Enfrentamiento
Sin importar cuanto insistiera, Mauro no logró convencer a Roberto de no ir al encuentro de Villalba. El viejo había impreso algunas de las fotos que había sacado de la carpeta de la policía. Hasta dónde había podido ver el custodio, se había centrado en aquellas más violentas y sangrientas.
Entraron al club y Kolmann tuvo la esperanza de que no los dejaran ingresar, pero Marin, según demostró, se había hecho socio en algún momento por lo que no tenían razón para retenerlo o evitarle la entrada. Apoyándose en su bastón, Roberto salió directo al sector de las canchas donde Gabriel Villalba estaba jugando. Aún desde la distancia, pudieron ver que llevaba una cinta negra en el brazo.
—Buenos días, Gabriel —saludó Roberto con alegría.
—¿Usted? —Preguntó el aludido, dejándo pasar una pelota que habría podido responder con facilidad—. ¿Qué hace acá?
—Soy socio —dijo Roberto—. Siempre pensé que éste es un hermoso lugar para pasar el tiempo, tomar algo de aire fresco.
Villalba lanzó la pelota al aire para sacar, pero la dejó caer y encaró al viejo. Mauro se acercó a su cliente para intervenir de ser necesario.
—Mire señor, hasta el momento creo que fui todo lo amable que cabe esperar, tanto con usted como con su mono, pero le advierto que mi paciencia tiene límites.
—También lo tiene tu impunidad —replicó Roberto, con ambas manos apoyadas en el bastón.
—Puedo hacer su vida muy difícil —amenazó Villalba.
—¿Desde la cárcel? —preguntó Roberto riendo—. Vamos Gabriel, le queda poco tiempo en libertad, no lo malgaste en amenazas vacías.
—El chiste ya pierde su gracia —dijo Villalba, estaba colorado—. Entiendo que le queda poco tiempo y seguro ya su mente no le funciona, pero si me sigue rompiendo las pelotas no voy a tener tanta consideración con su edad.
—Ojo —dijo Mauro, cruzado de brazos.
—¿Ojo qué, pelotudo? —preguntó el otro—. No te hagas el loquito conmigo que también te puedo hacer la vida muy complicada.
—Y yo puedo hacer la tuya muy corta —respondió Mauro—. Pero no lo voy a hacer porque no soy un forro psicópata como vos.
—Uh, el mono sabe palabras de más de dos sílabas —se burló Villalba—. Mejor se van yendo.
—¿O qué? ¿Nos va a regalar relojes para romperlos tras matarnos? —le preguntó Roberto; era el único que mantenía un tono de voz ameno.
Villalba abrió la boca y la volvió a cerrar. Sonrió.
—Disculpe… profesor. Me voy yendo por hoy, nos vemos más tarde —dijo el alumno, con timidez.
—Sí. Mil disculpas por todo esto —le dijo Villalba suavizando su tono—. No va a volver a pasar, me voy a asegurar de eso.
—¿Disculpe, señor? —lo llamó Roberto. Mauro se puso tenso.
—¿Sí? —preguntó el que se iba.
—¿Se afeitó hace poco? —le preguntó Roberto y le sonrió a Villalba.
El alumno, que parecía una versión un poco más joven que su profesor, se pasó la mano por la mejilla y puso cara de horror. Se alejó a paso rápido sin decir nada.
—Un muchacho muy simpático —dijo el viejo viendo cómo se alejaba—. Se adapta perfecto a tu ego y a tu narcisismo.
—También me voy —dijo el aludido—. Pero si lo llego a volver a ver cerca de donde estoy, voy a llamar a la policía.
—¡Perfecto! Eso me va a ahorrar una llamada —le respondió Roberto con su sonrisa zorruna—. Porque la próxima vez que nos veamos, van a arrestarte.

