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Joaquín, José Luis y Ángel

Cenó con Carmen dialogando sobre cosas de la vida en general. El pasado, la familia y demás temas que parecían resumir la esencia de las personas.

Ramírez y su séquito lo saludaron efusivamente al verlo llegar al comedor. Tano le guiñó un ojo al verlo acompañado. José Luis sintió que se ruborizaba y le sonrió al otro anciano.

Cuando la cena terminó, Carmen se despidió de modo educado y él se acercó a sus nuevos compañeros para dialogar brevemente con ellos. Tras algunas burlas casi infantiles y comentarios varios, José Luis se dirigió al despacho de Joaquín, donde las cartas lo esperaban para terminar un buen día como el que estaba pasando.

Antes de abandonar el comedor, volvió a saludar a Carmen y quedaron en tener más charlas en el futuro. No solo sobre Ángel, sino sobre cualquier cosa.

Joaquín lo estaba esperando. Las cartas reposaban en la mesa, junto al anotador y a un par de vasos vacíos. José Luis tomó asiento y comenzó a barajar las cartas… Aunque le agradaba estar allí, compartiendo esas partidas de truco con el conserje, se sentía un poco incómodo. Quería hablar sobre Ángel, saber qué fue lo que le había pasado, por qué ya no estaba en Buen Pasar, pero… ¿cómo hacerlo? No quería que Joaquín pensara que su único interés era Ángel y nada más

.—Hoy no pienso darle ningún tipo de ventaja —anunció Joaquín.

—¿Con Ángel a qué jugaba? —preguntó José Luis, sintiéndose un poco culpable por hacerlo.

—Al ajedrez. Era un gran jugador, pero nunca mejor que yo.

—¿Nunca le ganó?

—¿Sabe? Fue Ángel el que se ofreció a venir aquí por las noches para jugar al ajedrez. Habíamos charlado algunas veces en la sala común o en los pasillos —dijo Joaquín como si no hubiese escuchado la pregunta—. Ya ni recuerdo cómo es que el tema del ajedrez salió a flote, pero estoy seguro de que fue él quien lo sacó. Me gusta mi trabajo, no es mi sueño hecho en vida pero me gusta. Sin embargo, siempre me sentí un poco vacío… Ángel lo notó, me brindó su compañía y su confianza… Ese fue el mejor regalo que alguien me haya hecho jamás. Confió en mí para todo, sin importar nada.

—¿En qué sentido?

—Bueno, me contó lo del enfermero Polo, sin llegar a pedirme que intercediera. Me contó las cosas que hablaba con su compañero de cuarto, con la señora Carmen y con su fallecido esposo…

—Pensé que no lo había conocido tanto —contestó José Luis casi protestando.

—No, lo que yo dije es que ciertos temas era mejor que los tratara con otros residentes que vivieron los hechos, yo solo oí los comentarios de Ángel.

—¿Le contaba todo?

—Todo.

—¿Le dijo lo de la señora Carmen?

—Me dijo muchas cosas —sonrió Joaquín—. En una de las primeras reuniones que tuvimos, me dijo que se sentía mal por esa mujer… y por Ramírez…

—¿Por Ramírez?

—Sí, y también por mí —las cartas reposaban sobre la mesa, ignoradas.

—No entiendo.

—Bueno, me dijo que sabía que el esposo de la señora Carmen iba a morir en poco tiempo y por lo que ella pasaría, que no podría sacarse la imagen de su esposo muerto de la cabeza y que eso la iba a consumir de a poco. Por eso hizo el dibujo, comenzó a hacerlo antes de que su marido fuera llevado al hospital… Aunque en esa época solo hacía bocetos que luego tiraba. Me mostró algunos… y le digo que eran de una calidad excelente. Nunca me explicó por qué no había sido profesor de dibujo teniendo tantas cualidades para esa materia.

—La señora Carmen piensa que lo era —recordó el viejo mientras apoyaba las manos sobre las cartas, pero sin levantarlas.

—Lo sé, y no voy a ser yo quien se lo niegue… ¿Quién sabe? Sabiendo cómo era Ángel, tal vez haya dado clases de dibujo a muchas personas…

—¿Y de Ramírez…?

—No me dijo mucho, solo que le daba pena la inseguridad del hombre. Su necesidad constante de compararse a otros para sentirse mejor él mismo… Sentía pena por su soledad… por su reclusión de
la vida…

—¿Le dijo eso?

—Me lo dio a entender. Ángel me dijo una noche que no iba a pasar el resto de su vida en este lugar, que se iría y viviría…

—¿Se intentó escapar?

—No, no lo hizo. No quería marcharse, no sin hacer algunas cosas primero. Ayudó a muchas personas… con el enfrentamiento con Polo, logró ayudar a casi todos. Pero tenía cuatro… misiones que llevar a cabo antes de irse…

—¿Cuáles?

—Ayudar a otros residentes, ¿qué más? Ángel era una buena persona. Único a su manera. Ayudó a Ramírez y a Marita uniéndolos… Ayudó a la señora Carmen de un modo que nadie hubiese podido imaginar… y me ayudó a mí. Me brindó su compañía y su amistad. Me mostró que sin importar el pasado ni la edad, aún había gente que podía confiar en mí…

—¿Esa fue su cuarta misión?

—No, su cuarta misión era ganarme una partida al ajedrez —contestó Joaquín con una gran sonrisa.

—¿Y lo logró?

—Jugamos muchas veces, pero yo siempre adivinaba sus jugadas de antemano. Podía ser mejor que yo en muchas cosas, pero nunca en el ajedrez… Supongo que en gran parte se debía a mi bicicleta.

José Luis dejó de tocar las cartas y miró a Joaquín con el gesto torcido.

—¿A su bicicleta? —preguntó incrédulo.

—Creo que si hubiésemos jugado en una plaza, bajo el cielo abierto, las partidas hubieran sido mucho más entretenidas y peleadas. Casi podría jurarle que me hubiese ganado la mitad de ellas… Pero aquí, encerrados, de noche, reuniéndonos casi a escondidas, su mente divagaba y se distraía mirando mi bicicleta… supongo que soñando con subirse a ella y pedalear sin parar…

José Luis miró a su alrededor. No vio la bicicleta por ningún lado.

—Ya no la tengo, tampoco mi abrigo para salir —aclaró Joaquín adivinando sus pensamientos—. De todos modos ya no me dejan salir, así que lo mismo da.

—¿Le quitaron la bicicleta y un abrigo?

—No me quitaron nada, yo los cedí sin inconvenientes. La bicicleta estaba bastante oxidada y mi gabardina estaba un poco apolillada. Parecía ser de un detective fuera del negocio.

—No debió hacerlo, renunciar a esas cosas.

—Tal vez, es algo que nunca supe en realidad… Pero déjeme decirle algo… La última noche que Ángel estuvo en esta habitación jugando conmigo, la partida estaba a mi favor. Bueno, casi. Si Ángel movía su caballo, yo le podía hacer jaque mate en dos jugadas… pero si movía su torre, hubiésemos llegado a tablas.

—¿Y?

—Movió su caballo —sonrió Joaquín.

—¿Volvió a ganarle? ¿Qué tiene eso que ver con su bicicleta? ¿Qué fue de Ángel? ¿Por qué esa fue su última noche? ¿Murió?

—No sé. No lo volví a ver nunca más. Recuerdo que lo vi mover su caballo y vi su mirada, perdida en sus pensamientos. Estaba moviendo mi mano al alfil dispuesto a hacer las últimas jugadas pero me detuve… ¿Sabe lo que hice?

—¿Qué?

—Tiré mi rey… lo tomé por la corona y lo dejé caer en el tablero dándome por vencido. Después de eso miré a Ángel y asentí. Él se levantó, no sé si me odiaba o si me amaba… Le di mi bicicleta y mi gabardina y me encargué de que nadie lo viera salir de este lugar… Nos despedimos con un apretón de manos y una mirada, ninguno dijo palabra alguna desde que el rey cayó. Hablar hubiese sido destruir la locura que ambos compartíamos en ese momento. Nunca nadie pudo demostrar que fui yo quien lo ayudó a irse, pero soy el sospechoso número uno y es por eso que no soy muy apreciado, bueno, no tanto como antes… Pero lo que hice fue por una buena causa, por un amigo, tal vez el único que haya tenido en toda mi vida. Nunca hubo un familiar que se quejara, lo cual es curioso, ya que alguien tendría que haberlo internado acá…

Los viejos se sonrieron con complicidad. José Luis asintió sin decir nada y abandonó la habitación.

A la mañana siguiente, José Luis se dirigió a la sala común como todos los días. Charló con sus compañeros compartiendo risas y recuerdos. Pasado el mediodía tuvo una visita de su hijo. No se mostró
cortés, pero tampoco lo ignoró como pensó que haría. Comenzó a compartir una relación con la señora Carmen solo calificable como amistad, y eso lo hacía feliz. Estaba viejo para el amor. El tiempo pasaba y, de algún modo extraño, eso lo hacía feliz. Eran los últimos años de su vida y los iba a pasar allí.

Como buen perro, las razones para mover la cola siempre eran mayores.

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