La verdad
Villalba los miró con desprecio y volteó para irse.
—¿No querés saber los errores que cometiste? —le preguntó Roberto.
—¿Errores? —Villalba dio media vuelta y se acercó a ellos, aunque había hecho una pregunta lo único que se notaba en su voz era odio.
—Quedáte, comé —invitó el viejo—. Puede que sea la última buena comida que tengas en mucho tiempo.
Villalba miró a los dos hombres, les sonrió y se sentó.
—¿Me están grabando o algo? —Preguntó.
—Ni falta que hace —dijo Roberto—. ¿Quiere revisarme? Pero ojo que a éste no le gusta que se sobrepasen —señaló al custodio.
—No, soy inocente de sus locuras, por mí pueden grabar lo que quieran —dijo Villalba—. Ilústreme, ¿qué es lo que usted cree que hice?
—Vamos a partir del hecho de que usted es un desgraciado —dijo Roberto.
—No crea, yo me siento con mucha gracia —interrumpió el otro.
—Entonces digamos, para ser más claros, que usted es un sorete —se corrigió Roberto—. Un ser que da asco. Es narcisista y le importa más su cuenta bancaria que las personas. Pero bueno, supongo que creció con esos ideales. —El viejo se encogió de hombros—. Incluso podría ser que no sea su culpa, pero da igual el origen, la cuestión es que no hay nada en usted que valga la pena.
—¿Me citó acá solo para insultarme?
—No, pero es importante darle contexto a todo el asunto —respondió Roberto—. Porque son esas cosas las que te hacen creer que tus pedos huelen a rosas y que sos incapaz de cometer errores.
—Está loco.
—No, bueno, sí. Todos los estamos, ¿no? —Rio Roberto—. Ahí viene su sanguche.
El mozo se apersonó a la mesa, dejó el café y el tostado, preguntó si querían algo más y al recibir una negativa se retiró. Villalba le dio un gran mordisco a su comida.
—Bueno, la charla será una mierda pero la comida está buena —comentó.
—Disfrutá —aconsejó Roberto—. Podés dártelas de superado pero puedo leerte como un cuento para chicos. Sos simple, tan simple y tan creído que sé que te da por las pelotas que te trate de «vos», que te diga Gabriel. Te crees superior a mí, más importante, y el que no te trate de «usted» es como si te picara el culo y tuvieses las manos ocupadas.
—Si usted lo dice… ¿Había algo que querías contarme, Robertito?
—Sí, quería contarte lo mucho que la pifiaste, Gabi.
Mauro notó la mueca de Villalba al escuchar el diminutivo de su nombre.
—Eso dice, pero no escucho más que los desvaríos de un viejo gagá —dijo Villalba.
—Nos dijeron que sos gay —dijo Roberto—. Pero no, no es así. Ni siquiera diría que sos bisexual. Lo que a vos te gusta es el control, la dependencia, no importa si de un hombre o de una mujer. Maribel no te idolatraba como vos creías que debía hacerlo, por eso perdiste interés. Lo único que te interesa de los demás es que besen el suelo que pisás. —Roberto soltó las últimas palabras casi con desagrado—. Te gusta dominar, eso es lo que te excita. El divorcio te daba por las bolas, te parecía una derrota. ¿Cómo iba ella a rechazarte y quedarse con lo tuyo? No podías permitirlo. ¿Hace cuánto que querías matarla? Cuando te enteraste de que me contrató a mí y te estaba investigando para sacarte lo más posible en el divorcio, te dio el empujón que necesitabas para hacerlo de una vez.
—Me parece que el único error que cometí fue venir —dijo Villalba que ya había terminado su sanguche mientras escuchaba—. Todo lo que me dice son especulaciones basadas en lo mal que le caigo. ¿Qué mierda me importaba que mi esposa me investigara? Si hubiese contratado a alguien serio, tal vez podría decirse que me habría preocupado. Pero con dos payasos como ustedes, era lo mismo que nada. ¿Eso es todo lo que tiene? ¿Se supone que me van a arrestar en base a esas historias?
—No, te van a arrestar por matar a tu esposa, imbécil —dijo Mauro conteniéndose para no alzar la voz—. ¿Sos tan boludo que no lo entendés?
—Recién empiezo. —Roberto retomó la palabra—. ¿Esperás que haga como los detectives de las películas y te diga que las arrugas en tus pantalones me dieron las pistas? La verdad es que no. Sé que sos culpable porque sos simple, fácil de interpretar.
—Y aun así la policía está en desacuerdo con usted. Sigo libre.
—No por mucho tiempo. —Roberto mostró su sonrisa zorruna—. Una vez que uno arma el perfil de una persona, sus acciones son fáciles de adivinar. Fue así que supe que si te decía que me iba a disculpar ibas a venir. Sedujiste a tu alumno de tenis, sé que es tu amante. ¿Me pregunto si te diste cuenta de lo parecido que es a vos? —preguntó Roberto—. Supongo que sí, que por eso es que te gusta, porque solo te gustás vos —respondió él mismo sin darle chance al otro—. Además contabas con ese parecido para que te ayudara con tu coartada. Hubiese sido mejor si él o cualquier otro mataba a tu esposa, pero no ibas a depender de otro, no podías. Solo podías matarla vos. Así que cambiaste tu look y el suyo para verse lo más parecidos posible. Se afeitaron y cortaron el pelo de la misma manera.
—¿Usted dice que un empleado de una panadería a la que suelo ir no me pudo distinguir de una persona diez años más joven? Me está elogiando —se rió Villalba.
—Sí, es curioso, pero bueno, la panadería es muy popular y vio al otro solo un rato. Además, y esto es suposición mía, calculo que vos no sos de esos clientes simpáticos que hablan mucho con los que atienden. Lo que el hombre vio es las fotos que le mostró la policía y recordó más su ropa que las patas de gallo que tenés. Sin contar que el otro estuvo todo el tiempo con lentes negros.
—Aun así suena ridículo —dijo Villalba.
—Le va a sonar menos ridículo cuando sepa que la policía volvió a ir a la panadería y el empleado volvió a reconocerlo aunque le mostraron una foto de su cómplice —dijo Roberto—. Sin contar con que los lentes no son iguales a los de él y que en el video se nota. Lo mismo pasa con tus zapatillas… admito que la campera roja fue una idea brillante, literalmente. Atrajo todas las miradas; estabas tan seguro de que eso bastaba que ni se molestaron en usar el mismo modelo de calzado. Por cierto eso también se nota en el video, en el cual se lo ve a él entrar en el subte en la estación Independencia usando una barba postiza, la misma con la que usted se bajó para combinar con la D mientras el otro iba a la panadería. Es curioso que ambos tuvieran la misma reacción alérgica al pegamento de esa barba. La policía ya vio en las fotos de sus redes sociales, en donde se les nota la urticaria a ambos.
—¿Y qué? ¿Nos cambiamos la barba y la ropa en pleno subte y nadie vio nada? —Preguntó Villalba.
Mauro notó que el hombre había perdido bastante su seguridad y se lo notaba muy a la defensiva. El custodio no podía dejar de sonreír por más seria que fuera la situación.
—Seamos sinceros, la mayoría viaja mirando el celular y los que vieran, ¿que iban a hacer? ¿Denunciar a dos tipos por intercambiar una campera? La policía vio las cámaras de vigilancia, no buscó a cada pasajero.
—No deja de ser una historia —dijo el otro—. No podría demostrar nada de eso.
—Ni falta me hace —sonrió Roberto—. ¿Hace cuánto que no tiene noticias de Sergio?
Los ojos de Villalba se agrandaron.
—Usted no puede… —empezó a decir.
—A vos te gustó porque era impresionable, permitíme decirte que lo es, y mucho. No te hacés una idea de lo impresionado que quedó con las fotos de la escena del crimen. Tanto que ayer mismo hizo su declaración a la policía.
—Si eso fuese verdad yo ya estaría preso —dijo Villalba poniéndose en pie, perturbado.
Mauro y Roberto se levantaron también.
—Sí, tendría que estarlo, pero ya que les entregué a uno de los culpables del asesinato de Maribel Alba, ex Villalba, me dieron esta oportunidad para hundirlo. La policía te está esperando afuera.
Villalba volteó y le sacó el cuchillo al hombre de la mesa de atrás e intentó atacar a Roberto. Mauro, ya preparado, atajó el brazo y se lo retorció obligándolo a soltarlo. El hombre gritaba y maldecía, el resto de la clientela se hizo a un lado asustada. Villalba apoyó un pie en el borde de una mesa y se dio impulso suficiente para derribar a Mauro y caerle encima. El custodio se lo sacó y se levantó a la vez que la policía entraba en el bar. Villalba atacó a Kolmann, que desvió el golpe y empujó a su atacante contra el grupo de agentes que corría hacia ellos.
Villalba fue reducido y esposado en el acto.

