Culpable hasta que se demuestre lo contrario scaled

Custodio

Mauro veía que Patricia se ocultaba atrás de su teléfono, intentando disimular su risa. No hacía un buen trabajo. Roberto, por su parte, se reía sin disimulo.

—No es gracioso —dijo el custodio.

Habían regresado a la casa tras los disturbios del bar, Roberto ayudándose con el bastón por un lado y con Patricia tomándole el otro brazo. Mauro se había asegurado de que ninguno de los dos hombres del bar diera la vuelta en busca de problemas.

—Es un poco gracioso, sí —dijo Marin.

—No. no lo es. Pudieron haberlo lastimado.

—Bueno, para algo tengo un custodio, ¿no? ¿No pretenderá cobrarle a mi hijo por jugar a las damas, comer y dormir?

—Sé muy bien cuál es mi trabajo, pero no lo puedo hacer si no estoy presente —retrucó Mauro—. No puedo custodiar a un cliente que se escabulle.

—Le recuerdo que su cliente no está acá presente —dijo Roberto con su sonrisa zorruna—. Yo solo soy un beneficiario de sus servicios. Pero yo no soy el cliente, yo no pedí sus servicios.

—Pero los usó —dijo Mauro.

—Claro que sí. ¿Por qué no habría de usarlos?

Mauro gruñó abriendo y cerrando los puños. De estar solo, se hubiera puesto a hacer flexiones de brazos o abdominales.

—Si lo que quiere es ir a bares a estafar a los ingenuos, yo no tengo problemas, pero no se escape. Me gusta hacer bien mi trabajo y para hacerlo tiene que colaborar —dijo Kolmann—. Pudieron lastimarlo.

—Se preocupa de más —dijo Roberto.

—Esos hombres querían golpearlo.

—No son ni los primeros ni los últimos, señor Kolmann —dijo Marin suspirando—. Una de las pocas ventajas de ser viejo es que uno se sale con la suya mucho más fácil que cuando es joven.

—Estadísticamente, puede ser, pero no siempre. Nunca falta alguien a quien le… a quien no le importe darle un guantazo a un… a una persona mayor.

—Lo sé, lo sé —sonrió Roberto—. Ya me han dado varios y todavía sigo acá con mi propia dentadura. A mi edad ya sé a quién tocarle los huevos y a quien no.

—Algún día puede equivocarse, sobrestimar a alguien. Si eso pasa, la idea es que no reciba ningún golpe, no mientras yo esté a su servicio. Así que, por favor, la próxima vez que se escape a estafar a alguien, dígame.

—Me va a espantar a los clientes —se quejó Roberto en broma.

—Mejor todavía, entonces —rezongó Mauro.

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