Cuento colaborativo #01
Éste es un cuento que nació de la colaboración de seis personas que se tomaron la molestia de prestarme sus ideas, de generar personajes y dejarlos en mis manos. Les agradezco mucho la confianza y espero estar a la altura de sus expectativas y que también guste al resto. Son los primeros en participar y creo que me excedí un poco en el número de personajes que usé, pero me divertí mucho y, de nuevo, espero haber hecho algo que les saque una sonrisa.
Eran apenas pasadas las tres y casi no quedaba gente en el banco, solo un puñado de seis clientes y los que trabajaban dentro. El guardia de la garita llevaba un buen rato sin mostrarse al igual que su compañero. Los cajeros no se dieron cuenta, apurados por terminar el día, pero sí notaron que de repente los seis clientes se duplicaron, y que los nuevos estaban armados y acercándose a ellos.
Hubo gritos violentos y en menos de cinco minutos los asaltantes estaban repartidos por el banco, con todos los empleados en un rincón y los clientes en otro.
—Celulares, billeteras y joyas acá adentro —dijo uno de los ladrones; llevaba una máscara de plástico blanca que solo dejaba ver el brillo de sus ojos.
Los clientes, apuntados por una escopeta, de rodillas, empezaron a vaciar sus bolsillos y carteras, excepto por un hombre de cabello entrecano, barba candado y traje a medida, que se mantuvo en una de las sillas. El mismo hombre le chistó al ladrón para que se le acercara y le susurró al oído si había posibilidad de hacer algún arreglo para conservar su alianza y su billetera, mientras la abría para mostrarle la foto de una mujer en bikini.
—Es mi esposa, se pondría muy mal si pierdo el anillo.
El ladrón le dio un culatazo en el pecho con la escopeta y lo apuró a que vaciara todo en la bolsa que sostenía en el aire.
De mala gana el hombre, que respiraba muy agitado, hizo caso y le dio todo lo que tenía.
—No se preocupe, no tiene importancia —le dijo un joven, que fue el siguiente en poner su celular en la bolsa—. Mi mamá siempre dice que la plata va y viene, pero que a la salud hay que cuidarla mucho. Por eso se la pasa preparándome comidas sanas para que cene.
—Usted, abuelo, ponga sus cosas en la bolsa.
—¿Quién, yo? Pero buen hombre, soy jubilado, solo tengo mi tarjeta de PAMI ¿Para qué quieren eso ustedes? Mire, le puedo dar un caramelo, es lo único que tengo en el bolsillo —respondió el viejo y tiró el caramelo en la bolsa.
El ladrón le arrebató una cartera vieja de las manos y la puso él mismo en la bolsa.
La siguiente era una chica que puso una cadenita de oro, un par de anillos y un celular con funda de color rosa chillón. Lo hizo sin decir nada, sin mirar al ladrón a la cara. Después de ella venía otra chica un poco más joven que estaba vestida de modo muy formal y que no hacía más que mirar el piso. El ladrón tuvo que empujarla un poco para que se diera cuenta de que era su turno. Para sorpresa de todos, debajo de su saco azul marino y su camisa blanca, sacó varios colgantes con lunas, murciélagos y piedras rojas de fantasía.
Por último le tocó a una mujer que parecía querer ocultar su cara debajo de unos mechones muy rubios, que solo puso un celular y un par de pulseritas.
—Ahora todos de pie y sin decir nada. Los vamos a encerrar en el baño y se van a quedar ahí hasta que esto termine. No quiero ningún héroe. —El grupo de seis fue empujado al baño de damas—. Voy a quedarme en la puerta, cualquier ruido extraño que escuche los ato a todos. Y si insisten…
El ladrón de bancos cerró la puerta de un golpe.
La chica del celular rosa chillón sacó otro celular de algún lugar de su ropa y empezó a teclear.
—¿Estás llamando a la policía? —le preguntó el anciano y miró su reloj.
—No, estoy transfiriendo lo que tengo en la cuenta del banco a otra cuenta —respondió la chica, sin mucho interés.
—¡Muy bien! —Festejó el anciano—. ¿Querés un caramelo?
—¿De qué?
—De menta.
—No, gracias.
—Creo que también debo tener uno de…
—Llamá a la policía ya, nena —dijo el hombre de traje.
—No, no. No llames, que si viene la policía nos toman de rehenes y se pudre todo. Que hagan lo que tengan que hacer y después nos vamos. Si viene la policía seguro también vienen los periodistas, esto sale en la tele y mi vieja se infarta si se entera que estoy acá —dijo el joven—. Mi nombre es Luis —se presentó—. Ya van a ver que todo va a salir bien. Una vez fui a un cine y no sé qué pasó que entró toda la barra brava de Chacarita y se armó un lío tremendo. Hubo heridos y todo. Yo zafé porque de más chico quise estudiar para árbitro y escuchando a dos de los hinchas discutir enojados les hice notar cuál tenía razón en base a las reglas de la AFA y medio que me hice amigo del que ganó la discusión, que resultó ser uno importante, así que me dejó salir cuando le dije que si no llegaba a mi casa mi vieja se iba a preocupar.
—Yo soy Ángel —se presentó la chica bien vestida, pero lo dijo en voz demasiado baja y nadie la escuchó.
—Me llamo Eduardo y tengo que salir de acá como sea. El pibe tiene razón, no llames a la policía, puede ponernos en peligro y tengo mucho por lo que vivir. Les mostraría a mi esposa, pero me sacaron la billetera; es hermosa como ninguna otra. Por eso me veo como me veo, para estar a su altura.
—Así me gusta, hombre de una sola mujer —dijo el viejo, sonriendo con picardía—. ¿Quiere un caramelo?
—Bueno, puede ser hombre de una sola mujer pero tener también un hombre por ahí, ¿no? —bromeó Luis—. Igual no tiene importancia —se rio sin percatarse de la cara de Eduardo al escuchar el chiste y de cómo la sangre se le fue a las mejillas.
—Yo creo que lo mejor es quedarnos quietos y hacer lo que nos dijeron. Así nos van a dejar ir y ya —dijo Ángel.
—Sí, claro, porque nada más seguro que la palabra de un ladrón —dijo la mujer rubia, que se empeñaba en taparse la cara con el pelo todo el tiempo.
—Sí, tiene razón, es increíble lo falsa que es la gente —dijo la chica del teléfono—. Por cierto, yo soy Amanda, bibliotecaria. Lo mejor es que nos presentemos todos. Tenemos al señor Eduardo, a Luís, a Ángel, a Ma… María —dijo señalando a la mujer rubia—. Y yo soy, como ya dije, Amanda. ¿Y usted señor? —le preguntó al anciano.
—Yo no, no soy Amanda. Por cierto, su nombre viene del Latín, señorita, y significa “la que debe ser amada”, ¿lo sabía? —preguntó el viejo—. Pero más allá de habernos presentado todos, lo que tenemos que acordar es qué es lo que vamos a hacer o, cómo es que usted, señorita, sabe el nombre de “María” si “ella” no se presentó todavía.
—Vinimos juntas —dijo María.
—Pero en todo momento estuvieron separadas —comentó Luis—. ¿Están peleadas o algo así? Una vez fui al Tigre con una pareja. Yo no quería porque eso de ser el tercero en discordia es incómodo, pero me rogaron así que fui. Resulta que estaban peleados y por eso querían que yo fuera, para suavizar un poco las cosas. En todo el día casi no se dirigieron la palabra. Al final cuando ella intentó bajarse de la lancha al muelle, se resbaló y se cayó al agua. Yo me asusté tanto que agarré a mi amigo con demasiada fuerza y lo tiré al él también. Él la ayudó a salir y medio que se amigaron. Cosas que pasan… ¿ustedes están peleadas?
—No. Estamos por negocios, pero no nos conocemos tanto —dijo Amanda, cortante.
—¿Qué negocios? —preguntó Eduardo—. Yo soy empresario y tengo muchas inversiones en simultáneo y siempre estoy buscando nuevas fuentes de ingresos.
—Nada —respondió Amanda.
—Me consiguió una identidad falsa —dijo María, sacándose el pelo de la cara y con una voz bastante más gruesa—. Perdón, pero si me voy a morir prefiero hacerlo como yo mismo. Me llamo Mario y salí de la cárcel hace poco y no puedo encontrar laburo de ninguna manera. Así que decidí vestirme de mujer…
—¿Te hiciste travestí? ¿Prostituta? —preguntó Eduardo, con un brillo en los ojos un tanto peculiar.
—¿Qué? No, hombre, no. Los varones en mi familia siempre fueron problemáticos. Alcohol, apuestas, robos. Nos sigue una maldición, así que decidí probar suerte en sociedad como mujer —explicó.
—¿Una maldición? —Se interesó Ángel.
—Eso dijo mi tarotista, Lupita, la mamá de ella, así la conocí —dijo Mario señalando a Amanda.
—¿Tu mamá es Lupita Kein, la tarotista? —Se emocionó la chica—. Me leí todos sus libros, es una grosa. Algún día me encantaría que me tire las cartas.
—No creo que sea tiempo para ponernos a… —empezó a decir Eduardo.
—Shhh —lo mandó a callar Ángel—. Que estas oportunidades no se dan todos los días. ¿Podrías conseguirme una cita con ella?
—Sí, claro. Si es lo que te interesa —dijo Amanda —. Ángel, ¿no?
—No, no, a nombre de Bohemia, si puede ser… Es el nombre que uso fuera de las horas de trabajo —explicó al ver como la miraban. Resopló y se desprendió del saco y de la camisa que llevaba puestos. Debajo de esas prendas tenía una remera negra con partes de encaje y del cuello aún le colgaban un montón de dijes.
—¿Qué brujería es ésta? —preguntó Eduardo—. Es que acá nadie es quien parece ser. La rubia es un tipo, la bibliotecaria con dos celulares es hija de una bruja y…
—¿Se encuentra bien, señor? —preguntó el anciano ojeando su reloj. Vio que Luis lo estaba mirando—. No quiero perderme mi programa —le explicó.
Eduardo estaba muy colorado y transpiraba mucho.
—¿Es un infarto? —preguntó Luis.
—No, no. Estoy bien —dijo Eduardo respirando con dificultad—. Con la cantidad de ejercicios que hago nunca voy a tener un infarto, gente. Lo que tengo es ansiedad y me dan ataques de pánico las situaciones estresantes.
—Pero Eduardo, no se ponga así. Lo que sea que esté pensando no tiene importancia. Concéntrese en que pronto vamos a salir y esto va a ser una anécdota para contar. Ni se imagina la cantidad que tengo yo.
—¿Cómo le consiguió una nueva identidad? —preguntó el anciano a Amanda—. Me podría dar la identidad de un hombre joven y con plata, porque con la jubilación que tengo…
—Sí, podría, pero va a seguir teniendo la misma edad —respondió Amanda con tono poco amigable—. Soy buena con las computadoras, digamos, pero no hago milagros.
—A mí me aceptaron el préstamo con lo que me diste, querida, sí haces milagros —dijo Mario.
—Bueno, ¿qué vamos a hacer? —preguntó Bohemia levantándose—. Voy a tener una cita con la gran Lupita Kein y no pienso poner en riesgo mi vida antes de que eso pase…
—¿Y eso qué quiere decir? —preguntó el viejo—. ¿Qué va a hacer algo y arriesgarse o que no va a hacer nada?
—Dijeron que no podemos confiar en que no nos van a hacer nada —dijo la joven.
—El noventa por ciento de las veces que algo sale mal en un asalto a un banco es porque alguien se intenta hacer el héroe o porque llega la policía debido a que alguien toca la alarma —dijo el viejo—. Por lo menos en las películas.
—No importa. Tienen razón, tenemos que salir. Si seguimos acá vamos a terminar mal, lo sé. Me falta el aire, además… Tengo palpitaciones —dijo Eduardo.
—Piense en su mujer, señor, piense en su mujer —dijo el viejo—. ¿De qué le sirve un marido muerto? Tome, coma esté caramelo. Lo va a ayudar a relajarse.
Eduardo agarró el caramelo que el viejo le dio y lo comió sin más.
—Gracias —dijo el hombre, sentándose en el piso del baño y desplomando la cabeza en sus rodillas.
—Eso fue rápido, ¿de qué era? —preguntó Luis—. ¿De Valium?
—De menta —se río el viejo mientras echaba un vistazo a la hora—. Pero es sabido que en momentos de estrés comer ayuda a superarlo… Algo de que cuando vivíamos en las cavernas solo comíamos cuando nos sentíamos seguros. No me acuerdo bien, mi cabeza ya no es lo que era.
—No tiene importancia, mientras lo haya ayudado… —dijo Luis.
—¿Qué hacemos? ¿Intentamos salir? —preguntó Bohemia.
—Yo opino que sí —dijo Mario—. Ellos piensan que soy una mujer, no se van a esperar mi fuerza.
—Uh, que machirulo —dijo Amanda.
—No, no es eso, boluda… Perdón —dijo rápido al ver la cara de la chica—. Pero cuando estuve en la cárcel mejoré mucho mi fuerza.
—Yo diría que sdhjsscgicsc… —dijo Eduardo levantando la cabeza unos segundos y volviendo a apoyarla en las rodillas. Estaba babeando.
—Se ve que el ataque de pánico lo agotó —dijo el viejo al verlo.
—¿Usted qué opina, abuelo? —le preguntó Luis—. ¿Salimos o no?
—No puedo votar, porque en mi estado yo no podría ayudar mucho. Así que no es mi vida la que estaría poniéndose en riesgo.
—Este hombre no está bien —dijo Bohemia, inclinada sobre Eduardo—. Tenemos que hacer algo.
—¿Alguien sabe algo de medicina? —preguntó Luis.
—No, ¿qué medicina? Tenemos que hacer algo para aprovecharlo —respondió ella—. Le avisamos al guardia que se desmayó y cuando entre a ver, vos —señaló a Mario— le saltás encima y le sacás el arma. Lo tomamos de rehén y obligamos a los otros a que nos dejen salir.
—Es, es… Un plan que podría funcionar —dijo Luis tras pensarlo—. Yo le aviso al guardia si quieren. Me recuerda a un tipo que conocí en un micro que pinchó una rueda rumbo a córdoba…
—Es un buen plan. Muy bien, niña. ¿Querés un caramelo? —interrumpió el viejo mirando su reloj y sonrió—. Esperemos que estos ladrones lleven mucho trabajando juntos y se interesen los unos por los otros, o a quien tenga el arma lo van a dejar como un colador.
El resto de los reunidos cruzaron miradas menos Eduardo que estaba tarareando algo sin mucho ritmo.
—No tiene importancia —dijo Luis-. Yo digo que lo hagamos.
—Pero… —empezó a decir el viejo cuando el joven ya estaba en la puerta.
Luis golpeó y llamó al ladrón, que no contestó. Probó una segunda vez y una tercera. Como no respondió probó abrirla y descubrió que no tenía traba alguna. Se asomó.
—No veo a nadie —dijo, y salió—. Vamos.
Mario y Amanda salieron tras él. El banco parecía vacío. Se les unió Bohemia, devuelta vestida con la camisa y el saco.
—Miren —dijo en voz baja, señalando entre las sillas.
Era la bolsa donde habían dejado sus pertenencias. Luis se acercó y se agachó para levantarla.
—¡Alto! ¿Quién es usted? —preguntó un policía apuntando con su arma a todo el grupo.
—Espere, espere, somos clientes que estábamos en el baño encerrados —explicó el joven—. Nuestras pertenencias están en esta bolsa… Creo.
El policía lo miró con desconfianza.
—¿Cuántos son? —preguntó. Otros dos se unieron a él y los empleados del banco se asomaron para ver.
—Hay dos más en el baño. Un hombre que sufrió un ataque de pánico y se desmayó, y un viejito —dijo Luis.
—Traigan a esos hombres —dijo el policía a sus compañeros.
Volvieron cargando a Eduardo entre ambos. El hombre roncaba.
—Solo estaba éste —dijo uno de los policías.
—¿No había un viejo? —preguntó Amanda sorprendida.
—No, solo él y un montón de caramelos —dijo el otro policía—. Iguales a los que les encontramos a los guardias inconscientes en la casamata.
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En éste cuento los personajes fueron imaginados por:
Diana: Ángel / Bohemia. Una chica con una personalidad que se esfuerza por caer bien y otra, gótica, que es con la que se siente libre.
Ofelia: Mario, un ex presidiario que decide disfrazarse de mujer por no poder encontrar trabajo siendo quien es.
Lucía: Eduardo, un hombre preocupado por las apariencias, que tiene un amorío con un transexual y ataques de pánico.
Gabriel: un anciano que charlatán que parece querer llevarse bien con todos, que regala caramelos pero que en realidad es una mala persona.
Romina: Luis, un hombre de 34 al que le pasan siempre cosas extrañas y que tiene como latiguillo la frase «no tiene importancia». Si bien parece distraído es bastante observador.
Celestina: Amanda Klein, hacker, hija de Lupita Klein, famosa tarotista.


Excelente Gabbo!
Qué trabajo. Muy entretenido.
Y mejor no recibir un caramelo de un desconocido, ni siquiera de un abuelito. Ja.
Una de las primeras cosas que nos enseñan, nunca recibir caramelos de extraños. Me alegro que te haya gustado!!!!!
Me gustó muchísimo, es dinámico, atrapante y los imagino a los personajes como personas reales y muy interesantes. Felicitaciones
Gracias, y muchas más por prestarme ese personaje
Muy bueno!!! Sorprendente final?
Gracias!!!!!!
Excelente. Me encantó…
Por muchos cuentos más, como este.
Felicitaciones. Gran trabajo.
Excelente! Gran trabajo! Me encantó.
Por muchos cuentos más como este.
Gracias Cecilia. Ya estoy por empezar a trabajar en el segundo
Me encantó Gabbo!! Felicitaciones!! ???? Y muy buenos los personajes!! Ya quiero el próximo!!
Muchas gracias!! Ya vendrá el próximo.
Bueno, ya llegó. Gracias por el comentario y por leerme!!!!!