Roberto guarda silencio
Patricia estaba tirada en el sillón chateando con su celular. Roberto y Mauro estaban en la misma habitación, frente a un tablero de damas, charlando.
—¿No me va a contar lo que descubrió en esos videos? —preguntó el custodio.
—A su debido tiempo.
Ya había pasado casi una semana desde que los habían dejado entrar en la habitación de seguridad del subte y Kolmann había notado que el cambio de humor de su cliente era drástico. Por suerte para bien. Dos días después de ver por última vez a Villalba en las canchas del club, Mauro había descubierto al viejo intentando darle un esquinazo y huir de la casa sin él. A la tercera vez que lo sorprendió logró convencerlo de que iba a ser mucho más fácil ir juntos a dónde fuera que quisiera escaparse. Roberto aceptó siempre y cuando el custodio solo lo acompañara hasta cierto lugar, que resultó ser una casa, a la que terminó yendo tres veces mientras el otro esperaba afuera.
—Somos un equipo —le dijo Mauro la tercera vez que lo acompañó—. No debería dejarme de lado, ¿no le parece?
—No. No me parece —respondió Roberto, contento—. Cuando apunté a Villalba como el culpable, usted no me creyó, y ahora por eso va a tener que esperar hasta el final como corresponde. Pero le propongo algo, juguemos a las damas, si me gana, le cuento todo.
Roberto se comió la última ficha que quedaba de su custodio. Se levantó y tomó un libro. Mauro se levantó y se fue a entrenar. El viejo no se vio en la necesidad de decir ni una sola palabra.

