El gran hermano
Caminaron juntos hasta el subte. Roberto hizo una llamada y mandó un mensaje desde su celular mientras lo hacía. En el tiempo que llevaba trabajando con él, Mauro se había dado cuenta de que el viejo no era muy fanático de la tecnología, pero no la rechazaba. En uno de sus juegos de damas Roberto le había confesado que él se negaba a ser uno de esos ancianos que se aterraba ante cualquier cosa posterior al año 2000. Además, le había dicho, que aprender le mantenía los engranajes aceitados.
—Listo —dijo Roberto mientras guardaba su celular—. Ya tenemos acceso.
—¿A dónde?
—Al subte.
—¿Todo eso para pasar gratis? —Preguntó Mauro—. No, si ya lo decía mi vieja, que la gente con plata se mantiene así porque es dura para soltarla —se burló.
—No acceso para viajar, sino para que nos muestren los videos de las cámaras de seguridad del día del asesinato —bufó Roberto.
Llegaron al subte y viajaron hasta la estación Independencia, donde subieron por las escaleras mecánicas y tomaron el largo pasillo que comunicaba con la línea E.
Frenaron a medio camino frente a una pared de vidrio. Del otro lado se veía una mesa con varios monitores que los encargados de seguridad vigilaban.
Mauro vio que un hombre joven que en ese momento hablaba por su celular, se quedó mirándolos fijo y les hacía señas de que esperaran. Se acercó a la puerta, también de vidrio, y la abrió.
—¿Señor Marin? —preguntó, su voz era muy grave y contrastaba con el rostro lampiño sin arrugas y su baja estatura.
—Sí, soy yo —se presentó Roberto.
—¿Algo que ver con el escritor?
—Solo el apellido —dijo el viejo—. ¿Podemos pasar?
—Sí, claro, disculpe —dijo el muchacho haciéndose a un lado.
Entraron en la estación de vigilancia y fueron guiados hasta una pequeña habitación anexa al fondo a la derecha. El muchacho de voz grave les explicó que en unos minutos tendrían a su disposición todos los videos que habían requerido. Les contó que los guardaban en un servidor externo y que ya los habían solicitado en carácter de urgencia, para que se los mandaran. La espera fue corta y los empleados del lugar se mostraron muy amables con ellos.
Una vez que consiguieron lo pedido les explicaron cómo funcionaba el programa que ellos utilizaban y los dejaron para que revisaran los videos a gusto.
Roberto agradeció y se puso manos a la obra con la ayuda de Mauro que había entendido mejor cómo funcionaban las cosas.
—Ahí está Villalba —señaló el custodio.
En la pantalla se veía al hombre con una campera roja, anteojos de sol, pantalón vaquero azul claro y zapatillas deportivas blancas y azules. Caminaba con las manos en los bolsillos y tenía un bolso negro sobre la espalda, que le colgaba del hombro.
Roberto pausó el video y revisó las fotos que había sacado a la carpeta policial del caso. Sonrió. Volvió a activar el video y vieron como Villalba llegaba a la estación y se subía al subte. Pese a lo fácil que era identificar a su objetivo, Marin se quedó viendo bastante más tiempo la pantalla, aun cuando Villalba ya no salía en ella. Después pasaron a los videos de la estación Independencia, pero por más que miró con atención, Mauro no vio salir a Villalba en ningún momento. Roberto pasó al video de la estación Diagonal Norte donde se podía combinar con la línea B y D. En ese vieron a Villalba ir hasta la línea B y subirse.
—Mierda —dijo Mauro.
—¿Qué pasa? —le preguntó Roberto.
—Pasa de largo de la D y se sube a la B —dijo Mauro—. No mentía.
—Sí, mintió —dijo Roberto con su sonrisa de zorro y no dijo más nada pese a las miradas interrogantes de su custodio.
El viejo revisó los videos de la estación Parque Chas donde pudieron ver a Villalba bajar y salir a la calle. También vio, tras pedírselo a los encargados del lugar, los videos de la línea D, tanto de la estación 9 de Julio como de las cercanas a la casa de los Villalba.
Estuvieron ahí abajo más de tres horas, hasta que Roberto dio las gracias y se retiró. En el transcurso de ese tiempo mandó mensajes desde su celular con datos sobre el video, sin explicarle a Mauro qué hacía.

