían dicho. Claro que, oportunamente, se olvidaron de notificarle que ya no podría elegir qué comer y qué no, a dónde ir y a dónde no. 

Era, sin dudas, una prisión. Podían ponerle la cantidad de plantas de interior que quisieran y dejarlos ver el sol cuantas veces pudieran, pero eso seguía siendo una prisión. El carcelero estaba disfrazado de  hombre comprensivo y su celda era amplia, pero seguían siendo un carcelero y una celda. 

Algunos de los otros huéspedes se le habían acercado para charlar, para chismosear y averiguar quién era, pero él los había ignorado: no iba a aceptar su suerte, no iba a dejarse llevar por el acostumbramiento que era una trampa, una forma de romper la voluntad  de las personas… Si el tiempo hablara, de seguro saldría de testigo. ¿Quién diría que al llegar a viejo tendría tanto tiempo entre sus manos? Los días parecían no pasar, parecía que se repetían en un montón de frases y actos similares. Despertar, desayunar rodeado de desconocidos, vagar durante un rato largo, hacer ejercicios, seguir vagando, mirar a otros morir a la misma velocidad que él. Aquello era aterrador. ¿Cómo a alguien se le podía ocurrir mandar a una persona viva a un lugar como ese? Entendía los casos en donde la persona internada estaba en muy mal estado, tanto mental como de salud: estar allí les era favorable por tener atención inmediata,  no tener que aventurarse a salir a comprar algo para comer o hasta arriesgarse a cocinar. ¿Pero qué clase de vida se lograba? ¿Realmente una persona con problemas motrices prefería estar encerrada en una casa grande, incapacitada para elegir? 

Además, la cena en el geriátrico se reducía a comer aquello que estaba acordado en el menú de cada día, de cada semana: pastas un día, carne otro, pescado otro. Pollo hervido para los que no podían comer casi nada y pizza los sábados a la noche. 

José Luis suspiró con tristeza. ¿De qué había servido? ¿De qué había servido su vida? Tanto trabajo y preocupación para ser un hombre de bien, tantas idas y venidas para mantener a la familia como se merecía, ¿y? ¿Qué había logrado con eso? 

Sabía que estaba en los últimos vagones de su vida. La mayor parte ya se había perdido en las sombras del misterioso túnel. ¿Qué habría del otro lado? ¿Vería un montón de nubes blancas y ángeles al morir? ¿Podría existir un lugar de sufrimiento eterno? 

José Luis pensó en el infierno por cuarta vez durante aquel día. Estaba sacando filo a una posibilidad que ya muchos habían tanteado, pero a él no le importaba. Mientras lo distrajera, servía. No pretendía cambiar al mundo a esa altura de su vida. Pensaba que el epicentro del infierno, su finalidad, era el sufrimiento eterno. Una eternidad de sufrimientos sin descanso. Entonces, de ser así, no era el infierno la vida en la Tierra. Claro que la vida de los seres humanos no era en todo momento sufrir, pero eso no echaba por el caño su teoría, ya que si no hubiese instantes de felicidad, ¿quién sería capaz de saber que estaba sufriendo en verdad? 

No era mala teoría: uno vivía uno y mil problemas en su vida. Sin importar qué clase de vida una persona haya podido llevar, siempre habrá tenido males en ella. Entonces, al morir, en el seno de su mente espera la respuesta definitiva a su vida y a su existir y se encuentra con un montón de olvido y una nueva vida que vivir, y así durante la eternidad. 

Muchas veces los males serían el hambre, la miseria, la falta de amor; en otras ocasiones los males podrían ser que no hubiera el color que uno deseaba para su coche, que un hijo no fuera lo que se esperaba o cualquier otra cosa. Los problemas no se miden por sociedades, sino por las realidades de cada individuo. Un hombre pobre que pasa hambre día a día, puede que vea su problema y lo resienta. Pero para un hombre con trabajo y dinero como para comprar comida, su razón de sufrir puede que sea el no poder tener un televisor más grande o no poder comprarle a su hijo la computadora que este quiere. Al parecer, los problemas del segundo hombre serían más superficiales, pero en su realidad ¿son menores que los problemas del hombre pobre? ¿Acaso los dos no sufren por los aspectos de su cotidianidad? 

José Luis creía que sí. Creía que estaba en el mismo infierno y que al morir comenzaría a saborear otro, en donde el diablo o dios le darían una vida llena de cosas inalcanzables, un montón de sueños para romper, un montón de alegrías para que las tristezas se  sintieran realmente. 

Se levantó y se dirigió a su habitación sonriendo con amargura. Pensar que su hijo había estado a punto de mandarlo a una habitación compartida… ¡No solo lo iba a privar de su libertad, sino que también había pretendido encerrarlo con un completo extraño! 

A su edad, no estaba interesado en dejar que ningún desconocido  supiera el color de sus calzones. 

En su pieza tenía una pequeña televisión con servicio de cable. Era una forma de morir tan buena como cualquiera. Al menos, en la tele podía darse cuenta de que el mundo cambiaba. De que los días pasaban y no todo se repetía una y otra vez. 

Por un segundo, mientras caminaba por uno de los pasillos, consideró invitar a algún otro viejo a ver la televisión con él. Más de un residente del geriátrico no gozaba de esa comodidad y se limitaba a observar por las ventanas abiertas o saliendo al jardín o a la terraza. Pero no lo hizo, cada quien con lo de cada quien. 

Llegó a su habitación –su pequeña vivienda–, donde tenía su mesita de luz, su cama y su placard para guardar la ropa que había llevado. Se recostó en la cama y prendió la televisión. Se sentía un poco incómodo, había pasado demasiado tiempo durmiendo en una cama tamaño matrimonial y la angosta cama de una plaza le hacía temer caerse. Puso un documental sobre una guerra, no supo ni le interesó cuál. Solo se limitó a que las imágenes atravesaran su vida y le permitieran ignorar el repetitivo tiempo.  

Se quedó dormido.

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