Joaquín
El geriátrico o casa de descanso Buen Pasar es un lugar agradable ubicado en un barrio tranquilo. Ocupa toda una manzana y es reconocido como uno de los más confortables considerando sus precios. En ese establecimiento trabaja un hombre de suficiente edad como para ser uno más de los residentes: Joaquín, que tiene ya sesenta y cuatro años y piensa en retirarse a los sesenta y seis. Es un hombre de buena condición física y de gran amabilidad para con los ancianos que disfrutan de las comodidades de las instalaciones. Por suerte para él, el contrato de trabajo que le habían dado decía que, en cuanto se jubilase, podría disfrutar del lugar de forma gratuita. De otra manera, terminaría sus días en un sucucho como esos en los que había pasado tantos años de su juventud.
Cuando Joaquín tenía diecinueve años, su madre fue raptada por el dragón del cáncer. Menos de un año después, el corazón de su padre decidió dejar de funcionar para ir a reunirse con su princesa perdida. Así fue como él quedó solo y prácticamente sin nada. Perdió la humilde casa en la que vivía junto con el resto de sus cosas, pero quedó sin deberle nada a nadie, como era debido. Con solo unas mudas de ropa, vivió durante algunos años disputándose entre piezas destartaladas (a las que accedía por poco dinero), plazas y calles. Fue cuando cumplió los treinta años que logró tomar un poco de control de su vida y defenderse mejor. Había conseguido un trabajo de peón en una fábrica y el sueldo le había sido suficiente para alquilar una pieza en una pensión y pasar hambre sin morir de ella. Allí le ofrecieron otro trabajo discordante de lo que venía haciendo, pero mejor pagado: con treinta y cinco años de experiencias de vida, lo nombraron portero en un edificio de una buena zona de Buenos Aires, en donde en menos de un año de trabajo ya había conseguido ser respetado por todos los inquilinos y amado por una de ellos. Se casó poco antes de cumplir los cuarenta y quedó viudo antes de cumplir los cincuenta.
La pérdida de ella fue el golpe más duro que la vida pudiese darle. Había perdido a sus padres, vivido en las calles, pasado alguna que otra noche en comisarías y hasta había llegado a tener que revolver basura para darle algo a su estómago famélico, pero nunca, en todos sus años de vida, se sintió tan miserable como cuando ella murió. Había sido un accidente estúpido que, sin embargo, había cambiado su vida de una manera impensable. Sus deberes como portero se le hicieron imposibles de llevar. No le encontraba sentido alguno a las tareas que debía desempeñar. Perdió su trabajo poco a poco y así fue que intentó poner fin a su vida saltando de un puente para hundirse en algo más que en su tristeza. Pero alguien lo había visto saltar y, cuando pensó que ya había muerto, se encontró despertando en una habitación de lo que había creído un hospital. Resultó que estaba en un psiquiátrico en donde permaneció un tiempo bajo cuidado, tomando antidepresivos y hablando de su vida con gente que no se dignaba a mirarlo a los ojos y solo se limitaba a asentir cuando él hacía algún que otro silencio. Pero lo cierto es que hablar con esos desconocidos lo había ayudado.
Los remedios quedaron detrás y le consiguieron el puesto en el que se encontraba. No era feliz y nunca lo sería. Su tristeza lo acompañaba sin importar qué tanto le sonriera la vida. Lo cierto era que, anímicamente, estaba en la misma posición en la que estaba al saltar del puente, pero ya no lo volvería a hacer. Tenía suficiente edad como para dignarse a esperar una muerte natural. ¿Para qué adelantarse a los hechos? Tarde o temprano la Muerte visita a todos; ¿de qué le servía colarse en la fila?
La vida en Buen Pasar era llevadera. Sus labores no eran muy difíciles, sus años de terapia en el psiquiátrico lo ayudaban a salir adelante en muchas ocasiones cuando los ancianos peleaban entre ellos y sus años de portero le servían para tareas comunes como limpiar, sacar la basura y hacer arreglos sencillos.
No había tenido una vida de ensueño, pero sí una vida interesante. Había visto mucho y conocido cosas que la mayoría ni siquiera se molesta en imaginar. Había aprendido cosas que nadie puede aprender en libros ni en escuelas. No eran cosas que le abrieran caminos a éxitos ni que se pudieran aplicar de alguna forma para acceder a un mejor nivel, pero eran cosas que lo habían hecho pensar, le habían hecho ver la vida desde una perspectiva mucho más amplia y abierta. Su vida le había dado mil y una ocasiones para reflexionar. Al principio había sido difícil. No hay nada más difícil que enfrentarse a la propia mente, a la propia alma. Pero él lo había hecho y, después de todo, había sobrevivido.
Una y otra vez se decía que, de no haber sido por esa vida, no hubiese actuado de la forma en que lo había hecho. Aún tendría un lugar cómodo en donde trabajar, los jefes no lo estarían vigilando todo el tiempo. Aún tendría un amigo con quien charlar durante las noches.
Pero en ningún momento se arrepentía de sus decisiones; sabía que había obrado bien y, de tener la oportunidad de regresar al pasado, estaba seguro de que volvería a hacer lo mismo. Además, el estar vigilado no era algo tan malo. Ya se había acostumbrado a las malas miradas y a los murmullos. No le importaban, mientras lo dejaran continuar con su trabajo, todo estaba bien. En los últimos días tenía algo en qué entretener su mente: el nuevo residente. Un viejo solitario de expresión triste. Por alguna razón quería conocerlo, hablar con él. Algo le recordaba a su amigo. Lo veía todos los días sentado en los sillones de cuero que suelen usar los visitantes. Solo, misántropo. No podía dejar de preguntarse quién era, por qué tenía esa actitud. De ayudarlo en la medida de lo posible.

