Culpable hasta que se demuestre lo contrario scaled

Un trabajo fácil

Mauro abrió los ojos y sonrió.

—Ya lo escuché —le dijo a la oscuridad. Le respondió la risa de Roberto.

Ya llevaba una semana conviviendo con su cliente y tras la primera noche, se había vuelto rutina el que el viejo intentara sacar algún libro sin despertarlo. No lo había logrado ni una sola vez.

—Ni siquiera terminé de abrir la puerta —dijo Roberto—. Estás mejorando.

El custodio se levantó y se puso su ropa de gimnasia. Roberto, mientras tanto, prendió la luz, se dirigió al escritorio y abrió la vieja caja de madera que contenía fichas de ajedrez y de damas.

—Antes de ejercitar los brazos… —comenzó a decir Marin.

—Primero ejercitamos la mente —terminó Mauro sentándose frente a su protegido.

El juego duró poco. Roberto, como siempre, se llevó la victoria.

—Es un juego difícil y yo llevo jugando mucho tiempo —dijo

—¿Y al ajedrez no juega? —preguntó Mauro señalando las figuras desperdigadas en la mesa.

—Sí. Claro. Juego montones de cosas. Ajedrez, al truco, al tute… a lo que sea que se esté jugando en una mesa. Al dominó, para no serle infiel a mi edad —respondió Roberto mientras guardaba con cuidado las piezas en la caja—. Pero las damas son mi juego favorito. En el ajedrez hay muchas variables. Es como si ese juego fuera una pelea mientras que las damas son solo una pulseada.

—¿Las damas serían pulseadas? —preguntó Kolmann. El viejo vivía despeinado y mezclando ropa de vestir con ropa de entre casa. En la semana ya lo había visto usar zapatos italianos, zapatillas para correr y unas botitas de tela populares entre los adolescentes. Remeras de marcas importantes y otras de recitales de bandas de metal pesado. Sin duda era un personaje.

—Claro. En una pulseada solo se usa la fuerza y se busca la mejor forma de aplicarla. Con las damas pasa lo mismo, al ser solo un tipo de ficha y un solo tipo de movimiento, para ganar se debe aplicar la inteligencia en bruto.

—Eso lo dice porque me gana —bromeó Mauro.

—¡Sin duda! —rió el viejo, girando su silla y sacando un libro de la estantería de libros para antes de morir—. Si usted me diera las palizas que yo le vengo dando, le diría que las damas son un juego para personas carentes de imaginación y lo retaría a otra cosa en la que le pudiera ganarle —se levantó con cierto esfuerzo y eligió uno de los tantos vinilos que tenía en otra estantería.

Mauro asintió y levantó para dejar a su cliente tranquilo. Agarró su bolso y se preparó para un pequeño desayuno antes de sus ejercicios, (los físicos, que le gustaban más).

En la semana que llevaba trabajando en la casa de Roberto, el viejo solo había salido una vez para ir al teatro Colón a escuchar una sinfónica con la que él se aburrió bastante.

Pese a todas las advertencias del Horacio, por el momento, para Mauro, era el trabajo más fácil que le había tocado. Había sido custodio de personas a las que nunca les pasó nada, pero con Roberto, al menos se entretenía. El hombre le hablaba de libros, le contaba cosas de los diversos autores y todas las tardes les recomendaba —a Patricia y a él— películas para que vieran mientras tomaba la siesta. Por lo general las siestas eran de tres a seis de la tarde y la colección de películas del viejo parecía no tener fin.

A veces, Patricia preparaba pochoclos en el microondas y después se pasaba más de media película mirando su celular. Pero pese a eso Mauro la consideraba buena compañía.

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