El embustero
El paquete de pochoclos ya estaba medio vacío, descansaba entre Mauro y Patricia. La película, sobre la segunda guerra mundial, era un poco lenta y Kolmann se dormía de a ratos. Por lo general podía despertarse y dormirse a gusto, pero con las películas siempre le pasaba eso. El día anterior se había acostado cerca de las doce de la noche y ese día Roberto había intentado llevarse su libro de la biblioteca antes de las cinco.
Como la película estaba en alemán, llevaba un buen rato sin entender nada de lo que pasaba con los personajes. Patricia estaba despierta prestando más atención a su teléfono que a la enorme pantalla. El custodio ya se había acostumbrado a los sonidos de ese aparato y no le molestaba. Era solo un fondo más, junto con los coches y los pájaros.
—¡Mauro! —lo sacudió la chica—. ¡Tenemos que salir!
—¿Qué? ¿Por qué? —preguntó Mauro intentando disimular que estaba dormido—. No puedo dejar a Roberto.
—Sí, ya sé. Tenemos que ir a buscarlo —dijo Patricia, su voz y sus movimientos denotaban alarma.
Mientras se levantaba del sillón lo primero que pensó fue que al viejo le había dado un ataque al corazón o un ACV mientras dormía su siesta. Así que se dirigió a la habitación de Roberto para tirarla abajo asumiendo que esa era la ayuda que Patricia necesitaba.
—¡No! —le grito ella—. Roberto no está ahí adentro, se fue a un bar a unas cuadras de acá.
Mauro se paró en seco buscando sentido a las palabras que acababa de escuchar.
—¿Un Bar? ¿Qué bar?
—En el camino te lo explico, pero vamos, dale, rápido —lo urgió Patricia.
Kolmann sabía que a veces era mejor preguntar después. Actuar rápido, podía ser la diferencia entre la vida y la muerte. Saber las cosas o entenderlas, muchas veces, tenía que relegarse al tercer o cuarto puesto de importancia en su línea de tareas. Lo primero era proteger al cliente. Siempre. La segunda era hacerlo, en lo posible, sin resultar herido.
Salieron del departamento y trotaron por el sendero que desembocaba en la avenida. Kolmann saltó la puerta de madera y cayó en la vereda. La mujer lo imitó y la atajó para que no terminara en la avenida. Patricia le agradeció, salió corriendo para el lado de calle Perú y Mauro la siguió.
Ya desde la esquina el custodio vio a las personas en la calle. Se habían detenido y miraban para adentro de un local. Mala señal. Aceleró dejando a la chica atrás. Se abrió paso entre la gente sin pedir permiso y sin hacer caso a las quejas. En sus épocas de patovica de boliches había aprendido a hacerlo. Agregó unas palabras de disculpas de todos modos. Entró en el bar y vio a un par de mozos sujetando a duras penas a dos hombres que vociferaban contra Roberto, que estaba sentado sujetando su bastón con ambas manos como si fuera una espada. El custodio vio que el viejo parecía pequeño e indefenso, pero no parecía asustado.
—¿Qué pasa acá? —preguntó Kolmann con voz firme y autoritaria. Los mozos mantenían a raya a los hombres y no vio necesidad de lucha todavía. Se puso entre su protegido y ellos.
—Este viejo de mierda es un estafador —dijo uno de los hombres. Era grandote, más grasa que músculo, pero Mauro sabía que nadie débil podía mover un cuerpo de ese tamaño. El otro era más flaco y más joven, pero se notaba que tenía ese tipo de músculos que da el trabajo, no muy voluminosos pero potentes.
El custodio miró a Roberto por encima de su hombro. Pese a las amenazas, el viejo parecía divertido.
—Bueno. Cálmense y vamos a charlar de esto antes de que llegue la policía y terminemos todos en la comisaria declarando, ¿ésta bien? —preguntó.
Los hombres dejaron de forcejear tanto y los mozos los soltaron y se alejaron a una distancia prudencial. El más gordo de los dos extraños señaló a Roberto con actitud amenazadora.
—Me vas a devolver la guita o te mato, la puta que te pario.
Mauro se movió un poco para estar entre ese y su cliente.
—Calma —le dijo apoyando una mano en su pacho—. Explicame qué pasó.
—Hicimos una apuesta —intervino el otro—. Estaba jugando al solitario y se nos puso a hablar. Nos terminó invitando a jugar a quién sacaba la carta más alta y le dijimos que sí para entretenerlo un poco.
—Le ganamos y nos ganó un par de veces. Dijo que era entretenido pero no emocionante. Así que propuso jugar al mejor de nueve, la carta de él contra la mía y la de él —dijo el gordo señalando a su amigo. Roberto no decía ni una palabra, se había sentado como un chico en penitencia—. La apuesta era de cien pesos por mano, cada uno. Dijo que sí perdía él, ponía doscientos por mano para que fuera justo…
—Equitativo. Dije equitativo —lo corrigió Roberto. Mauro no lo podía ver pero intuía la sonrisa del viejo taimado, la misma que veía cada vez que iba a coronar una de sus fichas cuando jugaban a las damas. Sonrisa de zorro, la llamaba.
Ambos hombres reaccionaron con insultos y Mauro tuvo que volver a poner la mano en el pecho del gordo, que lo miró con furia asesina. Mala señal.
—El viejo forro se carteó, nos ganó las cinco primaras manos.
—¿Ustedes lo vieron cartearse?
—No. Pero lo hizo —dijo el gordo; su tono de voz indicaba que faltaba poco para que intentara algo más que solo quejarse.
—Si hubieran jugado a cien, cinco manos seguidas no parecería tan extraño. Puede pasar, no sean malos perdedores —les dijo Mauro.
—En las cinco manos sacó el rey de oro —dijo el otro—. ¡En las cinco!
—Que loco que es el azar ¿No? —preguntó Roberto con exagerada inocencia—. No sean malos perdedores, si quieren les doy otra chance, a todo o nada.
—¡Viejo del orto! ¡Hijo de puta! Te voy a arrancar la dentadura postiza y te la voy a meter por el culo —estalló el gordo e intentó avanzar para cumplir sus amenazas.
El custodio retrocedió dos pasos. El contrincante, que esperaba resistencia, perdió un poco el equilibrio y la iniciativa. Con una llave, Mauro le agarró el brazo y se lo torciócon fuerza haciendo que el otro girara y quedara de espaldas a él. El otro hombre intentó avanzar a su vez y Kolmann lo empujó a un costado con una patada. El más joven de los dos hombres cayó sobre una mesa. Mauro empujó al que tenía atrapado lo más lejos de su cliente.
—¡Basta! —gritó—. ¡Se van ahora mismo!
Ambos hombres lo miraron con odio.
—Es un tramposo —dijo el más delgado.
—Tal vez sí, tal vez no —dijo Mauro—. Pero ustedes son dos boludos que todavía creen en los reyes magos. Ahora se van por sus propios medios o los saco yo.
—Pero… —empezó el gordo. Mauro hablaba con enojo y su físico imponía miedo; avanzó un poco y lo agarró del cuello.
—¿Pero qué? —le preguntó casi nariz con nariz—. Si sos tan pelotudo que no viste que te estaban cameleando, te jodés. Viste a un viejo y dijiste «guita fácil», ¿y te la das de víctima? ¿Te enojas por recibirte de boludo? Te vas ya mismo con tu amigo. Si se apuran, pueden encontrar a un hombre con gabardina que está vendiendo el obelisco y otro que les apuesta si adivinan en qué vaso está escondida una pelotita.
Sin dejar de putear y de mirar con furia, los dos hombres pagaron sus consumiciones y se fueron. Mauro no los perdió de vista ni un solo segundo. Siempre podían tirar un vaso o algo en el último momento. Ya pasado el revuelo, las personas de la calle retomaron sus rutinas. Los de dentro del bar, comentaban por lo bajo lo que había pasado. Viendo que todo estaba tranquilo, Mauro encaró al viejo.
Roberto le sonrió y le tendió un mazo de cartas de lomo gastado. Mauro lo agarró de mala gana.
—Vamos —dijo.
—Te faltó una carta —dijo Marin. De repente, tenía el rey de oros en la mano.

