Todas las piezas
—¿Conforme? —Le preguntó Mauro a su cliente una vez que abandonaron el club.
—No podría estarlo más —dijo Roberto; el viejo sonreía satisfecho—. ¿Usted vio lo mismo que yo?
—Supongo que sí —respondió Kolmann, sin estar seguro de a qué se refería.
—Sí, veo que supone que sí —rió el viejo—. Lo que pasa es que no supo leer entre líneas, me parece. —Le palmeó la espalda—. ¿No se dio cuenta de la cara de Villalba cuando le dije lo del reloj?
Mauro lo había visto. El hombre había retrocedido como si le hubieran dado una cachetada. Puso cara de haber sido descubierto con las manos en la maza. Sin duda parecía culpable. Pero parecer y ser son cosas muy diferentes. Aparte de eso había visto otra cosa, pero prefirió no compartirlo para no darle más manija a su cliente.
—Sí, reaccionó como si supiera de lo que usted hablaba —dijo.
—¡Exacto! ¡Lo sabía! —La sonrisa de Roberto era tan grande que amenazaba con salirse de los límites de su cara—. No solo como si supiera de lo que yo le hablaba. Reaccionó como si fuese un nene al que sorprendieron pasándole el dedo a la cobertura de una torta. Ahora ya tenemos casi todas las piezas del rompecabezas. Y, si no me equivoco, ya sé dónde podemos encontrar las que faltan.
—¿Dónde?
—¿Qué le parece hacer un viajecito hasta el subte?

