La disculpa
Roberto prendió la luz de la biblioteca despertando a Mauro. El viejo iba vestido con zapatos, camisa y un saco sport a medida. Incluso se había peinado, cosa que Mauro había visto pocas veces en el tiempo que llevaba viviendo con su cliente.
—Sus intentos de entrar sin despertarme son cada vez más pobres —dijo Mauro poniéndose en pie.
—Haga sus ejercicios y desayune fuerte —ordenó Roberto—. Hoy vamos a tener un día muy movido.
—¿Por? ¿Qué hay qué hacer? —preguntó el custodio, como si llevara horas despierto.
—Hoy es el día en que vamos a hacer que arresten a Villalba —le confesó Roberto, sonriendo de oreja a oreja.
—¡¿El qué?! —preguntó Mauro—. ¿Qué pretende?
—Pretendo que se haga justicia —le dijo Roberto—. Ya hablé con él, nos vamos a encontrar al medio día.
—¿Qué le dijo como para que acepte encontrarse? —preguntó Kolmann.
—Que tenía que disculparme con él por mis acciones —explicó Roberto, sonriendo como un zorro—. Le dije que fue un consejo de mis abogados. Incluso volví a tratarlo de «usted» en vez de «vos».
—¿Y aceptó?
—Claro, hombre. Si no lo hubiese hecho no tendríamos que encontrarnos, ¿no le parece? —dijo Roberto con una mueca impaciente—. Le insistí mucho de que mis abogados querían una disculpa en persona y no solo telefónica.
Mauro asintió y tras intercambiar unas palabras más se fue a entrenar, pensando todo el tiempo en qué era lo que el viejo tenía planeado hacer para demostrar que Villalba era el culpable. Se duchó y desayunó en la cocina, junto a su protegido, que sonreía todo el tiempo. Aunque le preguntó varias veces, se negó a decir nada a nadie.
El encuentro se arregló en un café, bien público. Llegaron primero y tuvieron que esperar más de media hora hasta que Villalba apareció.
—Espero no haberlos hecho esperar demasiado —dijo el recién llegado, tan contento o más que Roberto—. Tráigame un cortado y un cafecito —le indicó al mozo antes de sentarse—. Me imagino que ustedes pagan, ¿no?
—Buenos días, Gabriel —lo saludó Roberto—. Nosotros pagamos, no se preocupe, después de todo, necesita ahorrar.
La sonrisa del hombre fluctuó en su rostro intentando entender las palabras del viejo.
—Me hizo venir para dame una disculpa —dijo, un poco inseguro.
—Lo hice venir acá para cumplir con la promesa que le hice —respondió Roberto.
—¿De qué promesa habla?
—De que cuando nos volviéramos a encontrar, usted iba a ser arrestado —El viejo sonrió como un zorro.

