Razones
El reloj de la cocina daba las once y media. Aún quedaba flotando en el aire suficiente aroma a carne con curry como para hacer babear a cualquier perro que pasara por la calle. Los mozos que Roberto había contratado ya se habían ido tras limpiar y secar todo lo que se había ensuciado durante la cena. Dejaron la heladera llena de tuppers con las sobras queserían el almuerzo de Patricia al otro día.
Marin estaba sentado frente a una taza de té que parecía el resultado incestuoso entre un peluche y un calzado. Mauro, el custodio, estaba apoyado en la mesada de la cocina con su propia taza entre las manos. Afuera hacía frío, pero dentro el clima era siempre agradable. En planta baja había zonas de loza radiante y aires acondicionados.
Kolmann sentía escalofríos cuando pensaba en las facturas de luz que debían de recibir, pero sabía que su cliente se lo podía permitir. Y si no podía, tenía un hijo que sí. Se lo había comentado una vez, y el viejo le había dicho que el invierno solo puede ser precioso de un puñado de formas. Tener un hogar caliente en el que refugiarse era una de ellas. Otras eran, tener con quien dormir abrazado o un buen plato de guiso de lentejas o locro.
El té no tenía nada que ver con el frío. Solo lo tomaban para charlar un rato y Roberto no era muy afín al mate.
—Es un poco triste —dijo Mauro—. Ambos viven sin amarse y ni siquiera se ponen de acuerdo en el modo de separarse.
—Es lo que hay —dijo el viejo—. Mucha gente cree que amar es un fuego, como el sol, en apariencia eterno y poderoso. Pero es más bien como el fuego de una fogata. Hay que ayudarlo, alimentarlo para que no se apague. La mayoría confunde la pasión con elamor, incluso la novedad, con el amor. Yo creo que lo que pasa es que el corazón evolucionó a la par del cerebro, por lo que somos tan emocionales como racionales.
—Por suerte —dijo Mauro—. Si fuésemos solo racionales la vida sería una mierda.
—No lo dudo —asintió Roberto—. En todos mis años he juntado muchas experiencias y mis mejores recuerdos son los que están en mi corazón, no los que se almacenan en la azotea.
—¿Y qué vamos a hacer con éste caso?
—Algo que tal vez no le guste.
—¿A mí? —preguntó Kolmann—. ¿Qué cosa?
—Me gustaría que mañana sigas al señor Villalba —dijo el viejo—. Ver qué hace, a dónde va.
—Osea, dejarlo solo —dijo Mauro, serio—. Que descuide mi trabajo.
—Iría con usted, pero solo estorbaría. Si hay que caminar rápido o algo así —se encogió de hombros—. Es mejor separarnos estando yo acá, en mi casa, que en plena calle donde vaya a saber Dios todos los males que podrían acontecerme.
—¿Y promete quedarse acá? —preguntó el custodio.
—Le prometo que voy a estar bien —dijo el viejo con su sonrisa zorruna. Mauro recordó el rey de oros y a los hombres en el bar.
—¿Por qué seguimos con el caso? —preguntó tras terminar de un sorbo su té—. Maribel no es una dama en apuros a la que haya que rescatar.
—Ni nosotros galantes caballeros. Maribel es una mujer con un objetivo claro y eso me basta —respondió Roberto—. Yo no hago estas cosas por plata ni voy en persecución de la nobleza. La mayoría de los clientes no son santos porque la mayoría del mundo no lo es. Eso es una realidad. Ella nos contrató, así que mientras no nos pida nada que atente contra nuestra visión de la moral, vamos a ayudarla tanto como podamos.
—Y si no es por la guita ni por la nobleza, ¿por qué hace esto?
—Primero y principal, porque es divertido, me aleja del Alzheimer más que hacer un sudoku —dijo Roberto, muy serio—. Y segundo, y en este caso en particular, porque Maribel tiene buenas tetas.

