cuento 01

Cuento colaborativo #02

Sean bienvenidas, personas del hábito de la lectura, a este segundo cuento cooperativo, juego de verano o intentos de un escritor de ir más allá de su zona de confort.
En esta ocasión participan cinco personajes cedidos muy amablemente por cuatro personas.
Me llevó bastante concretarlo debido a los tiempos que fueron tiranos, pero una vez que me pude sentar a hacerlo salió todo juntito.
Espero haber hecho justicia a los personajes que me han prestado y que el cuento resultante sea del agrado de quien lo lea.

La puerta se abre con violencia y entran tres personas al comedor comunitario junto a la iglesia. Dos de ellas sostienen a la tercera: una mujer joven que está inconsciente y a la que llevan colgando.

El comedor está casi vacío. Todavía faltan un par de horas para que abra sus puertas a los chicos más necesitados del barrio, y a algún que otro paciente del Borda, que está cerca, y suele pasar a ver si liga algo. Solo hay un pequeño grupo de ayudantes que está poniendo las mesas. Todos giran la cabeza para ver qué pasa.

Enseguida reconocen a Ayelén, que ayuda en el comedor cumpliendo las horas comunitarias que le dieron como sentencia después de salir de la cárcel de mujeres. Es, al parecer, una de las favoritas del padre Martín. No conocen a la mujer a la que lleva colgada del hombro ni al hombre que la ayuda.

—Traigan al padrecito, ¡ya! —grita Ayelén. Viste una remera con lentejuelas y pantalones cargo.

El hombre que la acompaña es de tez morena, viste un traje que le va un poco grande y está gastado en los codos. Entre los dos apoyan a la mujer inconsciente en una de las mesas que todavía no tiene el mantel, los platos, ni los vasitos de plástico.

—¿Llamo a la ambulancia? —pregunta una de las ayudantes del comedor, ya con el celular en la mano.

—¡No, boluda! Al padrecito, dije. ¿Sos lela?

—Pero… —empieza a responder la otra mirando a la mujer en la mesa, colorada y un poco brillante por la película de transpiración que le cubre la piel.

—Llamámelo al padrecito, ¡haceme el favor!

En el comedor, al ser un lugar comunitario a cargo de la iglesia, los presentes están acostumbrados a problemas repentinos y saben actuar con rapidez. Los pocos reunidos se  acercan a los recién llegados a ver qué pasa mientras llaman al padre y lo esperan.

Nadie repara en el hombre que se asoma por la puerta que quedó abierta. Es un hombre alto y un poco encorvado con cara de bueno, o de distraído. Lleva una mochila grande y unos paquetes bajo el brazo. Viste pantalones de trabajo color azul, camisa y unos zapatos con las suelas gastadas. Entra y se queda parado ahí; inclina un poco la cabeza y la sacude negando. Se acerca despacio al grupo reunido.

Desde el otro lado del comedor se abre una puerta y entra el padre Martín, el cura a cargo de la parroquia y del comedor. Es un hombre al que ya le están apareciendo las primeras canas, que tiene la pancita de un cuarentón con una vida sin muchas necesidades. Entra sonriendo y esa sonrisa le daría un aire a Arturo Puig si el actor hubiera nacido por la zona de la Mesopotamia.

—¿Ayelén? —pregunta el cura; su voz es suave y dulce pese a la sorpresa—. ¿Está todo bien?

—No, padrecito. Si estuviera todo bien no hubiera venido a romperle las pelotas un día que no me toca.

Los ojos del cura se agrandan un poco y mira a su alrededor con disimulo.

—Contame qué es lo que pasa, queridita.

—Hola, disculpe, un gusto —dice el hombre que acompaña a Ayelén, con un dejo de acento colombiano—. Mi nombre es Oscar Hernández, soy abogado.

—¿Te metiste en un problema, Ayelén? —pregunta el padre Martín—. Si es por lo que estaba haciendo en el baño la otra vez…

—¿Cómo dice? Ah, no, no. ¿Lo dice por éste? No. Estuvo en cana como yo, lo agarraron en el aeropuerto con talco en las axilas. Lo conocí cuando nos estaban dando los trabajos comunitarios.

El padre Martín mantiene su sonrisa. Desplaza la mirada de Ayelén al hombre y a la mujer tendida en la mesa. La señora viste de forma elegante aunque no lleva calzado y transpira mucho.

—¿Le robaron? —pregunta.

—Sí, pero el alma, padrecito —dice Ayelén—. Esta mujer está poseída.

—¿Poseída?

—Sí, señor. Está poseída. Doy fe —intervine Oscar—. Y no se lo digo por decir, señor cura. Se lo juro por el alma de mi niña que está por cumplir los quince. Le aseguro que esta señora está poseída. Ojo que yo no era de creer en toda esta vaina, pero en el tiempo que estuve en la cárcel me pasaron dos cosas: una, fue encontrar a Dios, y la segunda fue encontrar una nueva profesión para poder…

—A ver, espere un momentito por favor —lo interrumpe el padre Martín—. ¿Qué quieren decir con poseída?

—Ay padre, ¿es boludo o se hace? —pregunta Ayelén y se tapa la boca y se santigua—. Perdone, padrecito. Son los nervios.

—Pero le digo que sí, señor. Está poseída. Lo vi con mis propios ojos y la oí con mis propios oídos —continúa Oscar—. Yo estaba en la casa de ella haciendo un trabajito…

—¿Cómo abogado? ¿Qué trabajito? —pregunta el padre.

—No, que no. Lo que le iba a hacer era una pared de la cocina porque quería cambiar los azulejos.

—¿Azulejos? ¿Usted no es abogado?

—Sí, lo soy, lo soy. Pero antes de caer en la cárcel era albañil, padre. Como le dije, mi hijita está por cumplir los quince y me gustaría mucho poder ir a mi país natal y estar presente, pero es cuesta arriba, así que cualquier dinerillo que pueda juntar haciendo lo que sea, viene bien. –Saca una tarjetita y se la da.

—Iglesia evangelista…

—Perdón, esa no era —dice Oscar—. Es ésta. —Le da otra—. Y ya que estamos, tome también ésta por si quiere arreglar las manchitas de humedad de esa pared.

—Padre, tiene que hacer algo por esta mujer, tiene que salvarle el alma.

—Pero queridita, si está poseída yo no puedo hacer nada. No soy un exorcista.

—Y traiga uno, entonces. Porque cuando ésta se despierte, cagamos.

El padre Martín asiente y voltea para enfrentar al resto de los presentes que están a su espalda, casi sobre él.

—A ver, gente, les pido por favor a todos que se retiren un ratito y nos dejen solos —les pide—. No pasa nada y no hay de qué preocuparse. Está mujer necesita aire y espacio. Si despierta y estamos todos rodeándola, mirándola con estas caras, se va a llevar un buen susto. Así que vayan, por favor. Hay que seguir preparando la merienda para los chicos, entre otras cosas.

De mala gana se van yendo todos excepto Oscar, Ayelén y el hombre de la mochila y los paquetes bajo el brazo.

—Disculpe, ¿usted es? —le pregunta el padre Martín, manteniendo su sonrisa.

—¿Yo? Ah, sí. Perdone. Soy Ramón, trabajo en el servicio de mensajería de…

—¿Nos trae algo?

—¿A ustedes? No, no. Yo iba a la casa de ella a entregarle algo, en realidad —dice y señala a la desmayada—. Le llegó un paquete desde… —Abre la mochila y saca un paquetito—. Desde Tailandia, Bangkok —dice leyendo la etiqueta.

—¿Y se lo trajo acá? —preguntó Oscar.

—Estaba por tocarles el timbre cuando ustedes salieron cargando con ella —explica el sujeto—. Los escuché decir que venían a esta iglesia porque estaba poseída así que los seguí.

—¿Por qué? —pregunta el padre.

—Porque… ¿Cómo? ¿Por qué no les voy a decir? Ya estoy cansado de esto —Ramón habla sin mirar a nadie en particular—. No, no pienso preguntarles eso. Sí, ya sé que acá sirven comida… No, es para los chicos pobres… Que no tienen plata… Porque sus papás no tienen trabajo… no sé, no tienen. Bueno, pero así tuvieran no sería para vos… No, además a mí esas cosas me hacen mal… Me dan dolor de panza… No, no me hago encima… ¡Que no! Bueno, si no te gusta podes ir a otro cuerpo y dejarme tranquilo.

Los otros tres están paralizados mirando al repartidor. Dan un paso hacia atrás intentando que no se note mucho.

—Perdón —dice Ramón. Su voz suena un poco más aguda que antes—. Pero yo… quiero un caramelo y acá hay comida, ¿no? Y como yo quiero un caramelo y acá hay comida seguro que me pueden dar uno o más caramelos, ¿no?

El padre Martín abre la boca como para responder.

—¡No! —responde Ramón, con su voz normal—. Te dije que no hicieras eso nunca más. ¡No me importa que quieras caramelos! No podés hacer eso… Porque es mi cuerpo…

—¿Y a usted qué le pasa, don? —pregunta Oscar.

—Uh, a este se le oxidaron todos los tornillos de arriba, padrecito —dice Ayelén—. Conte que yo no lo traje. Vino solito.

—No entiendo nada —admite el padre.

—Le decía que yo estaba en la casa de la señorita acá desmayada porque quería que le hiciera un trabajito en una pared de la cocina —retoma Oscar—. Ya se lo había hecho el año pasado y había quedado muy bien, pero recién volvía de viaje y quería cambiar los azulejos por unos que se trajo de no sé dónde. Era un lugar lejos, quería conocer nuevas culturas y esas cosas. Así que al volver me volvió a llamar porque le hice un buen trabajo y quería que se lo volviera a hacer. Claro que los precios no iban a ser los mismos, aunque ella pusiera los materiales. Ya vieron como son las cosas en este país que mes a mes te cambia todo…

—Anda al grano, pelotudo.

—Sí, sí, claro. Perdón —dice Oscar—. La cosa es que hoy fui a su casa para ver qué era lo que necesitaba. Todavía no le dije nada del precio, porque yo soy así, no puedo evitarlo. Me creo que todos son conscientes del país en el que vivimos y… Perdón. Le fui a poner los azulejos pero ya desde que me abrió la puerta la vi rara. Andaba con un par de ojeras que parecía que estaba contrabandeando rímel debajo de los ojos. Transpiraba mucho y estaba medio colorada. Como si se le hubiese subido toda la fiebre junta, ¿vio? Medio que se tambaleó y le pregunté si estaba bien y me empezó a hablar con otra voz, en un idioma antiguo. Para mí era chino mandarín como mínimo.

—Disculpen —interrumpe Ramón, que tiene a los tres enfrente y aunque hablan más entre ellos que con él, le están dando la espalda a la mujer en la mesa—. Me parece que la poseída ya está despierta.

Los tres se dan la vuelta y ven que la mujer está sentada, con las piernas colgando de la mesa. Los ojos le brillan, están un poco colorados. Transpira mucho.

—Thxng Khxng chan ceb —dice la mujer con voz cavernosa—. Chan ca xaceiyn.

—¡En el nombre de Dios Todopoderoso! —exclama el padre Martín.

—¡Eso, padrecito! ¡Exorcícela que usted puede! —alienta Ayelén.

—¿Qué? —pregunta el cura.

—Dígame donde guarda el agua bendita que se la traigo ya mismo —se ofrece Oscar.

—Chan txngkar ya —dice la mujer—. Chan ca xaceiyn.

—¿Vanesa? ¿Vanesa, estás ahí? —pregunta Ramón—. Escuchá mi voz, no te dejes dominar sea quien sea. Sé por lo que estás pasando y te vamos a ayudar a superarlo.

—Pero, ¿usted la conoce a la señora? —pregunta el padre Martín.

—Es cierto, se llama así —asiente Oscar—. Pero…

—No, es la primera vez que la veo en mi vida, pero en el paquete figura su nombre –explica Ramón mostrando el paquetito.

—Es Vanessa, con dos S —dice la mujer. Su voz sigue siendo bastante cavernosa y se agarra la cabeza al hablar—. ¿Dónde estoy?

—Estás a salvo, Vanessa —le dice Oscar, parándose al lado—. Tuviste un ataque demoníaco y te desmayaste. Estás poseída.

—¿Cómo? —pregunta ella.

Sí, señora. Todos fuimos testigos —dice Ramón—. A usted la poseyó un chino mandarín. Pero no se preocupe, a mí me tiene poseído un nenito, debe andar por los cuatro años y se ve que era hijo de ricos, porque es caprichoso como él solo y no acepta un no como respuesta. Se cree que soy su mayordomo o algo así. Cosa que ve, cosa que quiere… Bueno, cosa que yo veo, cosa que él quiere.

—Pero yo no estoy poseída —dice Vanessa—. Lo mío es un virus gastrointestinal bastante fuerte. Es terrible.

—Pero te escuchamos hablar en chino.

—No. No sé hablar chino. Debió haber sido tailandés. Es que con la fiebre me confundo y se ve que me creí que todavía estaba allá, pidiendo ayuda en una clínica o una farmacia —explica—. Cuando me fui para Bangkok lo hice con la idea de descubrir nuevas formas de ver la vida, un nuevo enfoque de lo que es el mundo, de lo que es vivir… —cierra la boca y se le hinchan un poco los cachetes—. Perdón, les decía que fui a Bangkok a…

Sin dar aviso ni tiempo a reaccionar a nadie, Vanessa larga un gran vomito que mancha del pecho para abajo tanto al cura como a Ayelén.

—¡Cielo santo! ¿Está bien? —pregunta el padre Martín.

—Me re cago en Dios y en los evangelios —dice el mismo tiempo Ayelén, haciendo una hermosa yuxtaposición sobre el modo de ver la fe por diferentes personas.

—¡Sal de su cuerpo, demonio chino! —dice Oscar que se salvó del vómito gracias a estar junto a ella, alzando una mano al techo y apoyando la otra en la frente de la mujer. Baja la mano y la mete por el cuello de su traje para sacar la crucecita que lleva colgada.

—Yo creo que ya salió bastante de su cuerpo, la puta madre —murmura Ayelén.

—Disculpen, por favor, que vergüenza —dice la mujer sacándose de encima la mano del colombiano como si estuviera espantando una mosca—. Es este virus que me agarré… Les decía que fui a Bangkok a conocer otra cultura, así que en vez de irme a un hotel, me quedé en una casa de familia —continúa contando ella, con voz débil y gutural por los dolores de panza—. No tenían mucho, pero lo compartieron todo conmigo.

—Menos los anticuerpos —comenta Ayelén.

—Hasta un demonio chino —murmura Oscar a la vez.

—No, esto no me lo agarré con esa buena gente —dice Vanessa—. El virus me lo agarré porque tragué sin querer agua del río Chao Phraya. Quise recorrerlo y me caí… y bueno… Lo único que me calma los retorcijones y me baja la fiebre es una medicina que hacen allá. Me traje un frasquito pero se me acabó ayer y mandé a pedir otro pero todavía no me llegó.

—¿Será esto por casualidad? —pregunta Ramón sacando el paquetito.

Vanessa lo agarra, lo mira y lo abre.

—¡Sí! Es esta. ¡Gracias! ¡Mil gracias!

—¡Es un milagro! —dice el padre Martín—. Gracias a Dios por su acciones.

—¿Qué acciones, Padre? —pregunta Ayelén, que se está limpiando parte del vomito de la ropa con las servilletitas que encontró en otra mesa.

—¿No lo ven? A ella le dio un ataque estando él presente, que al encontrar a Dios en la cárcel lo confundió con una posesión demoníaca y la trajo hasta acá…

—No. En realidad lo que hice fue llamarla a ella porque sabía que hacía horas comunitarias en una iglesia que quedaba mucho más cerca que la mía —corrige Oscar—. Además siempre dice lo buena onda que es usted, padre.

—Bueno, la llamó a ella. La esperó y salieron juntos justo cuando quien cargaba la medicina estaba cerca como para escuchar a dónde venían y los siga, y acá estamos todos, con todo resuelto —explica el padre Martín.

—Y digo yo, ¿no era más fácil dejarla en su casa hasta que llegara la medicina? —pregunta Ayelén—. Digo, en una de esas nos ahorrábamos el remis y no me hubiesen vomitado hasta los calzones.

—Dios actúa de formas misteriosas —dice el cura sonriendo.

—¡No! Sí es un milagro. Porque si yo le hubiese entregado la medicina en la casa, nunca hubiese venido hasta acá y nadie me ayudaría con el nene que tengo adentro… ¿no?

—Ah, eso… Sí —dice el padre Martín—. Es que no soy exorcista y no puedo hacer nada… Si quiere puedo mandar una carta contando su caso al Vaticano.

—¿Eso me va a ayudar?

—No sabría decirle. He escuchado algunas cosas sobre exorcismos de demonios, pero no de niños pequeños —responde el cura.

—El mocoso éste es un demonio considerando como se porta —murmura Ramón.

—Disculpe, Oscar, podría volver a llevarme a mi casa, por favor. Necesito cambiarme la ropa e ir pidiendo el próximo frasco de medicina, porque no me dejan traer más que de a uno por vez, no sé por qué problema en la aduana —le pide Vanessa.

—Sí, por supuesto, señora —asiente el colombiano—. Si usted quiere la puedo asesorar sobre posibles acciones legales contra el barco del que se cayó, por esto que se agarró. No sé, podemos demandar.

—No, Oscar. Está bien, no hace falta —le dice Vanessa—. Fui para allá para conocer otras culturas, no para llevarles la mía.

—Bueno… ¿Vamos? —le pregunta Oscar a Ayelén.

—No. Yo me voy  a cambiar a mi casa. Huelo horrible y en cualquier momento me pongo a vomitar yo.

—Perdón, ¿alguien me va a ayudar? —pregunta Ramón.

—Bueno, hijo… Esto es un comedor infantil… Si lo que tenés adentro es un niño, se puede quedar a tomar la merienda… hay chocolatada.

—¡Sí! Quiero chocolatada —festeja Ramón, con una voz más aguda de lo normal y el cura lo mira con gesto de resignación.

///

Gracias Marcela por cederme a un cura bonachón y a una ex presidiaria mal hablada que cumple horas en el comedor de la iglesia.
A Daniel por su colombiano ex presidiario devenido en un abogado evangelista.
A Vanesa por su mujer en busca de otras culturas que es protagonista de su propia novela.
Y a Pablo, por su repartidor en cuyo interior habitan dos consciencias.

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8 comentarios

  1. Estaba intrigada por cómo resolverías el encuentro de personajes tan disímiles y el resultado fue genial. Me divertí mucho… Ramón puede encontrar ayuda; el Borda queda cerca…

    1. Gracias Lía. Sí. Esto de los personajes es todo un desafío. Pero estoy contento porque pudo ser peor. Las personas que participaron no fueron malvadas y nadie me dio un tiranosaurio de brazos largos, o un astronauta, o al primer hombre de las cavernas en quemarse con fuego… Así que no me quejo y doy gracias XD

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