cuento 03

Cuento colaborativo #03

Contando aún con dos personajes en mi haber, gracias a los ofrecimientos de Beatriz y a mi tocayo Gabriel, armé esta pequeña pieza de letras que espero puedan disfrutar, compartir y comentar.

///

Se baja del avión cargando solo una valija de mano en la que lleva algo de ropa, un libro que ya casi termina y el montón de cartas que la llevaron a hacer un viaje de más de cuatro horas. La humedad y el frío la reciben al salir del aeropuerto, entre un caos de turistas, de personas que están regresando y otros que solo vuelan por trabajo. Todos queriendo subirse a un taxi, a un coche familiar o a lo que sea que los lleve a sus destinos.

*

Está de pie, en la calle, frente a una fila de autos parados, protegido por el ojo furioso de un semáforo. Tiene un poco de resaca, el faso que se fumó tenía más mierda que de costumbre. Sabe que el chino vende lo peor de lo peor, pero se le fue la mano. Más que un “paraguayo” el hijo de puta le vendió yerba mate vencida con perfumina berreta. Por eso solo va tirando al aire tres pelotitas. No tiene que hacer mucho, es una esquina de semáforos rápidos y si se distrae se ponen en amarillo y todos se van sin darle un carajo.

Atrapa dos de las pelotitas cuando caen y se inclina en una reverencia forzada para atajar la tercera con la nuca. La esfera queda atrapada entre sus largas rastras grises y la recupera. Se endereza y camina entre los coches como un “pac man” buscando alguna cosita. La mayoría no lo mira. Ve que una mano se asoma con un billete bastante arrugado. Lo agarra. Agradece. Un par más y va a poder comprarse un cartoncito de tinto.

*

Entra al hotel. Es un cuarto chico, triste. Abre la persiana con la esperanza de que la luz mejore las cosas. No lo hace. Apoya la valija sobre la mesa y saca las cartas. Se deja caer en la cama de una plaza, hace frío y el acolchado le pica. Mira el montón de cartas atadas con un lazo violeta; las más viejas tienen los sobres amarillentos, a algunos de los más nuevos tuvo que pegarlos con cinta porque las cartas que contienen son muy largas. Piensa que si no fuera por ese amigo en común, jamás hubieran empezado a escribirse. Ahora está en el mismo país que él. Eso le da un poco de terror y se le hace un nudo en el estómago, pero no puede parar de sonreír cada vez que lo piensa.

*

Entra en el cuarto oscuro, de paredes desconchadas y grafiteadas. Huele a vino vomitado, a podrido… Huele a culo sucio. Arrastra los pies buscando su rincón, donde está su colchón. En la penumbra que se filtra por las ventanas tapiadas puede ver que hay alguien acostado ocupando gran parte de su lugar. Con el frío que hace, mejor. Se acomoda entre la pared y el extraño. No tiene la más puta idea de quién es. De noche todos son fantasmas que se ven iguales. Puede que sea un conocido, puede que sea un loquito nuevo que intente acuchillarlo. El tipo huele a mugre arrastrada por las calles de la ciudad, pisada, mezclada con basura y mierda durante años, sin probar nunca agua y jabón. Eructa, se acomoda empujando un poco y cierra los ojos. Él no huele mejor.

*

Sale del hotel temprano. Ya habló con su hijito, quién quedó al cuidado de la madre de un compañero de la escuela, en Rio de Janeiro. Es una mujer de buen temperamento a la que tiempo atrás ayudó con unos problemas legales.

El día es todo suyo, pero cada movimiento de las agujas del reloj se siente como una derrota mientras no se encuentre con él y pueda preguntarle en persona todas las cosas que lleva mucho tiempo queriendo saber, pero que no le pareció acertado escribir por carta.

Lleva años sin pisar Buenos Aires y, aunque reconoce la ciudad en la que pasó gran parte de su infancia, ve solo algunos rasgos familiares, como en un rostro atacado por el tiempo. Con las ciudades, muchas veces, es al revés que con las personas, en las que hay que adivinar esa familiaridad entre arrugas, patas de gallo y pelos grises. A las ciudades, a veces, el tiempo parece rejuvenecerlas más que avejentarlas.

Todo le parece nuevo en comparación a lo que recordaba, pero no le interesa. El mundo le sabe insípido, lúgubre y absurdo. Desde que tiene memoria leyó una y mil veces que una imagen vale más que mil palabras, pero en su bolso están las cartas que él le mandó y sabe que en ellas hay palabras que valen más que mil imágenes. Palabras que valen más que todo el mundo. Las lleva consigo. Aprieta el bolso contra su cuerpo, tiene más miedo de perderlas que de que le roben el monedero o los documentos.

*

El frio de la calle lo lleva también en el alma y no hay vino con el que pueda combatirlo. Después de años de miseria está bastante acostumbrado, pero todavía hay días en los que los recuerdos vuelven a abrir las puertas y sacudir las telas de araña.

Lanza las pelotitas al aire. Usa cuatro. Tiene que concentrarse en los primeros tres semáforos, pero el constante movimiento aplaca un poco el frío y se va aflojando lo suficiente como para dejarle el tema de los malabares a su cuerpo. Su mente sondea los autos estacionados. Sabe que de los dos primeros no va a sacar nada. Se salva de perder una de las pelotitas cuando ve que uno de esos dos está mirando su celular. Tiene ganas de tirarle las cuatro contra el parabrisas.

*

Cuelga. Acaba de escuchar su voz y notó en ella la alegría de saberla en su mismo país. Es como si se le hubiese petrificado la sonrisa en la cara. Sale del ciber café con locutorio sin darse cuenta de que no agarró el vuelto. Cruzó la frontera en un avión para achicar la distancia entre ellos. Ahora, con una llamada, también redujo el tiempo. Lo encontró en su casa, saliendo para una reunión. No queda muy lejos de donde ella se hospeda. Ya quedaron para verse.

En una hora como mucho va a darle forma humana a los mundos de esas cartas. Va a darle voz al narrador que siempre imaginó al leerlas.

Vuelve al hotel y se arregla, se pone perfume atrás de las orejas. Agarra el montón de cartas y separa una de las últimas que le llegó, en la que él cuenta cosas que ella considera muy personales, que significan una gran confianza y mucha unión entre ellos.

Sale a la calle, a su encuentro, a unir su universo interior con el exterior. Es temprano y lo sabe, pero no podría aminorar el paso ni aunque le pusieran grilletes. Llega a la esquina frente a la plaza donde van a encontrarse por primera vez. Baja el cordón y empieza a cruzar cuando lo ve. Lo reconoce en parte por las fotos que le mandó, en parte porque él también sostiene en las manos un montón de cartas. Los sobres azules que ella siempre elije para escribirle.

Lo ve.

La  ve.

Se sonríen.

Apura un poco más sus pasos y suena la bocina.

Fuerte; se silencia el mundo.

Las ruedas chirrían tatuando el pavimento.

Y…

*

Y la vuelve a ver, como si los años no hubiesen pasado, como si él siguiera siendo el de antes, el del pelo corto y prolijo, el que salía a trotar todas las mañanas porque no quería sacar panza, el que tenía un trabajo y el que miraba con desagrado a los que extendían las manos buscando monedas.

La ve a través del tiempo, cruzando la calle, con las cartas en la mano, atadas con un lazo violeta. Sonríe como un niño frente a una calesita llena de luces. Era la primera vez que iban a verse en persona y ambos sabían que ya estaban enamorados.

La ve una y otra vez, atemporal en su destino. Vuelve a ese día cada vez que se para en cualquier esquina a hacer sus malabares. La ve con los mismos ojos que tenía por entonces, antes de caer en depresión y alejarse de todo lo que conocía, porque ya nada tenía sentido, porque ellos eran parte de la única cosa que tenía valor.

Después la bocina, el frenazo, y las cartas volando como pájaros perdidos a merced del viento, sobre una ciudad gris de la que ya nunca podría sacarse el frío.

///

Una vez más gracias a Gabriel, Beatriz, y a todos los que han tenido la amabilidad de seguirme el juego y colaborar con sus personajes.

Ya veremos qué otra cosa vamos inventando. Si se les ocurren ideas o quieren proponer, ¡manden mensaje!

¿Te gustó lo que leíste?

Invitame un café en cafecito.app

7 comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *