Vagamundos 01 Imagen para El Old Man scaled

“Es que Toro es un boludo”

Calle Florida de noche es otro mundo. Lo que durante la mañana es un hervidero de ruido y actividad, de noche se transforma en un lugar oscuro, silencioso y amenazador. De día hay tanta gente que muchos temen que les roben sin siquiera darse cuenta. Pero de noche el miedo es más real, no tanto una preocupación en el fondo de la mente, sino algo que se siente sobre toda la piel. Las pocas luces solo acentúan las sombras, que son linyeras cubiertos con mantas. 

Camino rápido. Una risa recorre las calles vacías despertando imágenes de locura y violencia en mi imaginación. Tendría que haber venido en taxi, por lo menos hasta la esquina. Pero no pensé. Hice el camino de todas las mañanas sin siquiera meditarlo. Llego al edificio, el portal es tan oscuro como la boca de un lobo. Miro hacia adentro y agradezco al cielo mi suerte.

Pese a ser un edificio comercial –tal vez por eso— tiene un portero. Golpeo la puerta con los nudillos y el tipo me mira con el ceño fruncido. Le muestro mis manos vendadas y le sonrío como pidiendo disculpas. Espero que eso no lo asuste más. 

Se levanta con cara de culo, deja un libro en su mesita y agarra un puñado de llaves. Camina con una mano sobre su tonfa, como si me advirtiera que puede ser más peligroso que yo.

—¿Si? —pregunta sin abrir la puerta. 

—Hola, buenas noches —le digo—. Mil perdones por la hora, mi nombre es Álvaro, trabajo para el señor Toro, del sexto piso. 

—¿Y? —pregunta el portero. Lleva uniforme de una empresa de seguridad. 

Con movimientos más torpes de lo necesario saco mi credencial y la apoyo contra el vidrio para que la vea. 

—El señor Toro tiene unos papeles importantes en su oficina y me pidió que se los llevara, pero tengo las llaves adentro. 

El tipo acerca la cara al vidrio para ver mi credencial, suspira y abre. Entro y me da la mano con cuidado. 

—Igual no se para que te abro si llaves de las oficinas yo no tengo —me dice. 

—Sí, ya se. Hablé con Toro y me dijo que iba a mandar a un cerrajero… ¿no vino?

—No, por acá no pasó nadie. 

—Ya tiene que estar por llegar entonces —le digo esperando no equivocarme.

No pasan ni cinco minutos cuando llega El Rengo. El tipo es un personaje, en pequeñas dosis puede parecer uno de los chabones más copados del mundo, pero si se lo tiene al lado mucho tiempo te das cuenta de que es un rompe huevos.

—Ese debe ser el cerrajero —digo. 

—Pizzero no es —bromea el portero, que hasta ahora me estaba hablando de fútbol. Va a la puerta y le abre. 

—Buenas noches señor —lo saluda El Rengo—. Caballero —dice dirigiéndose a mí—. El señor de los Toros me ha enviado a esta dirección en particular con motivo de que el caballero aquí presente pueda ingresar a una oficina y recuperar cierto material que a mí, en calidad de simple cerrajero, no me han detallado. 

Lo voy a matar al payaso éste. 

—Sí, por acá. Pase —dice el de seguridad. 

Como toda persona que habla con El Rengo por primera vez, se lo ve entre perdido e inseguro. Subimos. Rengo se la pasa diciendo boludeces que nos exponen. El portero no se separa de nosotros. Es su trabajo; si bien podría quedarse abajo con el libro, yo estuve en su lugar y sé que cualquier cosa es mejor que el tedio de ver pasar las horas con el culo en el asiento. Tras ver mi credencial y con todos los datos que le di, no sospecha de nosotros, pero si nos acompaña todo el rato y Rengo sigue hablando tanto, no va a pasar mucho antes de que nos saque a patadas en el culo.

A mi amigo le toma un buen rato forzar las cerraduras. Los golpes en el silencio del edificio suenan como maldiciones en un templo.

—¿Va a quedar abierto toda la noche? —pregunta el portero.

—Claro que no, mi buen señor. Lo último que queremos es que se meta alguien que no debe hacerlo. Bajo ningún motivo —dice El Rengo—. Traje una cerradura de remplazo. Le voy a dejar las llaves al agradable caballero que nos acompaña, que es el único con derecho legítimo y legal para tenerlas y estar acá.

Le sonrío al portero que se me queda mirando. La puerta se abre. Rengo se levanta soltando un quejido como cualquiera de más de cuarenta. Pone los brazos en jarra orgulloso de su trabajo.

—¿Le molesta si uso el baño? —me pregunta.

Le digo que no y le indico dónde queda. Entro y prendo la luz. Me siento expuesto. El portero entra después de Rengo. Lo invito a que agarre lo quiera de la heladera mientrasme voy a lo de Toro. Le digo que entiendo que estar abajo toda la noche a veces es una tortura, que se sienta libre de distraerse un poco. Abro la oficina de Toro. Es una suerte que no la cierre con llave o tendría que depender de Rengo otro rato, aunque tal vez sería mejor tenerlo ocupado que hablando.

Entro en el despacho y prendo la luz. La sensación de estar demasiado expuesto no se me va. Será que mi cerebro asocia la idea de entrar de forma ilegal con un lugar silencioso, luces apagadas y máscaras tapando la cara. Voy al escritorio superando la parálisis. Junto a la silla de Toro está su portafolio, el que lleva cada vez que salimos. Lo dejo junto a la puerta para no olvidármelo si tengo que salir a las corridas por alguna razón. Veo la notebook y me tiento. Pero no quiero que el de seguridad sospeche. Hay muchos papeles, los voy guardando todos. Llego a ver incluso que está la lista con mi nombre a la cabeza. La ojeo bien y, tal como sospechaba, se trata de los nombres de la gente que ya visitamos.

Junto al mío está escrito “Old man” y el número ocho. Cada uno de los otros nombres tiene un número y van en cuenta regresiva. También, cada nombre va a acompañado de unas palabras en inglés. Me meto la lista en el bolsillo para que no se pierda entre los demás papeles que metí en la bolsa.

—¿Todo en orden? —me pregunta el portero asomando la cabeza a la oficina. Tiene en la mano un vaso de gaseosa—. Me serví un poco, espero que esté bien —dice siguiendo mi mirada.

—Sí, sírvase lo que quiera —le digo—. La verdad es que Toro es un desordenado. Todo esto es un quilombo. Tiene demasiadas cosas. Creo que me voy a llevar todo y qué él busque que es lo que quiere. Mi trabajo es de seguridad, no de “che pibe”.

—Sí, viste —dice riendo—. Se creen que un custodio es un asistente o algo así.

—Sí, me puse mi propia empresa porque estaba podrido, pero como ve, sigo en la misma mierda.

—¿Tiene empresa propia? —pregunta interesado.

Le doy una tarjeta y le digo que se comunique con Roberto, que si estaba interesado en cambiar de aires, él iba a guiarlo y darle todos los detalles. Rengo se asoma tras el portero, también con un vaso lleno.

—Bueno, creo que mi trabajo acá ya fue realizado —nos dice—. A menos que el caballero necesite abrir otra cosa.

—No, creo que es todo —digo—. Ya debo tener todo lo que tengo que llevar.

—Excelente —dice El Rengo, sonriendo—. Pero se está olvidando la computadora.

—¿Cómo? —le pregunto.

—Cuando el señor de los Toros me llamó dijo algo así como que había mandado a uno de sus más importantes, distinguidos y confiables trabajadores a buscar algunos papeles y su computadora —dice Rengo.

—De la computadora no me dijo nada —le digo, pensativo—. La llevo por las dudas, no es pesada y la puede traer él si es que no la quería. Además, ya veo que sí me dijo y no lo escuché. No me gusta que me caguen a pedos por no hacer trabajos que no me corresponde hacer desde un principio.

La agarro y la coloco bajo el brazo. Salgo de la oficina y apago la luz tras agarrar el portafolio. El portero me ofrece ayuda viendo como tengo las manos, pero le digo que no, le agradezco y le miento alegando que el doctor me dijo que no dejara de hacer mis cosas con normalidad. Cuando llegamos a la puerta principal, Rengo me hace entrega de las llaves de la cerradura que puso mientras yo estaba robando. Los otros salen y apago las luces. Cierro con llave y nos subimos al ascensor que no se movió en todo este tiempo. Bajamos hablando del clima como todo viaje en ascensor amerita.

Me despido del portero con un leve apretón de manos y salimos con El Rengo a la calle Florida.

—Parece un escenario para una peli de fantasmas, ¿no? —me pregunta.

—A mí me parece más una invitación a que nos vayamos a la mierda —le digo y nos ponemos en camino.

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