El escenario
Mauro se sentó frente a la computadora del viejo y conectó los cables de la cámara de fotos en los lugares correspondientes.
—¿Todavía cree que fue Villalba? —preguntó.
—¿Usted no? —respondió Roberto—. Después de lo que vimos en la comisaría. ¿Usted todavía lo cree inocente?
—El chabón es un sorete de primera clase, eso no lo niega nadie. Pero de ahí a ser un asesino… —respondió el custodio mientras seleccionaba las fotos y las iba pasando a la computadora.
—A mí no me cabe duda de que fue él el que mató a su esposa, ni en cómo fue que pasó todo —dijo Roberto—. Solo me falta demostrarlo, averiguar cómo armó su coartada.
—Cuidado —dijo el custodio—. Una vez vi un documental en el que decían que las personas obsesionadas suelen trabajar al revés de cómo se supone que se tiene que hacer.
—¿En qué sentido?
—Un científico analiza lo que lo rodea, lo estudia con cuidado y ve a dónde lo lleva; pero el que está obsesionado ya tiene decidido a dónde lleva todo, así que transforma lo que lo rodea en vez de observarlo. Hace que todo señale a dónde él quiere.
—Sí. Estoy de acuerdo —asintió el viejo—. Pero lo mío no es una obsesión. Si culpo a Villalba de matar a su señora, es porque todos los indicios apuntan en esa dirección.
Mauro asintió y no dijo más. No quería contradecir a su cliente, su trabajo era cuidar de él y no tenía que olvidarlo. No creía que Roberto estuviese acertado y temía que su testarudez en culpar al marido de la víctima lo comprometiera. Su meta era, no solo sacarlo de problemas, sino evitar que se metiera en ellos. No se trataba solo de ponerse entre Marin y el peligro. Si veía al viejo jugar con fuego, no iba a limitarse a tirarle agua cuando ya estuviese quemándose.
Roberto había tomado a Villalba de punto y ahora que Maribel había muerto y el caso ya no existía, estaba buscando el modo de encajarle el muerto a cualquier precio.
—¿Crée que estoy loco? —Preguntó Roberto en tono de saber la respuesta—. Muy errado no anda, es cierto, pero no es éste el caso, créame.
—Es que…
—Escúcheme. No hubo ningún robo, todo fue un montaje. El único crimen que se cometió fue el asesinato.
—Pero se robaron cosas… —comenzó a decir Mauro.
—Todo teatro —lo cortó Roberto.
—Es lo que le decía del fanatismo —dijo Mauro—. Villalba se subió a un subte, hizo combinación con otro y fue visto en una panadería de Parque Chas al mismo tiempo que la señora Maribel era atacada y robada… Llameme loco, pero me parece que los indicios no apoyan mucho sus teorías.
—En el teatro los decorados pueden aportar mucho —dijo Roberto—. Pero lo que importa son los actores. Usted está siguiendo las miguitas de pan, los indicios dejados a la vista, plantados. No está siguiendo a los salvajes.
—¿Cuáles serían los indicios salvajes?
—Villalba odiaba a su mujer. Villalba no quería que hubiese un divorcio. Y, como usted mismo ilustró, Villalba es un sorete mal cagado.
—Está bien. Pero nada de eso lo hace ser un asesino. Es todo circunstancial, no prueba nada —dijo Mauro.
—Villalba es un egocéntrico, quiere que sepamos que fue él —continuó Roberto.
—No estoy de acuerdo.
—Me parece bien —dijo Roberto encogiéndose de hombros—. Pero permítame continuar con mis indicios circunstanciales, a ver si todavía me sigue creyendo loco.
—Yo no…
—¡Silencio! Si para cuando termino aún está cien por ciento seguro de la inocencia de Villalba, abandono el caso. ¿Le parece justo?
—No. Me parece ridículo. No digo que abandone el caso, solo que tenga la mente abierta a otras posibilidades, a otros culpables. Que no se encierre solo en lo que quiere ver.
—Bueno, se lo prometo —asintió el viejo como si le dieran igual las condiciones—. Maribel Villalba nos contrató porque quería divorciarse de su esposo. Nos presentó algunos datos. Su esposo afeitándose por primera vez desde que ella tiene memoria; comprándose ropa que no era como la que usaba regularmente; regalándole un reloj pese a que ella no solía usar…
—Todo eso no nos dice mucho —comentó Mauro.
—Porque no lo une a lo que vino después —le dijo Roberto—. ¿Sabe cómo establecieron la hora de la muerte?
—¿Por el reloj?
—¿Por qué reloj?
—El que su esposo le había regalado, supongo —dijo Mauro—. De otra manera no lo hubiese mencionado.
—¡Eso mismo! El reloj se detuvo durante el ataque —dijo Roberto asintiendo.
—Sí. Suele pasar.
—No. No suele pasar, no así —dijo el viejo—. Usted vio los reportes. La víctima tenía un golpe en la nuca y en la espalda. La ahorcaron, solo eso. No encontraron piel bajo sus uñas ni muchos signos de que diera mucha pelea. Los peritos especulan que limpiaron el cadáver tras el ataque. ¿Cómo se rompe un reloj en esas circunstancias?
—¿En el forcejeo? —preguntó Mauro.
—¿Qué haría usted si lo estuviesen ahorcando? —preguntó Roberto—. Una persona a la que le cortan la respiración lo único que hace es intentar respirar. Ni piensa, no actúa, solo busca poder tomar aire. A la señora Villalba la agarraron del cuello con fuerza como para levantarla unos centímetros y estrellarla contra el marco de la puerta. Le abrieron la cabeza. Supongo que la dejaron abombada y con las pocas fuerzas que tenía lo único que hizo fue aferrarse de las manos que se interponían entre el aire y su garganta. Piénselo. ¿Corre riesgo el reloj en un escenario así? Vea la foto, el daño que sufrió el aparato y dígame que es consecuente al ataque. Lo que pasó es que lo rompieron después de que ella muriera. Solo para asegurar que la policía tuviera la hora justa. La hora en que él podía tener una coartada. No dudo de que tuvo un cómplice, pero tampoco dudo que él mató a su esposa con sus propias manos. Viendo las heridas y demás, la descripción aproximada del atacante concuerda con la fisionomía de Villaba.
—Sería más lógico que fuese el cómplice el que la mató —intervino Mauro—. O sea, Villalba estaba viajando o en la panadería cuando rompieron el reloj.
—Pero si hubiese sido un cómplice, las cosas hubiesen sido diferentes en la escena del crimen. Aún si Villalba le hubiera dado las llaves a ese cómplice.
—Tal vez es un compañero de trabajo, alguien a quién ella conocía.
—Sabiendo lo que sabemos de Villalba y la relación con su esposa, dudo que ella tuviera mucho conocimiento sobre su trabajo y asociados. Tampoco creo que Gabriel despertara tanta simpatía en alguien como para que hicieran algo así por él. Podría tratarse de un enamorado, pero el señor Aguilar nos hubiese transmitido esas sospechas. Eso sí son solo conjeturas. Pero aún si todo hubiese sido así, la escena misma del crimen no sería la misma. Si su marido mandaba gente de su trabajo a la casa, Maribel nos lo hubiese dicho.
—¿Entonces como hizo para estar en dos lados a la vez? ¿Alteró la hora del reloj para que la policía confundiera la hora de la muerte?
—No. La autopsia confirmó la hora de la muerte —respondió Roberto—. Así que el cómo lo logró es lo que tenemos que averiguar.

