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José Luis y Sergio

Temprano a la mañana, José Luis se levantó para higienizarse.  Llamaron a su puerta y una joven enfermera le entregó una carta.  Era de su hijo. No la abrió, la dejó a un costado y se dirigió a la sala  común para desayunar. 

Se sentó a la misma mesa en la que estaban Ramírez, Marita,  Tano, Griego y Miróvich. Los ancianos lo recibieron con sonrisas.  La pareja charlaba sobre una película, los otros tres viejos discutían  sobre política. José Luis se sintió un poco apartado. Se preguntó  dónde estaría don Felipe. 

—¿Se enteraron? —anunció Griego— Dicen que están programando un viaje al Jardín Japonés. 

—¡¿En serio?! —preguntó Miróvich con alegría. 

—¡Me encanta ese lugar! —exclamó Marita— ¡Es tan lindo!

—Hace mucho que no vamos —aportó Ramírez—. La última vez se  descompuso Olga, ¿se acuerdan? 

—¿Quién? —preguntó José Luis. 

—Ya murió —respondió Tano—. Era una vieja muy simpática que  siempre comía caramelos de anís. 

—¿De qué murió?

—Tenía diabetes, estaba medio ciega y ya le habían cortado una  pierna, fue lo mejor para ella. Pobrecita —contó Marita.

—¿Usted conoce el Jardín Japonés? —le preguntó Griego a José  Luis. 

—No, nunca fui —respondió después de tragar el pedazo de tosta da que tenía en la boca.  

Vio las caras animadas de sus compañeros. Parecían tener otro  brillo. Pensó en lo que Joaquín le había dicho, la comparación que  había hecho ese tal Ángel. Todos ellos eran perros, y en ese mo mento todos movían la cola. 

—No es demasiado, pero al menos es algo diferente, y eso siempre es bueno, ¿no? —le preguntó Tano. 

—Supongo —respondió José Luis con una sonrisa y pensando  que, si tuviera cola, la estaría moviendo. 

El desayuno terminó. José Luis pasó un rato junto a sus nuevos compañeros escuchando conversaciones sobre política, el pasado y el incierto futuro. Se retiró a su habitación para ver la televisión. 

Ya sabía lo que refería al enfermero Polo y había hablado con  Ramírez. Tal vez, otros tendrían más cosas para contarle. Prendió la televisión y comenzó a cambiar el canal. Por más imágenes que la pantalla mostrara, los ojos de José Luis siempre se  desviaban hacia la carta de su hijo. 

Una carta de su Sergio, que el anciano sentía inmensas ganas de  abrir. De saber qué era lo que su hijo tenía para decirle. Desde su  llagada a Buen Pasar, José Luis había recibido unas pocas visitas y  unas cuantas llamadas telefónicas. Pero él siempre se había encargado de que fueran incómodas e insatisfactorias. Casi siempre terminaba casi echando a su hijo.

Tomó la carta y se la quedó mirando. Era liviana y no abultaba mucho. Fuera lo que fuera, no había escrito más que una hoja. No  tenía relieves que indicaran si había dinero u otra cosa, pero bien podría estar dentro del papel escrito. ¿Sería que su hijo le preguntaba cómo estaba? ¿Le estaría contando algo del mundo exterior… del  que lo sacó para encerrarlo ahí? 

Volvió a mirar la carta, ya sin curiosidad, y la dejó caer en el cesto de basura.

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