Culpable hasta que se demuestre lo contrario scaled

Maribel Villalba

Aunque mauro Kolmann estaba acostumbrado al ejercicio intenso, la clase de tenis le había dejado las piernas agarrotadas. Solía trotar más de una hora en la cinta, hacía spinning y elíptico, aun así, le dolían las piernas como si nunca las hubiese usado. Sentía los músculos cansados y propensos a calambres. Roberto ofreció pagarle una masajista, pero el custodio se negó agradeciendo.

Habían pasado dos días desde que visitaran a Villalba en el club y no habían hecho absolutamente nada vinculado a él desde entonces. Pese a las incomodidades, Mauro no había abandonado sus rutinas mañaneras, incluyendo su derrota a las damas contra su cliente, que también seguía intentando colarse en la biblioteca sin despertarlo.

—¿Vamos a hacer algo con respecto a Maribel? —le preguntó Kolmann a Roberto, que estaba haciendo un rompecabezas de cinco mil piezas.

—Sí, claro —asintió el viejo—. Vamos a averiguar qué es lo que trama y qué pretende de nosotros.

—¿Y cómo vamos a averiguar eso? ¿Jugando a las damas y armando rompecabezas?

A Kolmann la idea de ser un detective privado como los de las novelas le gustaba mucho más que la de tener que cuidar de una persona mayor. Su oficina, a la que había llamado Horacio, era una especie de tributo a todas las novelas negras que había leído durante su vida.

—No. No. claro que no —le respondió Roberto sonriendo y volvió a centrar su atención a una ficha negra que a ojos del custodio era igual a otras cien que estaban en la mesa desparramadas.

—¿Entonces?

—¿Entonces qué?

—¿Cómo vamos a hacer para hacer esas cosas que dijo?

—Ah, muy fácil —dijo Roberto—. Lo vamos a averiguar cuando dentro de unas horas la señora Maribel venga a cenar acá.

Al custodio se le hicieron largas las horas hasta la llegada de la mujer, tanto que se sentó junto a su cliente durante un buen rato para ayudarlo con el rompecabezas. Maribel llegó a las ocho en punto, vestida con pantalones vaqueros de tiro largo y un saco color violeta oscuro sin adornos, muy elegante. Tenía unos aros que reflejaban la luz en decenas de destellos que acompañaban sus pasos brillando en las paredes, y una cadenita de plata con una pequeña cruz rodeando su cuello. Llevaba zapatos de tacón alto y un reloj muy vistoso.

—Buenas noches, señora —saludó Mauro mientras le abría la puerta.

Roberto había mandado a pedir comida y la mesa ya estaba lista pese a que era temprano. Una vez dentro de la vivienda el custodio se hizo cargo del saco y la cartera, colgando ambos con cuidado en un perchero antiguo. La mujer tenía una blusa color cielo, simple y elegante. Mauro la acompañó al comedor en donde Marín los esperaba sentado.Un poco más atrás, parado bien recto, había un mozo contratado para la ocasión. 

La señora Villalba se dejó besar la mano por Roberto que se levantó para recibirla y la invitó a tomar asiento. Mauro se sentó en la cabecera y el mozo llenó sus copas con malbec.

—Espero que no sea vegetariana ni vegana, señora —dijo Roberto.

—Llámeme Maribel por favor —dijo ella—. Y no, no lo soy. 

—Perfecto, porque vamos a comer cordero con curri —sonrió el viejo.

La cena transcurrió con tranquilidad, Roberto solo habló de comida y su invitada siguió la charla con interés. Hablaron de viajes, ya que la comida era hindú, y de las experiencias culinarias que habían tenido en sus vidas. Mauro, que lo más lejos que había llegado era a Brasil, no participó mucho. 

Mientras el mozo traía el postre, un bizcocho de chocolate con helado, Roberto comenzó a hablar del caso.

—Estuvimos investigando un poco a su marido —dijo—. Lamento decirle que por el momento no hemos visto en él ninguna conducta que podamos llamar extraña.

—Pero algo le pasa —insistió ella—, lo sé. Ayer me regaló éste reloj —mostró su muñeca. 

—Muy bonito —dijo Mauro solo por decir.

—Hace años que no me regala nada excepto en fiestas y aniversarios, e incluso en esas fechas suelo comprar yo y él paga el resumen de la tarjeta. Algo raro le pasa. 

—Estoy seguro que sí —dijo Roberto—. Pero no necesariamente algo malo.

—Lo que parece es que está haciendo algunos cambios en su vida —dijo Mauro—. A veces pasa. Por lo menos ésta vez el cambio parece traer mejores cosas para ustedes. 

—No. Lo dudo. No voy a negar que el reloj es hermoso, pero hace años que no uso reloj, no de éste tipo por lo menos —dijo ella, desdeñosa—. No estoy loca, se los aseguro.

—Ni nosotros lo creemos —dijo Roberto—. ¿Estuvo su marido en algún accidente o tuvo algún susto médico que pudiera provocar un cambio en su forma de ser?

—No que yo sepa —contestó Maribel y comió un poco del postre—. A un accidentede salud seguro que no; enseña tenis. 

—¿Me permite ser honesto? —preguntó Marín.

—Eso suele significar ser mal educado —dijo ella.

—La mentira nunca es educación.

—Sea honesto, entonces.

—Por el modo en que usted habla del asunto y por lo que nos cuenta, no me parece que su marido y usted sean muy unidos —dijo Roberto—. Incluso me atrevería a decir que no se llevan muy bien que digamos.

—No. Así es —dijo ella—. Nos casamos jóvenes sin saber quiénes éramos. Un error.

—Y sin embargo acá está usted, simulando preocupación por su bienestar —dijo el viejo. ¿Para qué nos contrató realmente?

—Mi marido y yo no nos llevamos bien, es cierto, pero eso no significa que no me preocupe por él.

—Vamos, Maribel, sea educada —sonrió Roberto con expresión de zorro—. Acá no la vamos a juzgar.

—Gabriel siempre tuvo una buena vida, sus padres tenían mucha plata, campos y buenos consejeros en cuanto a inversiones —dijo ella—. Cuando me propuso matrimonio me sentí en el cielo, y no por el tema del dinero. Pero mis padres no querían que nos casáramos. Gabriel tenía veinticinco años recién cumplidos y yo estaba empezando la facultad de psicología —se limpió los labios con la servilleta y dejó la cuchara junto a los restos del helado derretido—. Si me iba a casar iba a dejar los estudios y mis padres estaban seguros de que Gabriel se iba a aburrir de mí haciéndome perder mis mejores años; así que exigieron un contrato prenupcial en el que quedaba escrito que en caso de infidelidad o en caso de tener problemas con la ley, el ochenta por ciento de sus bienes serían directamente míos.

—Entonces lo que quiere saber es si tiene una amante —dijo Mauro.

—No. No es tan idiota —contestó ella—. Quiero que lo investiguen porque se está portando raro, eso es cierto. Con suerte se metió en un problema con un cliente o algo así. 

—Algo no del todo legal, ¿no? —preguntó Roberto.

—¡Exacto! —dijo ella y sonrió—. Gabriel se cree muy inteligente y que nadie ve más allá de su propia nariz. Pero yo sí veo y les digo que está raro. Algo sospecha, supongo que por eso me dio este reloj, para hacerme sentir bien y que lo deje estar. Pero no se da cuenta de que solo refuerza lo que digo.

—¿Y por qué no nos contrató para averiguar si está metido en algo turbio y ya? —preguntó el custodio.

—No quiero que sepa que voy por su plata —respondió Maribel—. Tiene muy buenos abogados y ponerlo en alerta podría hacer que me salga el tiro por la culata. Además, sin ofender, también estaba la posibilidad de que si lo descubrían en algo turbio los terminara sobornando a ustedes y yo me quedaba sin nada.

—Bueno, eso es una posibilidad que puede descartar —dijo Roberto—. Nunca le damos la espalda a ningún cliente.

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