La señora Carmen y José Luis
José Luis se acercó a la puerta de la señora Carmen. Faltaba poco tiempo para que sirvieran la cena y no quería esperar a que terminara para hablar con ella, ya que después de ella iría a jugar algunas partidas de truco con Joaquín.
—No es molestia para mí, al contrario —respondió Carmen sonriendo—. Ya llevaba bastante tiempo pensando que los días en que los hombres golpeaban a mi puerta habían acabado. Además, ahora
el resto de las chismosas de este lugar van a tener de qué hablar, ¿no le parece?
José Luis no respondió. No sabía de qué modo hacerlo.
—Con el escándalo que hubo en su mesa el otro día, supongo que ya habló con Ramírez y que preguntó sobre el enfermero.
—Sí, lo hice.
—¿Y? ¿Hasta ahora qué opinión le merece el asunto?
—¿Sobre Ángel? —preguntó José Luis como desentendiéndose.
—Era sobre lo que estaba indagando, ¿no?
—Sí… Es interesante. La historia del enfermero es increíble… me cuesta imaginar las cosas que me han dicho.
—Es probable que algunas cosas hayan sido agregadas o inventadas —agregó Carmen sentándose en la cama.
—¿Usted cree?
—Estoy segura, siempre pasa así… al menos eso decía mi esposo. Pero bueno, ahora ya sabe más sobre Ángel o, al menos, sobre el modo en que muchos de nosotros lo veíamos. Supongo que regresó para saber un poco más todavía, ¿no?
—En la medida de lo posible…
—Como ya le dije, mi relación con él no fue del todo extensa. Era con mi esposo con quien se llevaba realmente bien. La cosa era que mi esposo nunca me contaba mucho sobre Ángel ni sobre lo que
dialogaban… Sabía que soy muy débil ante el cotorreo y no quería ser partícipe de ello. Pese a todo lo amaba —dijo Carmen guiñando un ojo—. La cuestión es que una vez que mi esposo estuvo en el
hospital, Ángel mantuvo una o dos charlas conmigo, pero ligeras y monótonas… Ya sabe, de esas en las que a una le preguntan cómo lo está llevando o si necesita alguna cosa.
—Entiendo.
—Pero era reservado. No era como el resto, en sus palabras no había pena ni sentía yo que lo dijera por compromiso. Me lo preguntaba como si mi esposo estuviese aún a mi lado, y no en un hospital siendo operado. Cuando mi esposo regresó, Ángel retomó sus costumbres de venir antes de la cena o a la tarde y se pasaba algunas horas con él. Me habría molestado de no ser por la felicidad de mi esposo ante su presencia. Es que él extrañaba las largas conversaciones que tenía en sus tiempos de juventud con sus amigos o colegas de profesión. La cuestión es que, al final, mi esposo murió y me quedé sola. Muchos vinieron a darme el pésame o a ofrecerme sus oídos. Ángel no lo hizo y se lo agradecí. Unos días después, tocó mi puerta y me dio una cosa que me cambió la vida…
—¿Qué cosa?
—Me imagino que Ramírez le habrá contado la costumbre de Ángel de quedarse despierto, haciendo algo…
—Sí, Ramírez me dijo que Ángel estaba escribiendo un libro o algo parecido —contestó José Luis recordando la conversación en la terraza—. Algo que le dejaba doliendo la mano…
—Sí. También le habrán contado cómo Polo, el enfermero, le agarró la mano y se la apretó con fuerza —dijo la señora casi como preguntando.
—Sí. Me lo dijeron.
—Bueno, pues yo sé qué era lo que Ángel hacía mientras se encerraba. Soy la única que lo sabe. Espéreme un segundo por favor.
José Luis no dijo nada. La señora Carmen se levantó y se dirigió a su mesita de luz. Abrió un cajón y sacó de él un papel bastante grande. Regresó junto a él y se lo extendió. José Luis miró la hoja. La volteó y la volvió a mirar. De un lado había un retrato de un hombre anciano; el otro lado, estaba en blanco.
—Le presento a mi Fernando, mi esposo —dijo la señora Carmen con emoción. José Luis notó que tenía los ojos empañados.
—Una vez que mi esposo se murió, pasé por muchas cosas, lloré muchas veces y me sentí morir cada noche. Pero había una cosa que me carcomía la cabeza, y era el no poder recordarlo como era antes
de la operación. No lo reconocía en las fotos y no podía sacarme de la cabeza su apariencia enferma, moribunda. No podía hablar de eso con nadie y no quería morir yo sin poder recordarlo. El dibujo que tiene en sus manos lo hizo Ángel, por eso sospecho que era profesor de dibujo en una escuela.
José Luis volvió a mirar el dibujo. Sin duda había sido hecho por un profesional. El realismo en el rostro era sorprendente. Incluso parecía que los ojos brillaban acompañando la casi imperceptible sonrisa en los labios.
—Está muy bien hecho —reconoció José Luis.
—No se imagina usted hasta qué punto —expresó Carmen con una gran sonrisa, recogiendo con ternura el dibujo.
—Es extraño que no lo haya firmado.
—Yo creo que no lo hizo para que este dibujo fuera totalmente mío. Tampoco puso dedicatoria. Creo que es esa la razón por la que veo realmente a mi esposo en esos trazos. Ese dibujo es mío, es lo que me permitió recordar a mi esposo tal y como era. ¿Sabe qué es lo más curioso?
José Luis negó.
—Que hasta donde sé, Ángel comenzó a dibujarlo antes de que se llevaran a Fernando al hospital, mucho antes.
—¿Cree que Ángel sabía lo que iba a pasar?
—No sé, tal vez mi esposo lo sabía y se lo pidió. Tal vez, al principio Ángel estuviese dibujando otra cosa y luego haya decidido dibujar a mi esposo para consolarme… Me gusta dejar el tema ahí, que siga siendo un misterio. Ángel me devolvió a mi esposo y voy a estar en deuda con ese hombre por toda la eternidad. Que dios lo guarde en su seno y lo haga vivir mil años más.
José Luis solo escuchaba. La emoción que destilaban las palabras de Carmen era demasiado intensa como para atinar a decir algo.
—Eso es todo lo que puedo contarle por mi parte de Ángel. Hay mucho más, pero no soy yo quien deba hablar de esas cosas. Supongo que Joaquín es quien más sabe…
—Ya casi es hora de cenar —replicó José Luis mirando el reloj de pared—. Me alegra muchísimo haber hablado con usted. Le pido una vez más disculpas por la molestia.
—No tiene que disculparse. Su charla solo me trajo buenos recuerdos y sonrisas… ¿Me acompañaría durante la cena?
José Luis asintió. Salieron juntos del cuarto.

