Desengaño
Desde que era chico Mauro Kolman siempre se destacó en los deportes. En sus primeros años era el que más rápido corría cuando jugaban a la mancha. Cuando los juegos infantiles dieron paso a los deportes, su tamaño y velocidad lo hicieron destacar en el fútbol, el básquet y el vóley. No era muy diestro con la pelota, pero eso no importaba mucho cuando le pegaba a una con tanta fuerza que los demás chicos se hacían a un lado asustados.
En la cancha de tenis se paró con seguridad casi sobre la línea, lanzó la pelota al aire imitando a los tenistas profesionales y cuando empezó a caer le dio con todas sus fuerzas con la raqueta, lanzándola por encima de las rejas de más de tres metros de altura que encerraban a la cancha.
—Mierda —vociferó.
—¡Home run! —gritó Roberto, sentado junto a la cancha riendo.
—Perdón —le dijo Mauro al profesor.
Se le había presentado con un fuerte apretón de manos y le dijo que jugaran un poco, tranquilos, como para entrar en calor, aflojar los músculos y de paso medir un poco sus aptitudes.
—No pasa nada —dijo Gabriel—. Ahora sacá de abajo, intentá cruzarla, que caiga en este cuadrado.
Mauro lo intentó y la primera pelota rebotó en la red. La segunda logró pasar y el profesor respondió despacio, dejando que la pelota tomara altura, rebotara y llegara cerca de Mauro que le dio un raquetazo que la lanzó con la potencia de un misil y el profesor tuvo que agacharse para esquivarla.
—Vamos más despacio —dijo riendo.
—Perdón —repitió Mauro.
—Tres alumnos más como éste y se asegura trabajo de por vida —bromeó Roberto— su esposa se va a poner contenta.
Gabriel miró al anciano y por un segundo sus ojos fueron flechas de desconfianza.
—No le hagas caso —dijo Mauro. A su edad no puede hacer otra cosa más que envidiar… Yo también vi el anillo en su dedo —comentó— ¿enseñando tenis se gana como para mantener a una familia? Considerando como está el país no creo que haya muchos pudiendo aprender.
—No me dedico a esto —respondió el profesor al tiempo que sacaba despacio. Mauro logró devolver la pelota dentro de la cancha—. Trabajo en seguros, la verdad es que esto es un hobbie.
—Más a mi favor —dijo Roberto—. Su señora tiene suerte de vivir con un trabajador nato.
—Es lo que yo digo —dijo Gabriel—. Pero ya sabe cómo son las mujeres: si les compra el diamante más grande y caro del mundo seguro se quejan de que no tiene la forma que ellas querían.
—Y lamento decirle que con el tiempo eso se agrava —respondió Roberto casi gritando para que los dos que jugaban el partido lo escucharan bien—. Mi señora, en paz descanse, me rompió los huevos hasta su último día. Pero ya conoce el dicho: no se puede vivir sin ellas…
—Lo que no se puede es liberarse de ellas —dijo el profesor sin disimular del todo la rabia. Golpeó la pelota con fuerza, Mauro corrió y logró golpearla pero terminó en otra cancha.
—Yo la busco —dijo el custodio.
—Por suerte no tuve hijos —siguió hablando Gabriel. Pero aun así, si quiero recuperar mi libertad tengo que perder la mitad de mis cosas. Todo por lo que trabajé cortado en dos así sin más… Ni siquiera puedo mirar a otras minas porque sin importar quien deje a quien el que pierde soy yo.
Mauro regresó y practicó su saque; Gabriel respondió cambiando de punta la pelota cada vez que la golpeaba haciendo correr de lado a lado al custodio.
—Es una pena —dijo Roberto—. Lamento que su matrimonio no funcione, perdón por haber sacado el tema.
—No pasa nada, está bueno desahogar un poco —dijo el profesor.
La clase duró una hora y media; para cuando terminó Mauro estaba cubierto de sudor y manchado con polvillo rojo. Roberto se la pasó burlándose de él y hablando con Gabriel de todo un poco.
—¿Vas a volver? —preguntó el profesor a Mauro al finalizar.
El custodio miró a su cliente que negó con la cabeza.
—No creo, estoy hecho polvo, literalmente —dijo—. Creí que estaba más capacitado pero me parece que lo mío no es el tenis.
—Bueno, si en algún momento querés seguir te comunicás conmigo y ya. No te digo que vas a ser como Del Potro, pero con suficiente práctica podés llegar a ser un buen rival.
Mauro asintió, le dio la mano y se marchó junto a Roberto.

