Sergio
José Luis entró en la pequeña habitación. Joaquín le sonrió y puso el mazo de cartas sobre la mesa.
—¿Cómo le está yendo, José Luis? Hoy no lo vi tanto tiempo frente a la sala común.
—Estuve en la terraza con Ramírez, el compañero de cuarto de Ángel —contestó mientras se sentaban a la mesa.
—Sí, sí. Lo conozco. Seguro que no le dijo buenas cosas de mí. —En verdad no me dijo nada, pero dio a entender que no le sim patiza mucho.
—Sí, lo sé. Sus motivos tendrá —le pasó a su compañero el mazo. —¿Cuáles son? —preguntó José Luis comenzando a barajar. —No lo sé, nunca le pregunté.
—¿Y no le interesa?
—No, a esta altura de mi vida, no me interesa —sonrió Joaquín mientras levantaba las cartas que su compañero le había repartido. Las cartas fueron y vinieron mientras los puntos se acumulaban. Los únicos comentarios que se hacían eran sobre Ángel o sobre la partida que, a pesar de ello, era mucho más animada que la primera que habían tenido.
—¿Cuál es su historia? —le preguntó el ordenanza a José Luis.
—¿Mi historia?
—Supongo que tiene una, todos la tenemos. Yo estoy aquí porque era mi último recurso. Fui portero y también fui suicida. Años de terapia me hicieron decidir esperar a la muerte en vez de llamarla. Cuando tomé este trabajo, las autoridades sabían de mi pasado y, por consejo de psicólogos, me dejaron quedarme para mantenerme vigilado… por lo menos al principio. Ya ningún psicólogo viene a hablar conmigo, pero sé que aún llaman a los dueños para mantenerse al tanto.
—¿En serio? —preguntó José Luis asombrado— ¿Usted intentó suicidarse?
—Hace mucho tiempo, luego de que muriera mi esposa… cáncer —tiró dos cartas juntas.
—Lo siento —José Luis miró sus cartas y se quedó meditando.
—Gracias —le sonrió Joaquín al viejo—. La mayoría de las personas tiene algo que contar.
—Sí, pero no todas quieren contarlo.
—Entiendo —asintió Joaquín, centrando su atención en las cartas sobre la mesa.
—¿Envido?
—No quiero —respondió el ordenanza dejando sus cartas sobre el mazo.
Jugaron un par de manos en silencio. Mostrando las cartas y anotando los puntos.
—Es mi hijo… Sergio —dijo José Luis tímidamente—. Él es el problema.
—¿Su hijo?
—Sí, fue él quien decidió internarme aquí… me desechó.
—Es algo común.
—Lo sé, pero no por eso es agradable —bufó el anciano—. Toda mi vida, toda mi puta vida trabajé, lo mantuve y lo cuidé… ¿y qué logré? Que me lanzara a este agujero.
—No creo que lo haya hecho con malas intenciones. Usted bien sabrá que su hijo está en la edad de la verdad.
—¿La edad de la verdad? —José Luis llevaba mezclando las cartas un rato largo y no parecía querer parar.
—Sí. Cuando somos niños, estamos en la edad del descubrimiento —explicó Joaquín—. Luego, cuando somos adolescentes, estamos en la edad de las creencias, porque pese a que a esa edad solemos creer que lo sabemos todo, siempre la vida se encarga de demostrarnos que estamos equivocados. Pero cuando crecemos, cuando los estudios se hacen en pos de una carrera deseada, cuando se comienza a trabajar, cuando se forma una familia, entramos en la edad de la verdad. Todos los hombres la atraviesan… y las mujeres también por supuesto. Uno crece y cree que todos los errores que cometió de joven, que todas las cosas que aprendió, le dan la razón, le dan lógica a sus vidas. Se ven superiores a todo.
—¿Y nosotros en qué edad estamos? —preguntó José Luis deteniendo sus manos y mirando a su interlocutor.
—En la edad de la resignación. Nosotros podemos ver el pasado y descubrir que nunca dejamos de creer, que nunca supimos nada, que todos los caminos, todos los atajos, fueron azarosos. Pero ya nadie nos escucha o no nos podemos hacer escuchar. No cabe duda de que la era dorada de los viejos pasó hace mucho tiempo y no es de extrañar; después de todo, la mayoría de nosotros estamos bien chochos. Estoy seguro de que su hijo cree de corazón que está haciendo lo mejor para usted.
—Si lo piensa así es porque es un idiota. ¿Qué ser humano podría sentirse mejor estando confinado, siendo privado de sus libertades?
—Hay algunos residentes que entraron por gusto propio.
—Locos sin duda —descartó José Luis-. Basta dar un solo paso dentro de este edificio para sentir el hedor a abandono. El olor a desinfectante y orina que debe ser más vieja que nosotros dos juntos.
—Tal vez usted siga en la edad de la verdad —bromeó Joaquín.
—Tal vez.
—¿Y esa es la razón por la que se mantenía hosco con el resto? Sepa que no huele a flores —Joaquín le indicó que le tendiera el mazo para hacer el corte.
—Más o menos. No quiero dejarlo ganar, que se salga con la suya —apoyó el mazo en la mesa—. Quiero que se arrepienta. Muchos lo hacen. Tal vez logre volver a mi casa… si no la vendió.
—¿Y qué opinión le daban a usted los ancianos que no se quedaban en los geriátricos en que los metían? —Preguntó Joaquín—. Los que regresaron con su familia porque renegaban de dichos lugares.
José Luis sonrió.
—Las cosas cambian mucho cuando uno vive las cosas en carne propia —declaró mientras comenzaba a repartir.
—¿Usted nunca pensó en mandar a su padre a un geriátrico?
—No, mi padre murió a los cuarenta, mi madre a los cincuenta y tres.
—Lo siento.
—Yo no. Los amaba y siempre los voy a amar, pero las cosas así pasaron y no hay nada que hacer. Hoy en día me da miedo pensar en lo que hubiera hecho yo en caso de que hubieran vivido hasta llegar a mi edad.
—Lo comprendo…. Envido y Truco.
—Quiero los dos —dijo José Luis.
Joaquín rió fuerte y depositó sus cartas en el mazo.
—Recuerde que a los olores uno se acostumbra, a la soledad no —dijo el ordenanza.
—No me molesta estar solo.
—¿Le molesta estar acompañado? ¿Tan asqueroso y oloroso fue pasar el día en la terraza, charlando?
—La verdad que no —admitió de mala gana José Luis—. Falta en vido y truco.
—No quiero. Se ve que usted es todo un perdedor con las mujeres, porque hoy me dio una paliza.
José Luis río y empezó a levantarse.
—Antes de irse piense en algo —le dijo Joaquín guardando las cartas en su maltrecha caja—: si le pareció bueno pasar el tiempo con un viejo oloroso que no conoce de nada… tal vez descubra que, para otros, pasar el tiempo con usted también es bueno.
—Gracias —respondió José Luis mientras se retiraba sonriendo.

