buen pasar para web

Antonio

Antonio caminaba por las frías calles rumbo a su casa. Abrigado con una campera que estaba perdiendo la guerra, andaba a paso rápido, con las manos hundidas en los bolsillos y los brazos pegados al cuerpo. A cada exhalación, un vaho de vapor se formaba delante de su cara. 

En su casa tenía un lindo pasamontañas de lana de color negro, pero usarlo era peligroso en esos momentos: la gente lo miraría de forma extraña, sería blanco fácil para ser detenido por policías. Lo  entendía a la perfección, ¿no eran acaso los pasamontañas la moda de las personas que generaban disturbios, cortes de calles y demás? Era una buena prenda para estar abrigado, pero una mala prenda  para llevar durante la noche en plena ciudad. 

Sentía como si mil agujas le penetraran cruelmente la nariz, que ya tenía colorada y congestionada. El colectivo lo había dejado a tres cuadras de su casa, como siempre lo hacía. No veía la hora de entrar y comer algo caliente. Luego bebería un buen té y se acostaría tapado hasta donde la frazada se lo permitiera. 

El frío lo estaba golpeando sin piedad alguna. Aún quedaba mucho invierno por delante, había que soportarlo, no quedaba otra. Su hogar estaba a solo una cuadra y pensar en el calor que allí lo esperaba le ayudaba a soportar los aguijonazos. Estaba seguro de que esa era la noche más fría del año. Miró a un costado, un negocio de barrio, en donde la entrada estaba hundida casi un metro más que el resto de las viviendas y negocios de la cuadra. Allí había un vagabundo. Antonio nunca había visto que uno pasara la noche allí, no era común en su barrio. Frenó unos segundos sin saber que lo hacía. Se quedó mirando la bicicleta oxidada y vieja que reposaba junto al vagabundo, contra la pared del negocio. No podía verlo  bien, su rostro estaba cubierto por una gabardina medio apolillada de color gris topo que usaba como abrigo. 

¿Cómo podía ese hombre subsistir en el mundo, sin dinero ni hogar, dependiendo de la bondad de las personas, quienes en su mayoría de seguro ni siquiera lo verían y, en caso de hacerlo, lo olvidarían no bien sus pies los llevaran a más de veinte metros del lugar? 

No entendía cómo era que el mundo había llegado a eso, aunque sabía que la pobreza había existido junto al hombre desde tiempos ancestrales. Casi podría llegar a jurar que hasta deberían de haber  diferentes rangos sociales entre los hombres de las cavernas. Pero eso no le hacía creer que eso estaba bien. No podía dar crédito o tildar de inteligente a un grupo animal que permitía que los de su propia especie murieran de hambre mientras que otros tenían tanto dinero y comida que no sabían qué hacer con ellos. 

Retomó su caminar, al principio lento, lamentando la mala suerte que tenía ese pobre vagabundo, solo, sin hogar ni comida, tan bajo como se puede llegar a caer en la vida. Un ser absolutamente dependiente del resto de una sociedad que lo mira con asco y que lo ayuda para ayudarse a sí misma. Algunos habría que ayudaban por ser verdaderamente caritativos, pero ¿cuántos eran? Antonio creía que los podría contar con los dedos de una mano.

Apuró un poco el paso. Si viviera solo, quizá podría permitirle entrar a su casa y ofrecerle un plato de sopa o un buen bife con ensalada. Podría prestarle el baño y darle alguna que otra prenda de ropa. ¿Pero de qué serviría? Él no podía encargarse de mantener a un vagabundo, y si le abría la puerta una vez, ¿no iba el hombre a intentar volver? ¿No lo vería como una especie de salvador y estaría atento a sus movimientos en busca de más sopa y de más ropa? 

Le habría dejado alguna moneda, pero no vio dónde podía hacerlo sin el riesgo de que otro pasara y se la llevara. Tampoco quería despertar al hombre para darle cincuenta centavos, sin tener en cuenta siquiera el hecho de que, si lo hacía, él mismo no tendría monedas para viajar al día siguiente. Sacó la llave de su bolsillo y abrió la puerta. Para hacerlo debió sacarse el guante y el frío le devoró los dedos con salvaje apetito. Le costó hacerlo, pues tenía los dedos un poco entumecidos y maniobrar con la llave no era algo  fácil. 

Finalmente lo logró. El calor del hogar lo envolvió con un dulce abrazo. Su madre se asomó por la puerta de la cocina y le sonrió. 

—Dentro de cinco minutos tengo listas las milanesas —le anunció—. ¿Qué tal te fue? 

—Como siempre —respondió deshaciéndose de la incómoda ropa de invierno. 

—¿Querés que te haga una sopa antes de la milanesa? Para calentarte un poquito. 

—Dale —accedió de buena gana. 

Pensó en el vago, a tan poca distancia de su casa y sin embargo viviendo en un mundo tan diferente, tan apartado. Un mundo en donde sobrevivir era lo único que importaba, no si la comida estaba rica o fea, donde la ropa era simplemente un abrigo y no una marca de personalidad o de estatus social. Un mundo en donde las preocupaciones no pasaban por un amor no correspondido o un salario bajo por un empleo esclavista. En el mundo del vago, no había sueldos fijos, a menos que la limosna se pudiera considerar un sueldo en ese mundo. 

Se sentó a la mesa y observó a su madre servir la sopa en el plato hondo. El aroma le llegó como un milagro a alguien desesperado.

—Despacio que está caliente —le advirtió la madre revoloteándole el pelo tal y como lo venía haciendo desde que él era una criatura.

—Gracias —le dijo por primera vez en mucho tiempo. Sin un padre que compartiera la mesa con ellos, comprendió casi por primera vez lo que ella hacía por él. Los sacrificios, las luchas ganadas y perdidas. Una vida tan simple y tan llena de regalos que solo se podían ver cuando se miraba un poco alrededor y notaba que, en realidad, lo poco con lo que vivía era para otros más que suficiente para considerarse las personas más felices del mundo. 

Su madre lo miró sorprendida. Le dedicó una sonrisa como pocas veces había visto. Tan llena de amor y gratitud, tan gratificante. Un simple gesto que le brindaba una belleza tan única y especial. Un regalo del cielo logrado por una simple palabra que todas las personas usan tan a menudo y con tan poco sentido. 

Sabía que era algo que tenía que hacer más seguido: agradecer de corazón era algo que no costaba absolutamente nada. Aunque si lo hacía a cada rato, por cada acto que lo mereciera, pronto dejaría de  tener sentido. La palabra se transformaría en simplemente eso, una palabra. Nada de sentimientos transmitidos, una palabra seca y sin sentido que hasta podría a llegar a trasmitir resentimientos. Porque  si él le agradecía a cada rato todo lo que ella había hecho y todo lo que hacía, esa palabra se perdería, se gastaría como un par de pantalones de trabajador. Sería más una excusa para no hacer nada que un verdadero agradecimiento. Sería casi una burla. 

Recibió el beso de su madre sin poder evitar sonreír. Ella se sentó frente a él y se sirvió un poco de sopa.

—¿Nada interesante? —le preguntó. 

—Depende de lo que te cause interés —respondió—. Un compañero en la fábrica dejó embarazada a su mujer por tercera vez. Parecía que se quería morir. 

—No es fácil —asintió la madre—. No es buena época para andar teniendo hijos así como así. En este país falta guita y sobran pibes… Pero andá a decirles que tener un revolcón no es buena idea. A l  mejor es lo único que le da un poco de felicidad a ese pobre diablo, claro que, a la larga, es peor, pero en el momento, ¿quién va a pensar que puede estar creando un humano? 

—Es un boludo —sentenció Antonio—. Tendría que aprender a no gastar parte del sueldo en esas loterías de mierda y comprar algunos forros. De seguro así ganaría mucho más de lo que pierde. 

Su madre rió y se levantó para buscar las milanesas.

—La esperanza de salvarnos de esta vida es más fuerte que la realidad de poder tener más hijos —rió su madre—. Además, a mí también me gusta jugar un numerito de vez en cuando.

—Pero vos no tenés que andar preocupándote por comprar forros, vieja —respondió dando el último sorbo a la sopa de verduras—.  Él ya tiene dos hijos que no puede mantener, ahora le cae un tercero, es un boludo. 

—Y bueno, mientras vos puedas ver esas cosas y aprender algo, tu amigo del trabajo al menos sirvió para algo. Puede que sea un boludo como decís vos, pero te enseñó algo que puede serte útil.

—Puede ser —admitió—. Pero con escribírmelo en un pizarrón alcanzaba. No soy tan bestia como para no entender a menos que me lo muestren en vivo y en directo. 

—Dejá de decir tantas bobadas y comé que estás muy flaco —le dijo la madre dejándole sobre la mesa un plato con una milanesa casi del mismo tamaño. 

No agradeció, tuvo que reprimirse porque estuvo a punto de hacerlo, pero por simple reflejo, no de corazón como antes.

—No pude comprar lechuga para la ensalada, así que el tomate lo dejé para mañana, cuando tenga todo. 

—¿Querés que te deje un poco más de plata? —ofreció.

—No, está bien. Con la pensión de tu papá me defiendo. Vos guardá esa plata para el futuro, no la tires en porquerías como los otros chicos de tu edad. 

—No te preocupes, no pienso endeudarme por un par de cigarrillos. 

—Espero que así sea y que así sigas —dijo ella con cara seria.

—Por ahora no tenés que preocuparte por nada, mi único vicio es la televisión. 

—Ningún vicio es bueno, pero prefiero que tengas ese antes de que fumes o te vayas a tomar cerveza en una esquina como esos vagos que se ven por todos lados. 

—No te hagas problema, de verdad. 

Comieron hablando de cosas sin mucha importancia para ninguno. Ella comentó un poco su día, de alguna manera tan parecido al anterior y al anterior y al anterior. Él comentó algunos planes que tenían en el trabajo los jefes. Así terminaron de comer y él se encargó de lavar los platos. Ella los secaría un poco más tarde cuando terminara el programa que tanto le gustaba. 

Antonio se despidió con un beso y se dirigió a su pieza, donde el televisor, fruto de un ahorro de varios meses, lo esperaba. Continuaba pensando nebulosamente en el vagabundo. Pensaba que él se había sacado su campera casi con resentimiento por ser incómoda, mientras que ese hombre dependía todo el tiempo de alguna tela vieja y olorosa para resistir. Y no era solo el que se había alojado cerca de su casa: había tantos y en tantas partes… 

Algo se debía poder hacer, no se podía simplemente aceptar lo que se veía como un hecho natural y olvidarlo. Alguna forma de ayudar debía haber. Alguna manera de transformar a todos en pupilos de la madre Teresa o algo por el estilo. Eran tantos los que necesitaban una mano amiga, un pedazo de pan o un poco más de abrigo y había tanta gente a la que le sobraba el dinero, que algo se debía poder hacer. 

Encendió la televisión y comenzó a cambiar de canal mientras su mente rondaba una y otra vez sobre la misma pregunta. No prestaba atención a las imágenes que danzaban en la pantalla de catorce pulgadas. Colores brillantes, mujeres con escasa ropa, grupos de música mostrando su nuevo estilo. Películas tantas veces vistas. Se detuvo en el canal de los documentales, en donde una serpiente acosaba a una rata. Una voz en off, seria y dramática, hablaba del inminente asesinato de la rata con una frialdad tan eficaz que llamaba a seguir escuchando. La serpiente se movió con terrible y certera velocidad. La rata fue mordida y el veneno acabó con ella en poco tiempo. El reptil comenzó a alimentarse lentamente, dejando que el  cadáver se le deslizara por la garganta. 

Antonio se quedó pegado al programa, asombrado ante la crudeza con la que sucedía todo en el mundo natural y salvaje. El cansancio de un día de trabajo lo alcanzó y terminó por quedarse dormido. Antes de dormirse, ya no recordaba en qué había estado pensando. El vagabundo ya ni siquiera era un recuerdo.

¿Te gustó lo que leíste?

Invitame un café en cafecito.app

Un comentario

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *