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Los señores Del Paso

El viejo miró las cajas vacías y sintió un escalofrío. 

Todavía le dolía la cadera del último golpe que se había dado. Un enorme moretón en la zona evidenciaba su torpeza. Aunque era orgulloso y no quería demostrar ningún signo de debilidad, rengueaba un poco al caminar. Ya había pasado los ochenta años; los últimos cinco como un hombre viudo.  

Tenía su casa propia, que mantenía a duras penas con su jubilación. No quería más: tras haber logrado darle a su hijo todo lo que la vida le permitió darle, no ansiaba nada más. 

Sus ojos, rodeados de arrugas, se desviaron otra vez hacia las cajas. 

—¿Qué camisa querés llevar? —le preguntó su hijo mientras sostenía las perchas en el aire, exhibiendo la ropa como un tendedero.

—Me da lo mismo —bufó. 

El viejo miró como su hijo colocaba una de las camisas en una caja que tenía escrito “José Luis Del Paso” con marcador. Su vida, sus cosas, su futuro reducido a cajas con o sin su nombre. Su hijo lo miró con cierto reproche al escuchar la respuesta. El hombre mayor sintió ganas de dejar salir toda la bilis de su interior. Tenía los brazos flacos y cansados, tenía la voz cascada, pero aún podía gritarle un par de verdades. 

¿Quién se creía que era como para hacerle elegir una camisa? ¿Con qué derecho lo hacía elegir entre una u otra? Ambas camisas eran de él. Estaban guardadas en su ropero; estaban colgadas de sus propias perchas, ¿por qué tenía que elegir entre lo que era suyo? 

Toda una puta vida de trabajo, de formar una familia y una vida… Y ahora… ahora tenía que elegir entre dos de sus camisas. Lo malo era saber el destino de la que no eligiera. Iría a parar a las fauces de una de esas cajas hambrientas… De esos pequeños ataúdes de cartón. 

Lo querían exiliar a un geriátrico… un asilo para ancianos. Al parecer, querían que redujera todos sus logros, todas sus cosas, a una pequeña habitación; a una celda decorada para que no lo pareciera.  ¿Y el resto? 

Miró las cajas y obtuvo respuesta. 

—¿Qué hicieron con los angelitos de tu mamá? —le preguntó el viejo a su hijo, que ponía prendas en las cajas sin siquiera consultarle. Ya había llenado dos a tope y aún quedaban varias vacías, esperando devorar toda su vida. 

—Raquel las envolvió —contestó el hombre más joven—. Sabés que mamá siempre se los quiso dar a Cata… 

—Sí. Lo sé. Pero tenía la esperanza de que esperaran a que yo me muriera también antes de desvalijarme—refunfuñó el viejo. Su esposa, que en paz descanse, decía que su pequeña nieta Catalina era un angelito y que todos los adornos de porcelana con forma de ángel le correspondían sin duda. 

—No empecés, papá. 

—No. No vaya a ser que te ponga incómodo. Dios no quiera que mis palabras te molesten. No me puedo imaginar lo horrible que es para vos guardar todas las cosas que fui consiguiendo en mi vida dentro de cajas como si ya hubiese muerto. 

—No me gusta hacer esto, en serio —contestó el hijo, malhumorado—. Pero tengo montones de problemas y no puedo vivir preocupado por lo que te pueda pasar. El otro día tuviste suerte, pero ¿qué  habría pasado si al caerte te hubieras roto la cadera? ¿Qué hubiese pasado? 

—Entonces… ¿Qué? ¿Soy como un cuadro, que como no querés que te lo roben lo encerrás en un desván? 

—No entiendo por qué hacés tanto lío —contestó el hijo perdiendo la paciencia—. ¿Te quejás de que vas a estar encerrado? Pero nunca salís de acá, que ya huele a encierro. Al menos Buen Pasar es más grande, tiene terraza y patio. ¿Te quejás de que guarde esta ropa? Decime, ¿en qué se diferencian estas cajas a esos cajones? Estoy seguro de que la mayoría de estas prendas no probaron aire fresco desde antes de que mamá “se fuera”. ¿Querés los angelitos? Siempre te la pasás quejándote de que todos los adornos solo sirven para acumular polvo… 

—¿Y qué? Puede ser que ya viva encerrado, pero vivo encerrado en mi casa. ¡Si este lugar huele a mierda, por lo menos sé que es mí mierda la que estoy oliendo! —gritó el viejo—. Tal vez no use esa ropa, pero porque elijo no hacerlo, no porque está en esas cajas rumbo al purgatorio. 

Abrió la boca para continuar, para decirle de los adornos, pero  la cerró. ¿De qué servía a esa altura? Los adornos eran casi la única cosa material que le quedaba de su difunta esposa. Todo lo que lo rodeaba era una forma de recordarla. El papel de las paredes, las paredes mismas contenían recuerdos, esencias de una vida compartida. En ese lugar, ella todavía estaba, de algún modo, viva. ¿Cómo iba a recordarla, a sentirla, lejos de todo eso? Su hijo nunca iba a entenderlo… bueno, tal vez algún día, si llegaba a viejo y Catalina resultaba como él. 

El anciano sintió un gran peso en su cuerpo, en su corazón… en su alma. 

Sus ojos, llorosos, se desviaron al volante sobre la mesita de luz. Aunque su vista había sufrido el mismo deterioro que su cuerpo con los años, no le costó leer “Buen Pasar” en letras claras y definidas. Supuso que las podría leer estando aún en otra habitación y con las puertas cerradas… Tan claras como como podría ver el suelo alguien que está planeando saltar. 

Sus hombros cayeron un poco, rendidos. Se dio cuenta de que no servía discutir ni luchar. El juicio se había llevado a cabo y él no había estado presente como para intentar defenderse siquiera. 

Igual seguiría gritando y haciendo que su hijo lamentara lo que estaba haciendo. Había demasiada vida en esa casa como para abandonarla así como así. 

Miró las cajas y sintió miedo. A su edad, el viejo solo quería sentir el miedo de la incertidumbre del ciclo de vida cumplido… No quería temer al cambio, no quería cambiar. Quería terminar su vida con la libertad que los años le habían dado. No quería cambiar, irse, olvidar… 

Las cajas estaban cada vez más llenas de su vida y, a cada cosa que iba a parar a ellas, para caer en el olvido, una parte de su alma se llenaba de pena. ¿Cuántas cosas había en esas cajas, ya perdidas para siempre? Cosas que ni sabía que estaban ahí… 

Miró las cajas con una resignación y una pena que parecía no tener fin. 

Su hijo cerró el ropero, ya vacío, y tomó las llaves de su automóvil.

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