Culpable hasta que se demuestre lo contrario scaled

Gabriel Villalba

Mauro se despertó en cuanto la puerta se abrió. A diferencia de otros días Roberto entró sin sigilo alguno y prendió la luz principal de la biblioteca en vez de su lámpara de escritorio.

—Buenos días, Mauro —saludó—. Hoy no va a hacer falta que entrene con las máquinas.

—Buenos días, señor —dijo Mauro sentándose en su cama—. ¿Por qué no? —preguntó con cautela.

—Voy a dejar pasar lo de «señor» porque recién te estás despertando —rió el viejo—. Hoy vas a ejercitar jugando al tenis.

Desayunaron liviano y salieron a la calle, donde un taxi ya los esperaba. El recorrido fue muy corto, menos de diez cuadras. De haber caminado, hubieran tardado menos. Estaban a una avenida de Independencia, dónde había un club de tenis muy exclusivo. Marin ingresó primero, cargando una bolsa que estaba en el taxi cuando se subieron. Entró al club y habló con el recepcionista.

—Vamos —le dijo a Mauro, y él lo siguió.

Se dirigieron a los vestidores. Roberto le tendió la bolsa y le pidió que se cambiara. Mauro entró y se desvistió hasta quedarse en calzones. En la bolsa encontró una chomba de color rosa opaco con líneas negras; también había unos pantalones cortos haciendo juego, medias de color violeta y unas zapatillas de color amarillo chillón. Todo le iba bien. También había dos toallas rosas, una grande y una chiquita, una vincha, un jabón y un sobre de champú.

Se vistió de mala gana. A él le gustaban los colores oscuros y sobrios. Con tanto rosa se sentía un payaso. La vincha la dejó en la bolsa. Por la cara que puso Roberto al verlo, supo que el viejo no había elegido la ropa en cuestión.

—Ya casi es hora —dijo el viejo mirando su reloj de bolsillo, tan antiguo como su dueño. A diferencia de otros días, Roberto tenía una camisa y estaba bien peinado, cosa que Mauro nunca había visto en el tiempo que llevaba con él, ni siquiera cuando iban al teatro o visitaron a la señora Maribel.

—¿Hora de qué? —preguntó.

—De tu clase de tenis. ¿Alguna vez jugaste?

—De muy chico, sí —respondió el custodio—. ¿Por qué tengo que tomar clases?

—Porque resulta que el esposo de Maribel no solo trabaja en seguros, sino que también da clases de tenis en este club —dijo Roberto justo en cuando estaban saliendo al sector de las canchas, todas de polvo de ladrillo. El viejo señaló a dos hombres jugando con el mentón  y encaró hacia ellos.

—¿Cuál de los dos es el esposo de Maribel? —preguntó el custodio en voz baja mientras se acercaban.

—El que juega mejor —respondió Roberto, sonriendo.

Mauro observó a los jugadores, ambos hombres, vestidos de blanco, corrían por la cancha dando gritos de esfuerzo cada vez que impactaban una pelota con la raqueta. Ningunos de los dos tenía barba, así que no podía usar eso para distinguirlo. Eran casi de la misma altura y tenían el pelo del mismo color.

—No puedo distinguir —admitió Mauro.

—Hay una forma fácil de saberlo —le dijo Marin.

—¿Cuál?

—Esperar que terminen de jugar y ver quién se queda a darte la clase —respondió el viejo con su sonrisa zorruna.

El partido se extendió un buen rato, hasta que la red se quedó con la pelota de uno. Ambos hombres se acercaron a la red y se dieron la mano.

—Buen juego —dijo uno de ellos—. ¿La semana que viene a la misma hora?

—Mientras siga perdiendo, sigo pagando —respondió el otro riendo. Le sonrió a Roberto y a su custodio mientras salía de la cancha enrejada.

Ya quietos, Kolmann notó que el alumno era un poco más joven que el esposo de Maribel.

—Pasen, pasen, buenos días —saludó éste—. Perdón la demora, pero no podíamos dejar el tanto en la mitad.

—No hay problema —respondió Roberto—. Mirando también se aprende, dicen. Pablo Albaulé, mucho gusto.

—Gabriel Villalba —saludó el profesor—. ¿Listo para empezar? —le preguntó a Mauro—. ¿Patricio, no?

Kolmann asintió y agarró la raqueta que el profesor le tendía.

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