Culpable hasta que se demuestre lo contrario scaled

La llamada

Roberto estaba encerrado en su habitación con la música alta, estudiando las fotos que le había sacado al reporte policial del asesinato de la señora Maribel Villalba. Por su parte, Kolmann se sentía más relajado porque su cliente se la pasaba casi todo el tiempo en la casa en vez de meterse en quilombos. Aunque todavía estaba un poco tenso esperando que Roberto se lanzara en una cruzada personal contra Gabriel Villalba.

El teléfono del custodio sonó y en la pantalla apareció el nombre de Horacio Marin, el hijo de Roberto.

—Hola —saludó.

—Buenos días, señor Kolmann —saludó el artista— ¿Dónde está mi padre?

—En su habitación escuchando música —respondió Mauro.

—¿No está con usted?

—Estamos en la misma casa.

—Pensé que no se iba a mover de su lado.

—Su padre no es una persona de interés, señor Marin. No requiere ese tipo de custodia. Cuando salimos de la casa no me separo de él y acá dentro intento mantenerme lo más cerca posible sin invadir su privacidad —explicó Mauro, pensando en el día que tuvo que ir a sacarlo del bar, o cuando lo dejó solo en una esquina mientras corría como loco para atrapar a Aguilar.

—¿Y está usted seguro de que está en la habitación? —Preguntó Horacio—. Tiene formas de salir sin ser detectado.

—Lo sé. Lo intentó un par de veces, no hubo problemas —respondió Kolmann sin titubear.

—¿Por qué estuvo ayer en la comisaría? —preguntó Horacio.

—Falleció una amiga suya en circunstancias extrañas y su padre figuraba entre las últimas llamadas —dijo Mauro—. Pudo haber declarado en la casa, pero ya sabe cómo es él.

—Sí. Lo sé. Justamente por eso lo contraté —replicó Marin con tono seco—. Se supone que usted está ahí para evitar ese tipo de situaciones.

—Yo estoy acá para asegurarme de que su padre esté bien y regrese bien cada vez que sale. Ya se lo había explicado antes de que me contratara.

—Yo entiendo que mi padre es un hombre muy locuaz y despierta simpatías, pero recuerde que no es él el que deposita el dinero en su cuenta. Eso lo hago yo —cortó Horacio—. Quiero que lo tenga presente para saber a dónde tiene que ir dirigida su lealtad.

—La lealtad no se compra, señor —dijo Mauro sin pensar—. Tampoco se alquila ni se regala.

—Solo asegúrese de que no se ponga en peligro.

—Sí, sé hacer mi trabajo —respondió Mauro, tan cortante como el otro. Le molestaba mucho la actitud del artista. Usaba un tono de voz que denotaba superioridad. Además, todavía le tenía bronca por haber roto sus expectativas.

—Sí, y si quiere seguir haciéndolo, recomendaría que escuche más a su cliente —dijo Horacio—. Puedo mandar a buscar a otros para que hagan lo que yo necesito sin problemas ni discusiones.

—Usted sabrá —dijo Mauro, enojado pero contenido—. ¿Desea hablar con su padre?

—No, lo que deseo es que esté a salvo, lejos de los problemas —dijo el otro y colgó.

Mauro se preguntó cuántas enfermeras se fueron por causa de Roberto y cuántas por la actitud del hijo. Sabía que en parte el hombre tenía razón, pero el artista no parecía entender que hay más de una forma de hacer las cosas. Kolmann sospechaba que en cualquier momento podía despedirlo, pero mientras no lo hiciera, su lealtad estaba depositada en Roberto. Creía que el viejo, dentro de todas sus peculiaridades, tenía los pies en la tierra y no iba a cometer ninguna locura mayor a hacer trampa jugando a las cartas.

Se apagó la música y Roberto salió de la habitación todo despeinado.

—Vamos a salir —le dijo a su custodio.

—¿A dónde?

—Vamos a ir a visitar a Villalba en las canchas de tenis.

—Mierda —murmuró Mauro.

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