Culpable hasta que se demuestre lo contrario scaled

El caso de la señora Maribel

Kolmann despertó poco antes de que sonara su alarma y se vistió para hacer sus ejercicios. Al pasar por la cocina saludo a Patricia, que ya estaba despierta, comiendo cereales en pijama.

—¿Con quién te comunicas a esta hora? —le preguntó al ver que estaba con el teléfono.

La chica se encogió de hombros a modo de respuesta. Mauro se sirvió un tazón de granola sin leche, no muy lleno, para no ir a hacer ejercicios en ayunas. Sabía que lo ideal era dejar pasar más tiempo entre lo que consumía y su ejercicio, pero no quería levantarse tan temprano si podía evitarlo.

Le preguntó por Roberto, pero ella se volvió a encoger de hombros.

—Es un placer hablar con vos —le dijo al retirarse.

El señor Marin se presentó en la sala de ejercicios media hora después, apurándolo. Mauro terminó su rutina, comió unos huevos revueltos sin yema y se dio un baño, todo rápido, con Roberto haciendo ruidos de reloj a su alrededor. Cuando salieron de la casa, un coche ya los estaba esperando.

—¿De qué se trata todo esto? —preguntó el custodio cuando ya estuvieron acomodados en el auto.

—Ahora no —respondió Roberto y lanzó una rápida mirada al conductor, como si sospechara de él. El vehículo se puso en movimiento y Mauro, viendo que no iban a poder hablar mucho, decidió dormir un rato más.

Se despertó cuando escuchó que Roberto decía «acá está bien» al chofer. Abrió los ojos y miró al rededor, pero no pudo reconocer el barrio. Las casas eran grandes y antiguas, las veredas gruesas, las calles angostas y muchos árboles frondosos a ambos lados que se habían encargado de alfombrar el lugar. El viejo tocó el timbre de una casa de tres pisos con techo plano y puerta blanca. Menos de un minuto después les abrió una mujer que rondaría los cuarenta años. Era delgada y de buen ver, aunque tenía unas ojeras que el maquillaje no había logrado ocultar del todo.

—¿Señor Marin? —preguntó antes de dejarlos pasar.

—El mismo, tenga usted buenos días Maribel —respondió Roberto aunque ella le había preguntado a su custodio.

—Pasen, pasen —los invitó tras sonreír. Ambos hombres obedecieron—. ¿Marin? ¿Algo que ver con el escritor?

—No, solo el apellido —respondió Roberto. La casa, pese a sus grandes ambientes estaba cálida y era un buen contraste con el frío de afuera—. El señor Kolmann es mi asistente personal. ¿Puedo preguntar cómo dio conmigo?

—Sí. Claro. La mujer que viene a hacer la limpieza los fines de semana me dijo que en otra de las casas donde trabaja habían desaparecido unas alhajas y usted fue capaz de decir qué pasó con ellas.

—Sí, me acuerdo de qué casa habla —asintió Roberto—. Las alhajas las había agarrado la hija que había quedado embarazada y quería hacerse un aborto.

Tomaron asiento aceptando la invitación de Maribel, que ya tenía preparado el té y había puesto platos de porcelana fina con diferentes tipos de galletitas de panadería. Intercambiaron miradas mientras de las tazas surgía un vapor danzante y la comida esperaba a la primera mano valiente que rompiera la vergüenza.

—¿Qué motivo la llevó a comunicarse conmigo? —preguntó Roberto, agarrando una galleta y comiendo la mitad.

—Mi esposo —dijo ella sin titubear, como si las palabras hubiesen estado luchando por salir de su boca en los últimos minutos.

—¿Infidelidad? —preguntó Mauro sin pensarlo y miró a su protegido a ver cómo se tomaba el que él hablara. Roberto sonrió.

—No sé. No creo. No aún —dijo ella y se llevó la punta de los dedos a la frente, tapándose la cara, como si le doliese la cabeza o quisiese ocultar sus lágrimas—. Se comporta extraño, se sacó la barba… desde que lo conocí que nunca lo vi afeitado del todo como ahora. Siempre usó barba y bigote, siempre.

—Bueno, los gustos cambian —dijo Roberto—. ¿Qué edad tiene? Adivino que más que usted, digamos… ¿Unos cincuenta, más o menos?

—Sí. Cumplió cuarenta y ocho el mes pasado —respondió ella admirada—. ¿Usted creé que se trata de una crisis de edad?

—No lo descarto —respondió Marin—. Pero con tan pocos datos tampoco lo doy por seguro. Sólo digo que a cierta edad los hombres ven más canas que pelos de color natural en sus barbas y deciden sacar el problema de raíz.

—¡No! —casi gritó Maribel—. Gabriel adora sus canas. Siempre dice que lo hacen ver más masculino, lo mismo decía de su barba. Nunca mostró signos de que envejecer le diera miedo o vergüenza. No es una crisis de los cincuenta.

—¿Usted cree que se trata de otra mujer? —preguntó el viejo.

—Si fuera eso me sentiría tranquila —suspiró ella. Los dos hombres intercambiaron miradas.

—¿A qué se refiere? —preguntó Kolmann.

—Mi marido es el CEO de una importante compañía de seguros y aunque no puedo demostrar nada, juraría que sus métodos no son del todo transparentes. Tengo miedo de que un cliente afectado quiera hacerle daño. Lo veo y es como si él no quisiera ser reconocido.

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