Culpable hasta que se demuestre lo contrario scaled

Roberto Marin, detective

Desde el incidente en el bar, el trabajo de Mauro se volvió más interesante y menos monótono. Al parecer, las siestas de Roberto nunca existieron, el viejo siempre escapaba de la casa a hacer su vida en esas horas. Tal como había anticipado Horacio, su hijo, la vida del viejo se trataba de ir metiendo la nariz en asuntos ajenos por todos lados.

Con Mauro al tanto de las salidas, sus horarios se ampliaron así como también las distancias que recorría. Transitaron por bares, museos, incluso shoppings. Donde fuera que iban, Roberto se dedicaba más a escuchar las conversaciones de los demás que a otra cosa. Lo malo era que aparte de escuchar, se metía y participaba en ellas.

Kolmann había descubierto una manera en que las interacciones del viejo con extraños fueran menores. Lo que hacía era simple, cada vez que llegaban a un lugar, le hacía preguntas a Roberto sobre los extraños, y éste se entretenía mostrando sus cualidades.

—¿Esos? —preguntó Mauro.

Estaban en un bar pequeño. El custodio había señalado a un hombre y una mujer sentados frente a frente, con dos tazas de café y unas medialunas entre ellos.

—Primera vez que se ven —dijo Roberto sin dudar—. Se conocieron por internet y es la primera vez que se encuentran. A ella no termina de convencerle, pero va a darle una oportunidad. Siempre y cuando él avance primero, claro. Puede que lo haga, después de todo, lo único que él quiere es tener sexo y a otra cosa mariposa.

—¿Cómo podría saber eso? —preguntó Mauro, sonriendo. Agitó un poco su café americano y le dio un sorbo.

—No lo sé…

—Lo intuye. Sí. Ya sé —terminó el custodio—. ¿Cómo lo intuye?

—Se nota la tensión entre ellos —dijo el viejo—. El modo en que se reconocieron y saludaron. Torpes. Fíjese que él habla mucho, trata de engatusarla. Pero además no quiere que haya silencio, sería incómodo. Las personas que llevan más tiempo juntas charlan con silencios también. Pero ellos no dejan que el silencio gane terreno porque le temen. Él la quiere impresionar, mire sus posturas. Está hablando con un guion de fondo, ni se fija en ella, casi. Si lo hiciera vería que no lo está escuchando. No del todo. Ya sabe que es un charlatán y parece dispuesta a seguirle el juego. Mire bien sus gestos, como asiente cuando él hace una pequeña pausa. Los dos hablan más con el cuerpo que con las bocas, ¿no le parece?

Mauro se encogió de hombros. Así como el cliente intuía esas cosas, él intuía que no se equivocaba. No por mucho, al menos.

—¿Y el mozo?

—Está resentido con su trabajo. Cree que su jefe es un cretino, por usar una palabra suave. Piensa que su patrón no sabe lo que es realmente laburar y está seguro de que si el bar fuera de él, estaría mucho mejor.

—Claro. Como casi todos los empleados ¿no? —se río Mauro.

—Exacto —asintió Marin; estaba bebiendo un submarino con bizcochos.

Mauro observó un poco a la pareja y las cosas que había dicho Roberto sobre ellos eran más notorias ahora que sabía dónde mirar. Lo que minutos antes le parecía una simple pareja charlando, se transformó por completo al reparar en esos pequeños detalles que, una vez vistos, dejaban de ser pequeños.

—Tengo que hablarle de algo —dijo Roberto tras un rato de silencio.

—¿De qué se trata?

—Recibí una carta de una mujer que solicita mi ayuda.

—¿Su ayuda? ¿Una carta? —preguntó Mauro, sin saber cuál de las dos cosas era más extraña.

—No uso mi maravillosa intuición solo para entretenerlo a usted e incomodar a las personas —dijo Marin—. A veces la gente me busca para que la ayude con ciertos asuntos.

—¿Como un detective?

—Sí. Veo que ese término tiene cierta magia en usted, así que digamos que sí.

—¿Y por qué me lo comenta?

—Porque usted va a acompañarme está vez, ¿no?

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